Pensamientos mágicos. (I)

Manuel Conthe se ha convertido en una de mis lecturas favoritas. Logra abarcar muchos conocimientos en dosis reducidas con un maravilloso estilo divulgativo y, cuando toca, desde una posición ideológica bastante “higiénica”. Con sus luces y sombras, y aun sin estar de acuerdo en sus conclusiones sobre algunos temas, es una delicia leerle por su curiosidad intelectual y por la simple oportunidad de aprender algo sin dogmatismos y desde un tono y formas que son de agradecer, y te reconcilian con la lectura diaria.

Comenzaré diciendo que mantengo una especie de relación de amor-odio con Internet y las rrss. Es evidente que ha mejorado la vida de la gente de una forma importante. Acercándonos una información, en cuanto a calidad y cantidad, a la que hasta hace no mucho tiempo era imposible acceder. También nos acerca a nuestros seres queridos más lejanos, permite que el contacto siga vivo con antiguos amigos o ex compañeros de clase, e incluso te permite saber qué tal trató la vida a aquella novia del cole de la que hace años no tienes noticias. He leído cosas maravillosas de gente desconocida que me han desgarrado el alma, y he aprendido de forma gratuita (salvo por la conexión ADSL) de mil temas inimaginables. He accedido a informes, estudios y análisis de un alcance imposible en otras generaciones. También (y sobre todo), he procrastinado lo infinito y he visto otros tantos vídeos de gatitos, por supuesto. 🙂

“Tener todas las herramientas para ejercer la libertad, no significa ser libre”.

Del mismo modo, tal cantidad de información disponible también tiene sus efectos negativos. De hecho, un gran porcentaje de la información disponible es directamente falsa, manipulada o contada obviando muchos de los datos que configurarían una realidad bien distinta. Cualquiera puede escribir y colgarlo en la red, y cualquiera tiene también acceso a esa información. La prueba palpable es que yo estoy escribiendo esto.

Pero lo preocupante no es que haya gente como yo que escriba (que también…) cualquier chorrada y lo comparta con el mundo, sino que habría en torno a un 70% de los usuarios que no son/somos capaces de diferenciar la verdad de la mentira. No hay día que no te topes con uno de esos bulos y cadenas. Los temas más habituales son alimentación, belleza, salud, política y medio ambiente. También seguimos creyendo que nos van a regalar un Range Rover blanco con un lacito rosa, de esos que sobraron en el concesionario; o que una niña hindú ha descubierto una nueva forma de energía totalmente limpia y renovable con cualquier instrumento rudimentario y estrambótico, y su vida corre serio peligro debido a la maquiavélica industria opresora postrada a los intereses del Ibex-35. También siguen apareciendo estafas con los famosos “Príncipes Nigerianos”.

Del mismo modo que Internet nos acerca a personas y conocimientos antes desconocidos, también afecta a nuestro comportamiento y nuestra relación para con los demás. Pudiera ser que, «paradójicamente, nada nos aísle más que Internet, el mayor invento de comunicación de todos los tiempos».

«Nadie es una isla por completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de un continente, una parte de la Tierra.» John Donne.

Tenemos a nuestra disposición cantidades inimaginabes de información a nuestro alcance, y con la posibilidad de interactuar con un número de personas mucho mayor del que ninguna otra generación ha podido siquiera imaginar. Así, podríamos pensar que en una búsqueda racional de la mejor información disponible, las mejores herramientas para discernir lo bueno de lo menos bueno, todos cooperaríamos difundiendo y contrastando informaciones útiles y fidedignas para con nuestros semejantes y mejorar nuestros conocimientos y nuestras vidas, y no caer en las trampas de los chamanes, vendehumos y políticos de turno, por poner algunos ejemplos.

En 1834, John Stuart Mill escribió : «Es casi imposible exagerar el valor del progreso que tienen los seres humanos en contacto con otras personas diferentes a ellos mismos, y con los modos de pensamiento y acción a diferencia de aquellas con las que están familiarizados. . . . Tal comunicación siempre ha sido, y es peculiar en la época actual, una de las principales fuentes de progreso».

