Modric y Teoría de Juegos.

“Nunca luches contra un siciliano cuando la muerte está al acecho”.

 

“La Teoría de Juegos (TdJ) analiza el comportamiento de los individuos ante situaciones estratégicas, esto es, cómo deciden qué es lo que más les conviene en su interacción con otros individuos. La manera de enfrentar estas situaciones depende en muchas ocasiones de la capacidad de los individuos para predecir el comportamiento de sus rivales, puesto que si se conociese el comportamiento del prójimo se podría utilizar la mejor respuesta para anticiparse a éste”.

Luka Modric, en su partido contra Dinamarca, tuvo que enfrentarse a este tipo de problemas que plantea la TdJ llamados k-niveles de razonamiento (habilidad de pensar y atribuir pensamientos y estados mentales a otros) después de fallar un penalti en los últimos minutos del partido (y que clasificaría a su equipo automáticamente para cuartos de final). Pero tras el fallo llegó la prórroga, y luego la tanda de penaltis.

Luka debía esta vez marcar y el portero rival (Kasper Schmeichel) no solo había parado su lanzamiento durante el tiempo reglamentario, sino que estaba haciendo una tanda de penaltis espectacular. Así que ahí se ve el pequeño gran Luka, con el balón entre las manos frente a un portero que le ha ganado una primera mano, dudando sobre dónde va a lanzar esta vez.

Un ejemplo de k-niveles de razonamiento podría ser éste:

  1. Mi primer lanzamiento fue a su izquierda y me lo paró. Así que lanzaré a su derecha.
  2. Pero quizá él crea que no quiero arriesgarme a lanzar al mismo sitio porque he perdido algo de confianza, y se tire a su derecha creyendo que yo voy a hacer lo mismo; así que tiraré a su izquierda.
  3. También puede ser que él crea que quiero que piense que he perdido confianza, pero en realidad quiero afianzar mi disparo en la misma dirección, y él también se tire al mismo sitio. Así que tiraré a su derecha.

Así podríamos llegar hasta el infinito, pero “las pruebas de laboratorio dicen que los niveles de razonamiento de los individuos son relativamente limitados; no llegando en su mayoría al nivel k =3 de razonamiento”.

 


Al final Luka decidió tirar al centro. Nunca sabremos si porque el miedo y la falta de confianza le atenazaron, porque llegó a algún nivel k de razonamiento, o porque ésa era su estrategia previa (haciendo caso omiso de la información previa).

El ejemplo más bonito de esto, y excusa perfecta para volver a ver la película, es este fragmento de la maravillosa «La princesa prometida».

 

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Huir de la inundación.

 

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Viendo una zorra unos hermosos racimos de uvas ya maduras,
deseosa de comerlos, busca medio para alcanzarlos,
pero no siéndole posible de ningún modo,
y viendo frustrado su deseo, dijo para consolarse:
Estas uvas no están maduras.

 

En los años 50 existió una maravillosa secta apocalíptica liderada por Dorothy Martin. Dorothy era una tranquila ama de casa que empezó a sentir cosquilleos en un brazo; pronto esos cosquilleos dieron lugar a algo más: la escritura automática mediante mensajes telepáticos de extraterrestres del planeta Clarion. En esos mensajes, los extraterrestres le anunciaron la destrucción del mundo en un diluvio que tendría lugar en la madrugada del 21 de diciembre de 1954; y que, tanto ella como sus seguidores, serían puestos a salvo y transportados en platillos volantes fuera de nuestro planeta. Así que empezó repartiendo unos carteles en el pueblo anunciando la masacre:

 Profecía del planeta Clarion llamando a la ciudad: huyan de la inundación.

«Por supuesto, nada de lo profetizado tuvo lugar. Dorothy reunió a sus fieles en una casa a esperar el inminente fin del mundo, pero ese 21 de diciembre el mundo amaneció y anocheció como siempre. Así, después de esperar toda la noche, a las 4:45 a.m. los extraterrestres enviaron otro mensaje: El cataclismo había sido cancelado. El pequeño grupo, sentado toda la noche, había difundido tanta fe y esperanza que había salvado al mundo de su destrucción».

Este incumplimiento reforzó más si cabe las creencias de la mayoría, que comenzaron una labor de proselitismo intensa como nunca hasta entonces.

Si se puede persuadir a cada vez más personas de que el sistema de creencias es correcto, entonces, y de forma clara, el sistema debe ser correcto, después de todo.

