Michael Jackson y el ciclismo.

Leyendo sobre un tema que nada tiene que ver con el deporte, descubrí una anécdota que me gustaría compartir, y que ilustra un juego de cooperación quizá no tan conocido por el nombre, pero sí por las consecuencias sufridas por muchos a a diario, que se conoce como «El Problema de El Bar El Farol».

Uno de los últimos conciertos programados de Michael Jackson antes de morir en 2009, tuvo que ser cancelado, creo que con 800.000 entradas ya vendidas. Pese a aquellas circunstancias, y en una grandísima estrategia de marketing, la promotora del evento decidió lanzar públicamente dos posibilidades diferentes para los asistentes: La devolución de las entradas o la opción de guardarla como recuerdo por el elevado valor, no sólo emocional sino económico, que supone una entrada intacta e impoluta del último concierto de la estrella más importante del POP de la historia.

Ahí empieza el problema. Si decidías quedarte la entrada como inversión esperando su futura revalorización, y la mayoría de entre las restantes 800.000 personas tomaban tu misma elección, la entrada perdería automáticamente su valor futuro, y además perderías tu dinero presente. Y si te decidías por la devolución y de nuevo el resto optaba por esa misma elección, las entradas restantes valdrían una fortuna… y perderías una buena cantidad de dinero futuro. ¿Cómo tomar una decisión acertada y racional, si tienes un tiempo finito para hacerla y no tienes ninguna información respecto a lo que harán los demás? Me gustaría saber cómo acabó eso. Seguro que alguien dentro de pocos años sacará a la luz una entrada del último concierto no celebrado de Michael Jackson y se llevará un buen pellizco.

Lo que ocurre cada vez que quieres ir a un sitio de moda es que, por el mismo motivo, todo el mundo quiere ir al mismo sitio que tú. Finalmente la experiencia se vuelve bastante mala. «Este problema típico de La Teoría de Juegos es una anécdota real inspirada en Santa Fe, donde los jueves por la noche todo el mundo deseaba ir al Bar “El Farol”. Sin embargo, “El Farol” era un local muy pequeño, y no era agradable ir si estaba repleto. Así pues, existían las siguientes “reglas” en el lugar: Si menos del 60% de la población va a ir al bar, entonces es más divertido ir al bar que quedarse en casa. Si más del 60% de la población va a ir al bar, entonces es menos divertido ir al bar que quedarse en casa».

Lamentablemente, todo el mundo necesita decidir si ir o no ir al bar al mismo tiempo, y no es posible ver cuanta gente ha decidido ir hasta que no entras. Es un problema de cooperación en el que no sabes las opciones elegidas de los demás integrantes (aquí no hay whatsapp ni demás tecnologías), lo que evidencia la dificultad de tomar decisiones racionales para decidir cuándo es buena idea ir al bar de moda o cuándo no, sin información previa. Cuándo está demasiado lleno (o demasiado vacío) para que resulte una experiencia divertida.


 

Retorciéndolo mucho, se me ocurre que Michael Jackson podría tener un cierto parecido con uno de los deportes que más me gustan. Todo el que haya visto una etapa ciclista ha comprobado cómo de difícil es que en una escapada, justo en esos primeros instantes de haber abierto hueco con el pelotón, se pongan de acuerdo y logren que ésta fructifique (y el pelotón se lo permita).

Pongamos que estamos en el inicio de la etapa y sale disparado un corredor en busca de la escapada del día, tiene doscientos kilómetros por delante en solitario y no sale ningún compañero en su busca… ¿qué hace normalmente? Se para sabiendo que sus oportunidades de victoria (o de pasárselo bien en una fiesta en solitario) son nulas. Al poco es engullido por el pelotón, y es en ese instante cuando salta otro corredor. Detrás suyo sale otro para buscar una escapada de dos, y detrás de éste saltan al mismo instante otros tres corredores más. Hay cinco corredores abriendo algo de hueco, y parece que la fiesta será ahora sí divertida, así que en ese momento saltan cinco más sin previo aviso, todos de equipos distintos, y sin tiempo a establecer estrategias y cuotas conjuntas entre los equipos. No dejan de saltar corredores uno tras otro con la intención de unirse a la escapada de moda, hasta que se forma un mínimo corte de 20 corredores. Así, lo que en principio sería la rave más bestia del fin de semana se viene abajo porque el pelotón no puede permitir que se forme una escapada tan peligrosa como ésa.

