Pensamientos mágicos. (II)

La última entrada pretendía ser una forma de, recopilando ideas ajenas, describir cómo hacemos piruetas mentales para tomar una posición sobre cualquier asunto para después, mantenernos firmes en nuestras propias convicciones (que creemos racionales y fundamentadas) pese a toda evidencia en contra. Ahora, después de 3000 palabras, pienso defender lo contrario…

Sin ambages: En general somos profundamente ignorantes. Además de la ignorancia, que ni la abundancia actual de medios en pos del conocimiento ha logrado mermar, estamos tocados (ignorantes o no) por la varita de los sesgos y la ideología. El ser humano, mas que le pese, es moldeable e influenciable hasta el extremo. Somos seres sociales interconectados y nuestra opiniones, como nuestra voluntad, están sujetos a algo mucho más allá de lo que creemos que son nuestras propias creencias personales.

«El deseo de unanimidad impide una valoración realista de las distintas alternativas»

Estas ataduras grupales y sus peligros (Groupthink) se manifiestan constantemente, como así cuenta Manuel Conthe, se reflejaron en el accidente del Transbordador espacial “Challenger” en 1986. La fuerte cohesión grupal, y las presiones en la toma de decisiones, hicieron que se descartasen (por impopulares e improbables) los riesgos. Dichos riesgos finalmente se materializaron a consecuencia del lanzamiento en unas condiciones de frío hasta el momento desconocidas,  y que impidieron que se dilataran las juntas que sellaban los depósitos de combustible, lo que posteriormente provocó fugas y la consiguiente explosión. Riesgos que luego se supo eran conocidos, pero se despreciaron tras seguramente algunas “presiones”.

Un ejemplo de pensamiento grupal y sus errores es la famosa Paradoja de Abilene, donde los integrantes de un grupo a menudo deciden tomar una decisión que, de forma individual, ninguno tomaría. Aquí escribí una relación un poco tonta sobre ésta y el deporte. Otra manifestación muy antigua es el «comportamiento rebaño» (herd behaviour), «se refiere al fenómeno de personas que siguen a una multitud durante un período dado, a veces incluso sin considerar información individual que sugiere otra cosa» (A. Banerjee).

Siento un casi irrefrenable deseo de hablar del maravilloso fenómeno Primark, pero en mi ciudad no tenemos esos lujos, así que tomaré también el ejemplo de los restaurantes.

Vivo en una pequeña ciudad que intenta atraer eso que llaman “turismo rural”. Hay muchos bares y restaurantes. Unos con mejor fortuna que otros, por otra parte. En concreto, en una pequeña plaza convertida en zona habitual de parada y fonda del turista, conviven dos negocios: Ambos con terrazas amplias, con mismo mobiliario y separadas una de la otra por escasos 3 metros. A simple vista idénticas y sin diferencias salvo que una (A) ocupa un espacio más centrado en “la plaza” que la otra (B). Con información o sin ella (normalmente los turistas no planifican paradas en sitios de paso y no buscan información previa), la terraza (A) la encontrarás siempre a un nivel excelente de ocupación, y la terraza (B) también prácticamente siempre, vacía. Cada vez que paso se me llevan los demonios al pensar qué mal debe estar haciendo allí el dueño en el negocio (B) y qué otra cosa puede estar ocurriendo, además de pensar en ese «pensamiento rebaño, y en la influencia del comportamiento del grupo en la percepción de los individuos». Lo cierto es que, a cada individuo que vemos sentados en un restaurante, «asumimos que tienen mejor información o criterio que nosotros, y cuestionamos internamente nuestras preferencias». Por eso siempre encontraremos restaurantes con éxito y sin él, no teniendo cualidades muy distintas. Tendemos a justificar  nuestras acciones, y «solemos preferir soluciones simples frente a soluciones complicadas: Una solución simple es “la mayoría siempre tiene razón” o “el consenso es bueno”». Esto es, en términos castizos, el “Si está lleno será por algo”. Así que, ante la duda sobre nuestro propio criterio, nos sentaremos donde veamos gente ya sentada. Los que conozcan Portugal y más concretamente Elvas también recordarán el famoso caso de éxito (digno de estudio sociológico) de “El Cristo”. 

Según el enfoque del pensamiento rebañomoldeamos nuestros actos en “cascadas informativas”, basadas en información imperfecta (heurística), en la que asumimos que si el número de personas que consumen un bien es alto, estos tienes mejor información que nosotros.