Leo Festinger, uno de los psicólogos que se adentraron en la secta a fin de estudiarla, más tarde argumentó la teoría de la disonancia cognitiva, en la que la persona se ve motivada para constituir una cierta coherencia interna entre la realidad y sus creencias; a menudo con un cambio de ideas que expliquen de algún modo una realidad inmutable.

Supongamos que un individuo cree en algo de todo corazón; supongamos a continuación que está comprometido con su creencia, que ha llevado a cabo, en consecuencia, acciones irrevocables; finalmente, supóngase que se le presenta la evidencia, la evidencia inequívoca e innegable de que su creencia es errónea: ¿qué ocurrirá? El individuo emergerá, frecuentemente, no solamente impertérrito, sino incluso más convencido de la verdad de sus creencias que nunca anteriormente.

El nacionalismo es una suerte de religión civil de la que participan una multitud de creyentes. Para ser creyente debes tener apoyo social, pertenecer a un grupo de personas que se apoyan mutuamente en sus creencias. Y con el independentismo, un sentimiento nacionalista exacerbado, a muchos les ha pasado lo que a los seguidores de la buena de Dorohty. La República catalana también esperaba su platillo volante. Pero, pasó la noche y amaneció como de costumbre, tranquilo y soleado. El que tenía que ser el primer día de de una nueva era, fue tan sólo un día más. Los incumplimientos de sus más ilusionantes profecías, y la posterior racionalización de las causas externas que impiden ésta repetidamente, llevan a muchos a unas dosis de solidaridad, cohesión y proselitismo como nunca antes.

Para cerrar esa brecha profunda entre tus creencias y la realidad, entre el realismo mágico y la testarudez de los hechos, a veces es inevitable cerrar los ojos ante la realidad o encontrar “explicaciones ingeniosas” a ésta; pensar que otro platillo volante vendrá, o que, como en la fábula de Esopo, esas uvas todavía no estaban lo suficientemente maduras para comerlas.

Mientras los mitos sigan inundando la humanidad, las creencias nos lo darán (y quitarán) todo.

El arte de hacer y no hacer.

Lionel Sanders está de moda. Los datos de su preparación para el IM de Hawaii se han viralizado porque, al parecer, hace pocas horas comparadas con el resto de profesionales -e incluso comparadas con muchos deportistas recreacionales-.

Los deportistas populares siguen (seguimos) buscando la correlación mágica entre las horas de entrenamiento y el rendimiento competitivo. A un mayor número de horas se le supone mayor rendimiento. Así lo intuimos al ver los entrenamientos de los profesionales.

El primer problema de esto es la tendencia a fijarse demasiado en el volumen, obviando la intensidad como factor relevante en la búsqueda del rendimiento competitivo. El segundo, suponer que una mayor cantidad de entrenamiento siempre conduce a un mayor nivel de rendimiento. Al contrario, siempre habrá algún punto en el que el entrenamiento adicional no conlleve un aumento adicional del rendimiento, es decir, se estabilizará, o incluso decaerá. Ese punto de equilibrio del rendimiento es, por más que nos pese a los mortales, distinto en cada uno.

Aquí una lectura interesante.

“Las cantidades son más fáciles de evaluar que la calidad. Cuando no podemos evaluar la calidad de algo (o cuando no sabemos cómo hacerlo), a menudo, comprensiblemente, retrocedemos para evaluar lo que sabemos: una medida cuantitativa”.

Los que no manejamos bien las estadísticas hemos de cogerlas siempre con cuidado por representar estas a veces una parte de la historia, con la que a veces se extrapolan conclusiones erróneas. El problema con las medias o promedios es que son muy sensibles a los valores extremos; y los números de su blog parecen pobres si fijas la atención en la relación de horas de entrenamiento. El problema es que, como casi todos hacemos, para hacer la media de horas y metros en sus sesiones de entrenamiento utiliza también los ceros. Los días no entrenados hacen que la media no refleje fielmente la realidad de los entrenamientos.

Cualquiera que vea unos pobres 54´ de entrenamiento ciclista diario, pensará en Sanders como un chico que entrena distancia Ironman dando clases de spinning por las mañanas, y no como alguien que ha batido el récord de un circuito como Hawaii (aunque Cameron Wurf lo acabaría dejando ese mismo día en 4:12:54). El típico globero como yo que se fija en los números, hará una extrapolación mental casi instantánea de los kilómetros de Sanders partiendo de las horas, siempre anclándose en su propia experiencia y velocidad crucero, y corrigiendo por lo alto sus estimaciones por ser Sanders un profesional (cuando estás anclado nunca corriges lo suficiente).

