El viaje a Abilene.

El viaje a Abilene.

Una calurosa tarde en Coleman, una familia compuesta por un matrimonio y los suegros está jugando al dominó a la sombra del pórtico. Cuando el suegro propone hacer un viaje a Abilene, ciudad situada a 80 km., la mujer dice: «Suena como una gran idea», pese a tener reservas porque el viaje sería caluroso y largo, pensando que sus preferencias no comulgan con las del resto del grupo. Su marido dice: «A mí me parece bien. Sólo espero que tu mamá tenga ganas de ir.» La suegra después dice: «¡Por supuesto que quiero ir. Hace mucho que no voy a Abilene!»

El viaje es caluroso, largo y polvoriento. Cuando llegan a una cafetería, la comida es mala y vuelven agotados después de cuatro horas. Uno de ellos, con un poco de mala intención, dice: «¿Fue un gran viaje, no?». La suegra responde que, de hecho, hubiera preferido quedarse en casa, pero decidió acompañarles solo porque los otros tres parecían muy entusiasmados. El marido dice: «No me sorprende. Yo solo fui para satisfacer al resto». La mujer dice: «Solo fui para verles felices. Tendría que estar loca para desear salir con el calor que hace».

Por último, el suegro menciona que únicamente lo había sugerido porque le pareció que los demás podrían estar aburridos. El grupo se queda perplejo por haber decidido hacer juntos un viaje que nadie realmente quería hacer. Todos ellos hubieran preferido estar sentados cómodamente, pero no lo admitieron cuando todavía tenían tiempo para disfrutar de la tarde.


 

Llega el verano y con él vuelven las salidas en bicicleta. Las bicicletas son para el verano!

La paradoja de Abilene sugiere que, en ocasiones, un grupo toma decisiones que de forma individual los integrantes del mismo nunca tomarían. Se toman decisiones a menudo desafortunadas por un “sentimiento gregario”, por miedo al rechazo o a expresar opiniones dispares de lo que crees que va a ser la tendencia del resto del grupo.

En el ciclismo de fin de semana pasa mucho que, por esas causas inexplicables del mundillo, SIEMPRE te acabas calentando las orejas con los compañeros de viaje. Pero también llega un momento a veces en el que, sinceramente, estás hasta el mismísimo gorro de hacer relevos cada kilómetro con otros cuatro tiparracos, de mantener la potencia o velocidad media acordadas en la salida, de tragarte el vendaval que se ha levantado esa mañana, y de fijarte en lo único que puedes fijarte cuando vas con ese amigo que te tortura cada día. La misma rueda trasera de siempre, que gira como siempre y trata de abrir hueco con tu rueda delantera como siempre.

En realidad hace ya un buen rato que sólo quieres darte un respiro  y disfrutar un poco del paisaje que estáis dejando atrás como si os fuera la vida en ello. Nadie os persigue ni a nadie perseguís; y seguramente los demás integrantes del grupo piensan lo mismo. Están tan cansados como tú, tienen las molleras tan achicharradas como la tuya y desearían tanto como tú tomarse una coca-cola en esa gasolinera que lamentablemente acabáis de dejar pasar mientras os mirabais de reojo esperando una señal. Pero a veces se da la paradoja de que nadie dice nada ante la incertidumbre que nos crea anticipar una opinión que pudiera ser contraria a la del grupo.

Una vez estuve casi 20 kms orinándome encima sin decir nada por no estropear un entrenamiento a bloque magnífico que estaba haciendo en una grupeta numerosa. No puedes apretar lo suficiente los pedales porque estás a un paso de la incontinencia. Y no puedes relajarte ni una pizca porque ahí no se espera (y a un nuevo menos), salvo por avería o percance. Un suplicio.

Al ser nuevo en el grupo no creía tener la confianza suficiente para parar “la batalla”. Ya pensaba si era mejor orinarme encima o “morir” abandonado a mi suerte cuando por fin mis oídos fueron bendecidos al decir alguien que tenía que parar a orinar porque iba a explotar. Al instante escuché más voces: «¡Y yo!» «¡Y yooo!» «¡¡¡Yo también!!!»

Felicidad máxima. 

 

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