Héroes e idiotas.

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Uno, que presume de no tener héroes, en realidad siempre los tuvo, a escondidas. Un ser de voz grave, de carácter y manos ásperas. Olor a cuero, tabaco de liar, carboncillos de punta recién afilada y folio envejecido. Así recuerdo a mi abuelo Paco. Su olor sigue en la punta de mi nariz como el primer día… Inconfundible.

Recuerdo los paseos agarrado de su mano por El Paseo Alto buscando adivinar las matrículas de coches. Los malditos pokémon de una infancia cualquiera de mediados de los 80, supongo. Matrículas de todos los puntos de la península, ¡y mi abuelo se las sabía todas!  -Joder, es el abuelo. Cómo no va a sabérselas- pensaba yo.

A veces, quizá cuando notaba que yo me cansaba, me llevaba a algún bar recién abierto a tomar un vaso de leche. Una leche que a mí siempre me sabía riquísima, y que no entendía cómo él nunca quería probar. Mi abuelo prefería su vino de pitarra, que mantenía todo el tiempo entre las manos y sólo bebía acompasando sus sorbos con los míos. -Vaya sitios buenos conoce el abuelo. ¡La mejor leche que he probado!- Me decía a mí mismo mientras me limpiaba los bigotes blancos con la camisa. Luego, con los años, esos bares donde creía que ordeñaban la leche más fresca y rica de mi infancia, supe que eran unos antros donde por la noche se reunía todo el percal de la ciudad. Lo mejor de cada casa se reunía (nos reuníamos) en torno al alcohol y a un olor mezcla de humanidad, orín y demás fluidos incontinentes. Ese otro tipo de olores que tampoco se olvidan.

Supongo que en algún momento me hice demasiado mayor. Yo ya reconocía casi todas las matrículas, y a mi abuelo cada vez se le olvidaban más… y aunque a mí me seguía pareciendo igual de divertido aquel pasatiempo, un día dejó de llevarme. Y pasó el tiempo. Ya no es posible jugar a aquel juego nuestro, pero todavía disfruto paseando en silencio, y a veces me sorprendo escudriñando matrículas en un intento por encontrarle significado a algunas iniciales y quizá así recordar a mi abuelo. También es cierto que (de forma estúpida) nunca más disfruté de un buen trago de leche en un garito semejante sin pedir antes todas las garantías sanitarias, pero sí tiene uno la sensación de andar otorgando verdades absolutas a aquellos a quienes consideramos autoridades en cualquier materia (o en todas), en este caso por las razones equivocadas. (*)


“Muchas cosas sabe el zorro, pero el erizo sabe una sola, y grande”.  Arquíloco

Los expertos proliferan en todos los ámbitos de la vida. Politólogos, psicólogos, economistas, asesores de imagen, intérpretes de gestos, echadores de cartas y hasta parapsicólogos vaticinaron durante meses la caída de Trump, el Remain, el Sorpasso de Podemos o cualquier otro Cisne Negro (aquí), hasta el infinito. Esos mismos expertos que no vieron venir la crisis financiera, la quiebra de Lehman Brothers, la aparición de las hipotecas Ninja (no income, no job, no assets), la burbuja inmobiliaria en España… Esos que fallaron estrepitosamente una y otra vez nos explican ahora a nosotros, pobres ignorantes, cómo y el porqué se produjeron esos hechos, cómo es la realidad que nos rodea y cómo de cristalino se vislumbra el futuro.

“La idea de que el futuro es impredecible es debilitada cada día por la facilidad con que explicamos el pasado”.

En Expert Political Judgment: How Good Is It? How Can We Know?,  Philip Tetlock narra cómo durante 20 años investigó a 284 expertos y sus cerca de 80.000 predicciones en materias tales como economía y geopolítica. ¿Los resultados? “Fueron demoledores. Los expertos se equivocaron más de lo que lo habrían hecho si, simplemente, hubiesen asignado iguales probabilidades a cada uno de los potenciales resultados. En otras palabras, hacían predicciones con menos aciertos que los de unos monos lanzando unos dados”. Tetlock también observó que “los expertos más reconocidos se resistían a admitir que estuvieran equivocados y, cuando no tuvieron más remedio que admitir el error, lo justificaron con que se habían equivocado sólo en el momento, se había producido un acontecimiento impredecible –¿qué es más impredecible que el propio mundo?-, o se habían equivocado, pero por los argumentos justificados”. Lo que lleva a pensar no sólo en un exceso de confianza de sus propios conocimientos, o en las facultades que atesoraban como “expertos”, sino en entrar, a veces, en el campo de las creencias.

Supongamos que un individuo cree en algo de todo corazón; supongamos a continuación que está comprometido con su creencia, que ha llevado a cabo, en consecuencia, acciones irrevocables; finalmente, supóngase que se le presenta la evidencia, la evidencia inequívoca e innegable de que su creencia es errónea: ¿qué ocurrirá? El individuo emergerá, frecuentemente, no solamente impertérrito, sino incluso más convencido de la verdad de sus creencias que nunca anteriormente.

Como anécdota sobre el poder de las creencias me gusta recordar la de la maravillosa secta apocalíptica liderada por una tal Dorothy Martin en los años 50, en la que un grupo de psicólogos se adentró con objeto de estudio, y tras el que publicaron un libro de título un poco loco, pero descriptivo: When Prophecy Fails: A Social and Psychological Study of a Modern Group That Predicted the Destruction of the World (aquí) . Dorothy reunió a sus fieles en una casa a esperar el inminente fin del mundo mientras ellos eran salvados por un platillo volante. Pasó la media noche, y después de varias horas esperando el fin del mundo, y en vista de que éste no se iba al garete, acordaron que gracias a aquel acto de Fe de sus seguidores, el Ser Superior había salvado al mundo de su destrucción. Lo cual reforzó más si cabe las creencias de la mayoría de sus seguidores, y comenzaron una labor de proselitismo intensa como nunca hasta entonces.