Creo que pocos saben lo duro y lo rápido que entrenan los profesionales; y sobre todo qué cotas de dolor hay que rebasar para conseguir 303 Watts medios durante algo más de 4 horas y bajarte a correr un maratón sin ser carroña para los buitres. Evidentemente, el camino para hacer 4:13:45 hrs (313 W potencia normalizada y 4,13 W/kg) no parece ser el de esos 54´ diarios de bicicleta. En su última gráfica menciona el “CTL” (Chronic Training Load), términos más familiares para los que entrenen con Trainning Peaks, que es un promedio de la carga de entrenamiento diario, y representa la cantidad de estrés provocado que hayas sido capaz de asimilar en un largo período.

Aquí datos de potencia y estrategia en carrera de Sanders.

¿Cuánta carga de entrenamiento es capaz de sostener un deportista? Como dice Joe Friel: La vida no es justa. “Algunas personas pueden soportar fácilmente un CTL muy alto, como por ejemplo un promedio de 150 TSS/día. Otros terminarían rápidamente sobreentrenados al intentar hacer eso”.

Con todo, eL CTL de Sanders creció durante los tres meses previos a Hawaii hasta un valor de «182» en el comienzo del taper. Algo que sólo él y puñado de privilegiados en esta vida podrán soportar. Así, la cuestión no es si un profesional entrena mucho o poco, fijarnos en las horas de entrenamiento puede dar lugar a ver sólo una pequeña parte de la realidad.


Hace unos años se popularizó la Teoría de las 10.000 horas, por la cual “si quieres convertirte en virtuoso de una determinada materia, necesitarás al menos 10.000 horas de práctica”. Pero, la práctica y el entrenamiento, aunque puedan llegar a tener un impacto determinante para lograr ser muy bueno en algo, sólo explicaría (de media) un porcentaje relativo de nuestro rendimiento en una tarea.

Este Meta-análisis  pretendía probar la correlación entre el número de horas de práctica y el rendimiento en múltiples disciplinas. En general, la practica intensiva explicaba el 12% de media de rendimiento en cualquier tarea. En ámbitos específicos, como juegos o deportes, la práctica explicaba el 24% (en aquellos calificados de “estables” o “predecibles”); sin embargo, en tareas no tan predecibles, la cifra bajaba al 4%. Todos asumimos que poner más esfuerzo significa obtener un mejor resultado.

Por supuesto esto no es una oda a la pereza. Pensar que la excelencia se logra con 54´al día es una ilusión como otra cualquiera. Para Daniel Egan saber qué áreas son diferentes, identificar cuáles requieren un esfuerzo consciente y constante, y cuáles son arenas movedizas donde hay que moverse suavemente o simplemente “dejar hacer” en lugar de luchar contra ellas, es una de las cosas más inteligentes y difíciles de hacer. Para L. Sanders, cuanto más duro sea el entrenamiento, más firme debe ser también la recuperación. Forzando las analogías, puede que haya leído a D. Egan y no quiera convertir su entrenamiento en arenas movedizas.

Hay una ley de esfuerzo invertido. Cuanto más duro intentemos de forma consciente hacer algo, menos éxito tendremos. La capacidad y sus resultados les vienen solo a quienes han aprendido el arte paradójico de hacer y no hacer, a combinar la relajación con la actividad. No podemos hacernos entender; lo máximo que podemos hacer es fomentar un estado mental en el que la comprensión llegue a nosotros.

Aldous Huxley

El ciclista invisible

La tracción mecánica como síntoma de ceguera.

 Esta semana ha sido un desastre de principio a fin.

Entre otras muchas cosas, conocimos el enésimo atropello mortal de un ciclista a manos de un conductora borracha y drogada. Existen muchas discusiones paralelas que surgen siempre que se toca este tema. Entre todas ellas, y obviando algunas que se escuchan gracias a que existe la libertad de expresión (incluso para los más dudosos de merecerla), es la falta de legitimación de la bicicleta y la percepción de intrusismo que existe entre el resto de conductores viendo a ciclistas compartiendo un espacio que creían suyo hasta hace poco.

¿Es peligrosa la bicicleta?

Cada vez hay más accidentes1494241879_927343_1494269983_sumario_normal_recorte1, pero montar en bici es ahora más seguro que hace 10 años. El parque ciclista se ha multiplicado enormemente en los últimos años, mientras la siniestralidad en torno a la bicicleta se redujo los primeros años de forma considerable. La proporción del número de bicicletas respecto a los accidentes que sufren es menor que hace 10 años. En parte porque los conductores nos tienen presentes en la carretera debido a que cada vez son más. A más ciclistas presentes en la carretera, menor es la proporción de accidentes que estos sufren (Safety in numbers). Cuantos más seamos, más estaremos presentes en la visibilidad mental del resto de conductores.