A mediados de los años 80 me tocó vivir un dolorosísimo ejemplo de los efectos del comportamiento rebaño. Yo fui uno de esos pocos perdedores en la guerra por introducir un sistema de reproducción en nuestras casas: BETA vs VHS. Mis padres optaron por la primera opción. (Eso y “El Coleta” son ahora los temas tabú en casa). Era un producto de mayor calidad, apoyado por una compañía de prestigio como Sony. Aunque era bastante más caro que su rival, no parece que fuera tanto el precio como que VHS logró (a costa de una merma en la calidad de las cintas) aumentar considerablemente el tiempo de almacenamiento de éstas, pudiendo llegar finalmente hasta las 4 y 8 hrs de duración. No me imagino qué narices querríamos grabar de tal duración por aquel entonces… La cuestión es que era una lucha por la supervivencia y eliminación del rival. Son lo llamados “efectos de red“, y es que la utilidad del dispositivo dependía directamente de la cantidad de usuarios que lo utilizaran. Un todo o nada. (Aquí un poco de esa historia para los nostálgicos). Del mismo modo, aunque todavía sin saberlo, de pequeños utilizábamos esa terminología después de guardar los suficientes ahorros tras varios cumpleaños, hasta que te podías pagar tu primera consola de verdad. Y no era la consola más de moda o la mejor, sino la más jugable por aquella época. Es decir, la que más juegos disponibles (y más baratos) hubiera entonces en tu ciudad. Internet era casi desconocida para la juventud de los 90. 😉


Otro de estos ejemplos de errores de pensamiento grupal, y de la influencia que tiene el grupo sobre las propias convicciones de un individuo, las enumera Dan Ariely. Catedrático en psicología y economía conductual (wikipedia) habla sobre algunos aspectos de nuestras decisiones, como la donación de órganos (de lo que ya hablé aquí) y los “nudges” o acicates de las políticas públicas para influir en nuestros actos. El tipo llega y merece mucho la pena, aunque sólo sea por curiosidad. Es divertido, didáctico, te hace dudar y pensar, mucho. Imperdible.


Siguiendo con los ejemplos que demuestran la ductilidad y maleabilidad de nuestras acciones y opiniones bajo determinados acicates, nos encontramos con el cine. Hay muchas anécdotas, aquí un fenomenal hilo en JotDown de todas esas historias del cine que influyeron de alguna manera en la sociedad. Yo me quedaré también con Clark Gable en “Sucedió una noche”. Y lo que sucedió fue que, en una escena de la película, Gable se quita toda la ropa (menos los pantalones) delante de Claudette Colbert. Lo que sería no sólo un escándalo para la época (1934), sino un enorme “shock” para la moda masculina al observar el mundo entero que, debajo de la camisa, Gable no llevaba la habitual por entonces camiseta interior. Años después de aquello, muchos eran los estudios que achacaban esa acción impúdica de Gable, como la causante de millonarias pérdidas en el sector textil. Porque «Si Clark Gable no necesita llevar algo debajo de la camisa ¿por qué iba a necesitarlo yo?».

« (…) Gable que lo convertiría en un auténtico rebelde de la moda: el galán no llevaba camiseta interior debajo de la camisa. Aquello era rompedor y atrevido, tanto como para que cinco meses después del estreno del film el periódico Lowell Sun aventurase de boquilla que la ausencia de camiseta interior en el vestuario de la estrella iba a ser tendencia entre varones y acabaría provocando el descenso de las ventas de algodón y una remesa de nuevos parados. El texto publicado en el Lowel Sun finalizaba con un rotundo: “Clark Gable está destruyendo deliberadamente a su público en aras de mostrar su pecho desnudo” (…)»


Uno de los ejemplos más visibles en cuanto a manipulación de la voluntad fueron los muchos experimentos de Stanley Pilgram. En este caso, sobre los límites de la obediencia y sus peligros. Experimentos amañados en los que se informaba a los sujetos que formarían parte a su vez de un experimento voluntario basado en el castigo como estímulo para el aprendizaje. Así, el sujeto (A) hacía preguntas a un sujeto desconocido (B) y si éste no daba una respuesta correcta, el sujeto (A) le administraba (o al menos eso creía él) un castigo (descargas eléctricas crecientes). La mayoría de los sujetos (A) completaban el experimento y llegaban a administrar al sujeto desconocido (B) el límite máximo de descarga, pese a las muestras de dolor y peticiones de clemencia de éste. Simplemente, porque una “autoridad” (el jefe del experimento) le apremiaba para que completara el mismo. Un experimento que sabían totalmente voluntario, por cierto.

«Experimenter. La historia de Stanley Milgram»

Este año estrenaron una película sobre su historia y estos experimentos de la obediencia a la autoridad y otros famosos como el llamado “mundo pequeño”, los famosos “seis grados de separación que explican esa interconexión tan cercana entre los seres humanos. Es un formato raro, en una mezcla entre la película, biografía y documental. Pero es muy entretenida y fácil de ver. La recomiendo sin duda.