Para conocer el efecto (positivo y negativo) que las creencias tienen sobre nosotros, este increíble estudio llamado Why Being Wrong can be Right: Magical Warfare Technologies and the Persistence of False Beliefs. Cuenta cómo algunas tribus de la República del Congo empezaron a propagar la creencia entre sus guerreros de la elaboración de un hechizo mágico con propiedades antibalas para armarles de valor y confianza y se adentraran así en el bosque a combatir sin miedo, frente al asedio y ocupación de las tribus dominantes. Evidentemente algunos morirían ante al fuego enemigo (luego los jefes concluían que era debido a que tomaban el hechizo incorrectamente), así que a nivel individual siempre había quien salía perdiendo, pero a nivel colectivo sí les resultaba beneficioso, porque sólo así podían defender su aldea. Ni que decir tiene que los hechizos eran continuamente ajustados y adaptados a los cambios en la tecnología de guerra de los enemigos.

En cambio, Andrew Wakefield, un cirujano e investigador británico, demostró el daño irreparable (a nivel no sólo individual sino colectivo) que pueden tener algunas creencias, cuando consiguió publicar en 1998 en la revista The Lancet, “una de la mejores publicaciones médicas del mundo”, un estudio fraudulento en el que se asociaba la vacuna trivalente (sarampión, parotiditis y rubeola) con un aumento del riesgo de padecer autismo. Aquello fue un escándalo, y aunque después de demostraría que había falseado sus resultados y existían conflictos de interés en su investigación (financiada por asociaciones antivacunas), hoy día (casi 20 años después), sigue habiendo quien defiende la peligrosidad de las vacunas con toda clase de información conspiranóica basada en aquella (falsa) relación con el autismo. Muchas creencias, al igual que las sectas apocalípticas o las pócimas anti balas, sobreviven al paso del tiempo y, siguiendo el símil fácil de las vacunas, infectan a las generaciones posteriores.

Volviendo a Tetlock y los expertos, no es que estos sean unos meros charlatanes. -algunos, (sobre todo los que más salen en la televisión) lo son- es que en el mejor de los casos son humanos jugando a ser Dioses en un mundo impredecible. Pero la popularidad de los expertos no es directamente proporcional a sus aciertos en las predicciones, sino a cuán taxativos, dogmáticos, enfáticos y seguros de sí mismos se muestran, a la vez que proporcionan información de fácil digestión (valiosa o no) a los espectadores. Ningún tertuliano duraría demasiado en su trabajo si un día le diese por reconocer ante la cámara: – De este asunto no tengo demasiados conocimientos y no sé muy bien qué decir.

“Es un error culpar  a nadie de fracasar en sus predicciones en un mundo impredecible. Sin embargo, sería justo culpar a profesionales por creer que pueden tener éxito en una tarea imposible. Las pretensiones de tener intuiciones correctas en una situación impredecible significan cuando menos engañarse, y a veces algo peor”.

En el deporte, los Premios Nobel de la autoridad son los influencers y los campeones sin título. La evolución de las redes sociales en el día a día ha hecho que la consistencia de ciertos argumentos (en cualquier materia), sea directamente proporcional al número de seguidores en twitter. Por supuesto, ésta también será mayor si proviene de un desconocido cualquiera de la red. En general, creo que se odia poco y mal a los influencers y los vendedores de humo (SS), divulgadores del copia y pega y demás compradores de followers. Como mayor argumento de autoridad suelen utilizar los pollos o carreras de pueblo que ganan. Y los suele haber muy dogmáticos, en un proselitismo feroz de todas las teorías y creencias a veces opuestas que uno pueda imaginar. Yo mismo me he sorprendido a veces dando pábulo a esos idiotas. Y yo mismo he sido seguramente en algún momento uno de ellos.

En el mundo hay gente lista, gente inteligente, gente necia, y hay quien parece haber burlado todos los filtros de gente normal. Un detector de idiotas, vaya. Y es que ya digo que yo mismo he sido bastante gilipollas desde bien chiquito. Si en clase estornudaba alguien, yo siempre repetía la misma frase: “Jesús, María y José. Los obreros de Nazaret”. Porque sí. Ya podía estar en el despacho de la directora después de alguna otra fechoría, que si alguien estornudaba en aquella sala llena de tensión, yo erre que erre haciendo la típica gracieta de gilipollas. Y siempre había algún otro gilipollas que me acompañaba, para sonreirnos victoriosos pensando: Gilipollas 1 – Directora 0. Así éramos…

Y es que según las «Leyes fundamentales de la estupidez humana», no estar solo en tu estupidez  es un triste consuelo, pero es que a veces subestimamos tanto nuestra propia estupidez como el número de estúpidos que circulan por este mundo; amén del propio poder que la estupidez ejerce sobre nosotros.


(*)20 años después descubrí las razones por las que, no sólo mi abuelo Paco, sino el resto de mis abuelos sí fueron unos verdaderos héroes sin capa. Descubrí sus historias de La Guerra, los aviones bombardeando Oropesa, los viajes en burro a Madrid, la escasez, el trueque y la muerte.

Los héroes siempre serán héroes, aun por las razones equivocadas.

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