Sólo se parece al Bar del Farol en cuanto a las consecuencias, ya que aquí sí tenemos información directa de las decisiones directas del resto del grupo, pero siempre se me hace divertido ver ese juego entre los que desean unirse a una fiesta cada vez más grande y los que, a cada miembro que se marcha, menos predispuestos están a permitir que la fiesta se celebre. Siempre es divertido ver dónde se rompe el punto de equilibrio.

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Otro clásico de la Teoría de Juegos es “El Juego del Ultimátum”, donde participan dos jugadores, una sola vez, y cada uno desempeñando un papel diferente. Uno se denomina proponente y el otro respondedor (“responder” en inglés). Se les ofrece una cantidad de dinero (pongamos 100 euros), que tienen que repartir así: El proponente decide cómo se reparte, es decir, propone el reparto que se le antoje. Por ejemplo: 80 euros para él y 20 para el otro jugador. Pero es éste último, el respondedor, quien decide aceptar o rechazar la propuesta de reparto. Si la acepta, cada uno se lleva la cantidad propuesta por el proponente. Pero si el respondedor rechaza la oferta… entonces ambos se vuelven a casa con las manos vacías.

«Si el respondedor tuviera una conducta racional y tratara únicamente de maximizar su ganancia, debería aceptar cualquier mínima oferta, puesto que rechazándola estaría perdiendo dinero. A su vez, el proponente, previendo esta conducta puramente racional, debería proponer el reparto más desigual posible. El respondedor racional, libre de cualquier condicionante emocional, debería contentarse con el euro que se le ofrece, que es en cualquier caso mejor que nada. Pero los experimentos muestran una realidad muy diferente».

Retorciendo aún más el símil… Supongamos que hay una escapada formada por dos ciclistas a falta de cinco kilómetros a meta. Supongamos también que es una clásica con importantes premios en metálico. Tienen la suficiente ventaja para jugarse la victoria entre ellos y llevarse ambos una buena bolsa de premios, pero sólo si colaboran “a tope” en igualdad de esfuerzo. Llegado el momento y sabiéndose el más en forma, además de ser un ganador de etapas habitual (por lo que se sabe “menos necesitado” que el rival), decide mostrar una posición “de fuerza” y colocarse a rueda evitando dar ningún tipo de relevo. En ese momento, digamos que tiene todo el dinero y decide cómo repartirlo con el rival. De esa forma deja en manos del otro la decisión de llegar juntos a meta aún sabiendo éste (el respondedor) que, debido al esfuerzo de aproximación en solitario, seguramente no llegará en primer lugar, pero sí podrá acceder con 100% de probabilidad al importante premio en metálico del segundo puesto. Así, el respondedor debe decidir si seguir tirando y aceptar una recompensa mínima e incluso injusta que le “ofrece” el proponente o romper la colaboración y hacer que ambos sean engullidos por el pelotón.

En una situación teórica de perfecta racionalidad, y siguiendo exclusivamente su propio beneficio, debería seguir para acceder al menos a un segundo premio antes de que el pelotón les pase por encima, pero ni el director del equipo ni ningún seguidor del mundo y ni tan siquiera él mismo, se lo perdonaría jamás. A veces puede más la honra que el dinero. El ejemplo es muy burdo, pero esa forma de negociar los esfuerzos resultan divertidos, cuando los ves desde fuera.

Dificultad de negociación nivel Maestro Zen. Ejemplo gráfico.

En los experimentos, un reparto muy desigual hacía que el respondedor rechazara una oferta “injustamente” baja debido al componente emocional de nuestras decisiones. El respondedor siempre saldría beneficiado respecto a su posición inicial aceptando cualquier oferta por baja que ésta fuera (siempre es mejor tener 10€ que ninguno, o un 2º puesto que nada), pero la experiencia dice que somos capaces de sacrificar ganancias significativas con tal de castigar a un proponente excesivamente egoísta o injusto, con nosotros o con un tercero.

La realidad es que somos seres sociales y nuestras decisiones o preferencias están fundamentadas (entre otras cosas) por condicionantes emocionales, y rodeadas de una enorme complejidad.

Problema del Bar “El Farol”. Aquí.

El juego del ultimátum. Aquí.

*Siento si hay algún matemático, estadista, sociólogo o economista o acaso una persona inteligente en la sala. Este blog no pretender ser didáctico ni enseñar nada, sólo compartir mis inquietudes, lecturas o curiosidades, espero que sin meter la pata en exceso.

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