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¿Por qué una bicicleta no paga el “Impuesto de Circulación”? Este buen artículo de Jaime Menéndez de Luarca (aquí) explica mejor que yo eso del mal llamado Impuesto de Circulación.

“En ocasiones se alude al mal llamado “Impuesto de Circulación” que los ciclistas no pagamos (porque no conducimos vehículos de tracción mecánica contaminantes). En España la circulación no está gravada por ningún impuesto ni pagar más impuestos otorga más derechos a un ciudadano sobre otro”.

La bicicleta es un vehículo más, mencionado así en el Reglamento General de la Circulación, que puede y debe compartir espacio con el resto de vehículos (con algunas limitaciones), y que también tiene derechos y responsabilidades en la carretera. Y esos derechos y responsabilidades son independientes del pago del antiguo impuesto de circulación, que grava la contaminación y no el uso de las carreteras. “El IVTM grava la titularidad de los vehículos de esta naturaleza aptos para circular por las vías públicas, cualesquiera que sea su clase y categoría, con una rebaja del 75% de para los vehículos eléctricos, los híbridos, los que utilizan gas licuado de petróleo  y todos aquellos cuyas emisiones no superen los 120 gramos de CO2 por kilómetro. La cuantía estará determinada según la categoría y clase de vehículos, de acuerdo con las circunstancias siguientes, y dependiendo del tipo de vehículo”.

  1. Caballos fiscales.
  2. Número de plazas.
  3. Peso de la carga útil.
  4. Cilindrada.

También existen alguna exenciones al Impuesto: “Vehículos oficiales del Estado y representaciones diplomáticas, oficinas consulares, etc...” También están exentas las ambulancias y demás vehículos directamente destinados a la asistencia sanitaria; vehículos para personas de movilidad reducida; vehículos destinados o adscritos al transporte público urbano y maquinaria agrícola”.

De entre todas las circunstancias que conllevan el pago de este impuesto, la bicicleta no se topa con ninguna de ellas. Nunca he escuchado a nadie abroncar a un conductor de ambulancias mientras le echa a la cuneta -como sí me ha pasado en bicicleta- porque no paga el IVTM. Dicen que es suyo porque pagan impuestos. La realidad es que las carreteras son bienes públicos que se pagan con los impuestos de todos los ciudadanos, tengan (o no) un coche o hasta el mismísimo Halcón Milenario en el garaje. No se paga por su uso (como las autopistas). Y tienen tres características:

  1.  Se consumen conjuntamente, dando utilidad a más de un consumidor a la vez.
  2.  No se puede excluir a un individuo o a un colectivo de su consumo.
  3.  El consumo no es rival: que lo consuma un nuevo individuo no afecta o limita el consumo al resto de consumidores.

Pero existen algunas limitaciones, en el caso de la circulación ocurre mucho cuando todos queremos pasar el fin de semana en Benidorm siendo felices en una guerra por ser los primeros en pinchar la sombrilla en la orilla. Todo el mundo no cabe en la carretera y nos perjudicamos unos a otros.

“…lo que es común para la mayoría es de hecho objeto del menor cuidado. Todo el mundo piensa principalmente en sí mismo, raras veces en el interés común”.

¿Debe un ciclista respetar las normas de tráfico? Me da una rabia tremenda ver a ciclistas no respetando las normas de circulación – que también están hechas para ellos -. Esto dota a algunos conductores de una justificación moral injusta y perversa a la hora de no respetar (e incluso a apartar) a usuarios “molestos” de la calzada. Los ciclistas deben respetar las normas, en primer lugar porque están obligados a ello; en segundo lugar por su propia seguridad; y por último porque es difícil exigir respeto como colectivo si tus “compañeros” se saltan semáforos, ocupan las aceras y conducen de forma imprudente. Se puede ser transgresor respetando las normas de tráfico. ¿Está justificada la animadversión de los conductores por algún comportamiento incívico? Por supuesto que no. ¿Debe el colectivo ciclista contribuir a su mayor legitimación con un máximo respeto a las normas y al resto de conductores y peatones? Mi opinión es que sí.