Todavía habrá quien se crea demasiado inteligente o libre de sesgos para ser vencido por la fuerza del grupo, el consenso y la manipulación. Sigamos…

Los Experimentos de Asch eran también unos experimentos amañados, en los que todos los sujetos estaban compinchados para dar respuestas erróneas sobre la longitud de las líneas. Todos menos uno. Se trataba de averiguar «las condiciones que inducen a los individuos a permanecer independientes o a someterse a las presiones de grupo cuando éstas son contrarias a la realidad». Por supuesto, «los resultados reflejaban que las “víctimas”, que en circunstancias normales daban una respuesta errónea el 1% de las veces, en la presencia de la presión de grupo se dejaban llevar por la opción incorrecta el 36.8% de las veces». Pero también se observaba, como en otros experimentos, que el consenso era más importante que el número. Cuanto más  fuerte fuese la cohesión grupal, más posibilidades había que la víctima, aun con reticencias, se sumase a la opinión generalizada (y errónea). Y al contrario, aunque mucha gente apoyara una decisión, si hay algún tipo de disensión y el sujeto siente algún apoyo, será menos fácil que éste se deje influenciar por el gran grupo.Asch experiment.svg

Siguiendo con el cine. Aunque hay muchas películas que han tratado temas acerca de la voluntad y manipulación, y seguramente de mejor calidad cinematográfica, hace unas semanas vi «Espías desde el cielo». El típico Dilema del Tren (en este caso un misil tripulado desde la Base), que ronda la cabeza de los espectadores con especulaciones morales durante 90 minutos. La película, pese a lo obvio y los terribles clichés de algunos personajes, no está mal y mantiene la tensión durante buena parte de la trama. Eché en falta algo más de acción típica yanqui (explosiones a cholón) o, por el contrario, más tensión psicológica y mayor complejidad en la personalidad de los personajes, aunque supongo que se queda a mitad de camino para contentar a todos los públicos. Se afanan en mostrar la debilidad de personajes a los que en principio se les presupone un alto grado de responsabilidad (y acaban huyendo de la misma); en cómo algunos se intentan rebelar contra la autoridad, y cómo la mayoría acaban sucumbiendo a ésta y sus presiones. Aunque desde el principio se sabe quién es quién, entretiene. Que de eso se trata.

Hay decenas de variantes distintas del Dilema del Tranvía que corren por la red, pero casi todos plantean algo tal que así:  «Un tranvía sin frenos está a punto de arrollar y matar con toda seguridad a un grupo de 10 personas. La única posibilidad de salvarlos es desviar el tranvía a otra vía en la que solo hay una persona, que también morirá irremediablemente si se hace ese desvío. ¿Qué harías si tuvieras la posibilidad de apretar el botón que active el desvío?»


Sin duda, los sesgos, la influencia social, el pensamiento del grupo, y no digamos la manipulación o la mentira, conviven en nosotros cada día. En cada uno de nosotros. Somos individuos sociales, que buscan el consenso y viven interconectados, sujetos a muchas pequeñas presiones que redirigen nuestras posiciones e incluso nuestras acciones. La inteligencia no parece que nos haga tomar decisiones racionalmente. De hecho, no parece que tan siquiera haya una clara correlación seria entre el CI y la racionalidad.

«Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores

están llenos de apasionada intensidad». William Yeats.

Vivimos quizá la época en la que se han conseguido los mayores progresos de la humanidad, “la era del conocimiento”, con acceso ilimitado a información veraz. A su vez, es una época triunfal para telepredicadores y, como escribía Víctor Lapuente, para «El Regreso de los Chamanes». Aunque quizá estos nunca se fueran. Escribo estas líneas ya con Trump como Presidente Electo (…). Así, en tiempos en los que cientos de millones de personas (en un sentimiento de reciprocidad admirable) creen que el resto es directamente gilipollas, está bien saber de tu propia ignorancia.

Si la mayoría de nosotros no sabemos diferenciar una información veraz de la más burda de las mentiras. Si no sabemos siquiera tomar una decisión racional entre tres botes de tomate en el supermercado, entre el que nos quieren vender, el utilizado como gancho y el que realmente queremos o necesitamos. Si estamos profundamente seguros de nuestras creencias, hasta que, gracias a un pequeño empujón en forma de presión grupal, estamos completamente convencidos de lo contrario… quizá sea buena idea reconocer que la ignorancia no es una tara exclusiva del resto del planeta.

 



Estas entradas han supuesto una desconexión mental con todo lo demás, y sólo sirven de autorreflexión y evidencia de un desconocimiento personal. Recopilando algunos fragmentos de un libro de Manuel Conthe que acabo de terminar, y que recomiendo: “La paradoja del bronce”. He intentado poner todos los enlaces y no fusilar demasiado algunos textos realmente valiosos de otros autores. El libro me gustó, es una lectura asequible y entretenida, incluso para un gañán como yo. Quizá algunos temas son repetitivos y otros se pasan por alto, cuestión por la que el autor se excusa de una forma genial. Si alguien quiere conocer el libro, a modo de préstamo o incluso trueque con otra lectura interesante y asequible, soy todo oídos. 🙂

«No busco una parábola que encaje en el tema.

Sólo hablo de los asuntos para los que tengo una parábola»

La paradoja del bronce. (Manuel Conthe).

Un enfoque económico psicológico del comportamiento rebaño. (Laurens Rook).

Cuando la ficción alteró el mundo real. Jot Down. Aquí.

No es lo mismo ser racional que ser inteligente. NewYorkTimes

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s