Facebook, el auténtico imperio de las rrss, donde nada menos que 900 millones de usuarios entramos cada día, sería las antípodas de ese progreso social y la búsqueda del conocimiento, aquí. La red social “mejora” constantemente sus algoritmos para que veas aquello con lo que estás más familiarizado y aquello que te es afín. Nadie quiere que tengas un encontronazo con ese cuñao que no deja de hacerte la vida imposible cada vez que abres facebook y sientes la irremediable necesidad de sacarle de su horrible y mezquina ignorancia. Estas experiencias personalizadas, altamente ideologizadas, son un caldo de cultivo para la polarización, la creación de dogmas a partir de idea afines y la radicalización en muchos aspectos sociales y culturales. Manuel Conthe, escribe esto sobre las posibles causas de la polarización:

Tres factores explican, al parecer, que los contactos entre personas de ideas parecidas vuelvan  más extremas sus opiniones individuales.

En primer lugar, los debates sacarán a la luz argumentos nuevos a favor de nuestras ideas que hasta ahora no conocíamos, reiterará muchos otros que ya sabíamos y, dada la homogeneidad ideológica del grupo, difícilmente llevará a que se expresen argumentos opuestos a las ideas dominantes del grupo. Tan rico y sesgado caudal de razones tendrá gran fuerza persuasiva e influirá en cada individuo.

En segundo lugar, si cada miembro se ve a sí mismo como singular adalid de las ideas que profesa -sean liberales o conservadoras-, al integrarse en un grupo cuyo nivel medio de fe en ese ideario puede ser parecido o incluso superior al suyo le obligará a un especial esfuerzo ideológico para mantener su liderazgo y posición relativa, lo que le obligará a cierto desplazamiento (shift) hacia el extremo de sus ideas.

Finalmente, que muchos compartan nuestras ideas disipará cualquier duda sobre su sólido fundamento y, al reforzar nuestra confianza, acrecentará la firmeza y entusiasmo con la que  defenderemos las ideas que ya albergábamos.

Facebook y las rrss tienen mucho de esto, pero con o sin rrss solemos a actuar de la misma forma: interactuando con nuestros semejantes reafirmando nuestras propias creencias. Por eso compramos el periódico que compramos, con una línea editorial muy clara que refuerza nuestros convencimientos; por eso vemos el telediario que vemos; por eso un seguidor de Real Madrid raramente compra el Marca cuando el equipo sufre una derrota estrepitosa; por eso sólo hablamos de política con gente afín, evitando hostilidades con ese cuñao terco que no atiende a razones (tus razones), que siempre crees que vive profundamente engañado y pareciera que en una realidad paralela. Actuamos sin saberlo como aquel personaje que, al no estar seguro de una noticia que había leído, corrió a comprar cien veces el mismo periódico para confirmarla.

«Tanto si pasamos mucho tiempo con esas personas porque estamos de acuerdo con ellas o si estamos de acuerdo con ellas porque pasamos mucho tiempo juntos, la cuestión fundamental sigue siendo la misma. No es solo que participemos de una creencia; es que participamos de una comunidad de creyentes».

Por otro lado, cuando cambiamos de opinión, a menudo olvidamos qué pensábamos de aquella misma cuestión hasta hace poco, simplemente nos sentimos incómodos en esa contradicción, por eso obviamos por completo nuestras anteriores convicciones, y por eso vemos a auténticos radicales defendiendo causas contrarias a lo que defendían hasta hace poco. ¿Por qué pensamos ahora lo que pensamos? ¿Acaso antes éramos unos idiotas y ahora tenemos certeza absoluta de nuestras nuevas convicciones? ¿Pensamos lo que pensamos según nuestras convicciones interiores o estamos influenciados por un entorno cambiante? ¿Nos gusta el surf porque vivimos en la playa, o vivimos en la playa porque nos gusta el surf? ¿Hasta qué punto nuestro entorno condiciona nuestras posturas, también las ideológicas? Esas disonancias cognitivas entre nuestras creencias y nuestras conductas, tan incómodas para nuestro cerebro, las resolvemos ajustando una realidad que suele ser inmutable a unas circunstancias propias, que sí son cambiantes. Al estilo de la fábula de “La Zorra y las uvas”, de la que intenté escribir aquí.

