El contagio de Pigmalión.

“Mereces la felicidad, una felicidad que tú mismo has plasmado.

Aquí tienes a la reina que has buscado. Ámala y defiéndela del mal”.

pigmalion_galatea

Jean-Leon Gerome, Pigmalión y Galatea

«Cuenta le leyenda que al rey Pigmalión de Chipre no le gustaban las mujeres, y vivió en soledad durante mucho tiempo. Cansado de la situación en la que estaba, empezó a esculpir una estatua de mujer con rasgos perfectos y hermosos. Así, realizó la estatua de una joven, a la que llamó Galatea, tan perfecta y tan hermosa que se enamoró de ella perdidamente. El rey se sentía atraído por su propia obra y no podía dejar de pensar en su amada de marfil, tanto que soñó que la estatua cobraba vida .

En una de las grandes celebraciones en honor a la diosa Venus que se celebraba en la isla, Pigmalión suplicó a la diosa que diera vida a su amada estatua. Al volver a casa, contempló la estatua durante horas. Después de mucho tiempo, el artista se levantó, y besó a Galatea. Pigmalión ya no sintió los helados labios de marfil, sino que sintió una suave y cálida piel en sus labios. Volvió a besarla, y la estatua cobró vida, enamorándose perdidamente de su creador. Venus terminó de complacer al rey concediéndole a su amada el don de la fertilidad…»

El rey, obsesionado con su propia escultura, hizo realidad sus anhelos dando nombre al Efecto Pigmalión, que se describiría como los “sucesos por los que una persona consigue lo que se proponía previamente a causa de la creencia de que puede conseguirlo”. Sus efectos positivos son utilizados en pedagogía, pero también existen ejemplos cotidianos negativos de este Efecto en nuestro mundo: Los rumores infundados sobre la insolvencia de un banco pueden hacen que, a través del efecto contagio, los depositantes retiren su dinero en masa y hagan, efectivamente, que dicho rumor se vuelva real, es uno de los mejores ejemplos de profecía autocumplida de nuestros días. O cómo unas noticias de la posible huelga de gasolineras pueden hacen que realmente nos quedemos sin abastecimiento de carburante a las pocas horas.

Cualquiera que haya disputado una prueba con una suficiente exigencia física y desafiando de verdad sus propios límites, sabrá de la importancia de prepararse para el dolor, y de anticipar y mejorar sus propias estrategias para afrontarlo. Esto algunos lo han llamado AUTOEFICACIA, que no es sino “la creencia de que puedes realizar una determinada tarea con éxito”. La forma de manejar y reconducir esas ideas y pensamientos negativos que llegan a la cabeza cuando llevas -¿dije de verdad?- el cuerpo al límite, no es sino un método mental para manejar el dolor y el sufrimiento, y que la cabeza no te arruine una buena preparación.

Algunos también habrán conocido esa extraña sensación de sufrir gustosamente rozando tus límites y que tu cuerpo fluya (flow) y no se te descomponga como hace habitualmente. Del mismo modo, administrar dolor cuando sabes que tu meta inicial se ha esfumado se hace, a veces, imposible. Es por esto que no dejamos de “autoengañarnos” a nosotros mismos una y otra vez con las mismas recompensas.

Sin objetivo no hay amenaza. Sin amenaza aparece una mayor sensibilidad al dolor, y con él el sufrimiento. Con el sufrimiento, disminuyen el esfuerzo y el rendimiento. Y de repente, estás K.O.


A veces  también pasa que hay un exceso de confianza en El Efecto Pigmalión. Un contagio generalizado sobre lo que puedes hacer si crees en ello. Será el marketing de los azucarillos; serán las excesivas expectativas de felicidad a la que somos sometidos constantemente; o la nueva realidad a la que exponemos nuestras vidas, tan visibilizadas por efecto de unas rrss donde presentamos nuestros  “éxitos” y “fracasos” exponencialmente a un mayor número de contactos al que ninguna otra generación se había sometido, y que somos incapaces de manejar en nuestra vida cotidiana.

“Si das demasiada importancia a sentirte bien,

cuando te sientas mal, será aún peor”. Mark Allen.

Envueltos en un bucle infinito de frases de Coelho, publicidad de marca blanca, y frases motivacionales de los vendedores humo de turno que se subieron al carro del coaching, el entrenamiento personal y cualquier otra bendita profesión que puedan denostar; pasamos por alto a los clásicos como Mark Allen, que defendía aquello de que “damos demasiada importancia a eso de sentirse bien”.

La realidad es tozuda y muchas veces, mas que nos pese, contraria a nuestros deseos. Y esas machaconas frases del “si quiere puedes”, “todo está en la mente” o “todo es posible si de verdad crees en ello” chocan en ocasiones con la realidad y el sentido común que algunos se empeñan en confundir con pesimismo. Las Galateas conducen a generarse (y generar…) unas expectativas por siempre insatisfechas y a un sentimiento de frustración permanente. Atletas populares que llevan media vida sin sentirse contentos tras una carrera a la que, por otra parte, nadie obliga a participar; o que todavía creen que después de 20 años alcanzarán aquella marca que nunca antes consiguieron (y a la que ni tan siquiera todavía se han acercado); aquellos deportistas con un más que desproporcionado porcentaje de abandonos, por mil y una causas…

Todo se puede, sí. Pero sólo si estás preparado para ello. Lo difícil motiva, pero lo imposible frustra, y hay una línea muy fina entre ambas. También difícil, pero necesario, pienso que es a veces dar un paso hacia un lado para intentar no engañarme a mí mismo (y a los demás) con Galateas.

“Tengo mi propia versión del optimismo. Si no puedo cruzar una puerta, cruzaré otra o haré otra puerta. Algo maravilloso vendrá”.  Rabindranath Tagore.

 

El mito de Pigmalión y Galatea. Aquí

SUFRIMIENTO COMPETITIVO Y RENDIMIENTO EN DEPORTES DE RESISTENCIA. Javier Bueno, Lluís Capdevila y Jordi Fernández-Castro.

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