 

“La realidad es compleja y alguien tiene que hacerse cargo de ella”. Fueron unas palabras de Javier Fernández (presidente de la famosa gestora del PSOE), que quedaron ensombrecidas por aquel suicidio colectivo del que han tomado parte allí sus dirigentes.

En Internet, ese mundo sin filtros, campan a sus anchas los smoke sellers, chamanes, políticos y demás estafadores. Todos con un nexo común (además de apoyarse en la ignorancia del público), son capaces de desentrañar grandes problemas y realidades excesivamente complejas para el resto de mortales, en 140 caracteres o incluso en 2 minutos de vídeo.

En general, deberíamos desconfiar de aquel que es capaz de desentrañar una realidad excesivamente compleja y llena de aristas (cualquier tema suficientemente importante lo es) en un par de minutos; pero más allá de eso, son ese tipo de charlatanes los que triunfan, al ser quienes aparentemente logran explicar realidades maliciosamente complejas, a “la gente de la calle“. Un problema complejo, a menudo no tiene una solución sencilla; pero la realidad es que toda esta suerte de chamanes de retórica simplista de la disyunción: bueno y malo, negro y blanco, natural y artificial, rojo o facha, justo o injusto, etc, utilizan los mismos trucos: youtubers, economistas, videntes, expertos y políticos tienen millones de fieles seguidores, y más fieles votantes.


“Todo hombre, donde quiera que va, está rodeado por una nube de convicciones reconfortantes, que se mueven con él como moscas en un día de verano”.

La mezcla de nuestros propios prejuicios y convicciones preconcebidas, un sentimiento de superioridad intelectual e incluso moral con la que miramos por encima del hombro al mundo que nos rodea, y lo paradójico que resulta que nuestras opiniones (y nosotros mismos) sean tan fácilmente permeables y moldeables, hacen de los seres humanos un caladero de mentiras y manipulación. En general, estamos muy seguros de nuestras cualidades, aptitudes y convicciones. Es sorprendente cómo todos nos vemos a nosotros mismos como mejores conductores que la media; o asumimos que tenemos un coeficiente intelectual por encima de la media. La realidad es muy distinta (como casi siempre) a lo que pensamos. Y es que opinamos, escribimos (como yo estoy haciendo ahora) e incluso votamos sobre cosas de las que no tenemos apenas conocimientos, y tendemos a tener una excesiva confianza en juicios basados en muy poca información. Es asombroso ver como cualquiera tiene una opinión y una posición bastante arraigada sobre cuestiones tan complejas como el TIPP, el CETA, los transgénicos, los efectos de estímulo del Banco Central Europeo con los QE (quantitative easing)  etc. Por lo general, esa opinión está basada en una cantidad de información mínima o completamente sesgada o equivocada, pero nuestro cerebro nos lleva a tomar una decisión primero, y luego (si resulta de una mente curiosa) buscar las teorías que apoyen nuestro punto de vista.

Nuestro cerebro, al igual que le pasaba al “Asno de Buridán”, que murió de inanición al serle imposible elegir entre dos montones idénticos de heno, se siente incómodo cuando se le plantean constantemente varias opciones, por eso se aferra a una de ellas, que suele ser la de “la primera impresión”.byzantinischer_mosaizist_des_5-_jahrhunderts_002


 “Todos sabemos lo que tenemos que hacer, pero no cómo ganar las elecciones después de hacerlo”.

Tenemos, parece, tres problemas: En general, somos profundamente ignorantes en la mayoría de las cuestiones que se nos presentan, es natural que así sea también. Aun siendo ignorantes, y no sabiendo que no sabemos, tendemos a creer que tenemos unas aptitudes mayores que la media (el 80% de los conductores considera que conduce mucho mejor que el promedio); y aunque se dé el raro caso de una persona con profundos conocimientos y gran intelecto, la mayoría de las personas, inteligentes o no, están profundamente ideologizadas y bajo multitud de sesgos, prejuicios y convicciones raramente cambiantes. Tal es la capacidad de nuestro cerebro para mantenerse firme en sus convicciones, que es tarea imposible convencer a negacionistas del cambio climático o antivacunas o defensores de las teorías conspiparanóicas más alucinantes.

Cuando nuestras convicciones están amenazadas, nuestro cerebro está dispuesto a hacer las más extrañas piruetas“.

 

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