Esa falta de legitimidad y empatía hace que el resto de conductores vean a los ciclistas como intrusos, y se traduce en una tensión constante entre ambos. Una creencia que hay que derribar es la visión del ciclista como un ser extraño vestido de licra que utiliza su tiempo libre para tocarle la moral al resto del mundo libre. Poco a poco las ciudades se llenan de ciclistas, que no son otra cosa que ciudadanos que eligen otro medio de transporte, y que ven que la bicicleta no es el problema, sino parte de la solución. Hombres y mujeres, padres de familia, hijos, nietos, hermanos. Con sus vidas, sus nombres, sus trabajos y sus miserias diarias. No hay ciclistas y conductores. No hay buenos y malos. Hay personas, con sus múltiples aristas, que además se desplazan por la ciudad -ya sea de forma utilitaria o recreacional- como quieren, y buenamente pueden.

El enfrentamiento entre nosotros y ellos -buenos y malos- es una constante en cualquier ámbito y siempre ha sido una barrera al entendimiento. Sólo lleva a la polarización, a reafirmarte en tu propia trinchera y despreciar las ideas del contrario. Nadie ha cambiado de opinión porque le hayan insultado (más bien al contrario). Yo no soy conductor ni ciclista. Soy hijo, hermano, un futuro padre quizá algún día en una galaxia muy lejana, y me desplazo a pie, en bicicleta y en coche, e intento respetar las normas siempre, intentando no atribuir moralidad a mis distintas opciones vitales ni pontificar sobre lo que está bien o está mal. No es una guerra entre colectivos, sino la búsqueda de una razonable convivencia entre usuarios de un mismo espacio, que deben conocer las normas y respetarlas.

Fuera del reproche penal, y aunque se intente (como siempre) legislar a golpe de titular “contra los reincidentes en alcohol y drogas para proteger a los ciclistas” -¿deberíamos permitir que un conductor borracho y drogado tenga la posibilidad de reincidir?-, hay una cosa que me taladra el cerebro: suerte moral.

“Pedro y Juan se van a ver un partido de fútbol y tomar unas cervezas; ambos beben el mismo número de cervezas y sufren una intoxicación etílica con niveles de alcoholemia igualmente elevados. Ambos deciden coger el coche para volver a casa y ambos se duermen al volante, pierden el control del coche y se salen de la carretera. Pedro se sale de la carretera y se golpea contra un árbol. Juan se sale de la carretera, atropella a una chica que iba por la acera y la mata. ¿Debería la diferencia accidental de que en un caso uno se encuentre con un árbol y otro con una chica hacer que la valoración moral sea diferente?

Por un lado, no parece que sea justo castigar más a Juan cuando ha realizado exactamente la misma conducta que Pedro. Pero, por otro lado, parece también injusto meter en la cárcel a Pedro cuando lo único que ha hecho es conducir ebrio, o dejar libre a Juan con una multa cuando ha matado a una persona.

Este dilema desafía una intuición que es que la valoración moral de un acto no debería depender de la suerte, y dice que sólo es moralmente justo evaluar a una persona por factores que están bajo su control. El resultado del ejemplo se debe a la suerte, no está bajo el control ni de Pedro ni de Juan y no debería influir en nuestra valoración del acto. Sin embargo, lo hace”.

Todo el mundo ha visto cómo una chica borracha le ha arrancado la vida a personas inocentes, a sus familias y amigos. La cuestión no es si lo atribuimos a la suerte (ir borracho y drogado en el coche de forma reincidente es comprar muchas papeletas para una misma rifa), sino el reproche moral atribuido a esa persona por haber coincidido en el camino con un grupo de ciclistas desprotegidos más que si lo hubiera hecho contra un árbol. Es decir, ¿es esa chica es una mala persona? ¿por conducir borracha o por matar a dos personas? ¿Son malas personas aquellos que han conducido borrachos y/o drogados y no les ha pasado nada a ellos ni a nadie inocente (esta vez sí por fortuna)?. ¿Son tu padre, tu novia, tu mejor amigo, malas personas? ¿Eres tú una mala o buena persona según sea tu suerte?

No hay reunión familiar, de amigos o conocidos en la que, casi diariamente, no haya alguien que se tome unas copas y coja el coche porque “controla” o porque (algo que está en el imaginario colectivo) “dos copas no son nada”, se enorgullezca de ello y aplaudamos con las orejas a nuestro querido hijo de puta.

Salud, respeto y kilómetros.

“…que el mundo nunca será exactamente como nosotros querríamos que fuera porque hay gente que legítimamente tiene otras visiones de él, que si no son delictivas, tienen el mismo derecho a existir que las nuestras. Estamos condenados a pactar o, incluso, a mostrar una cierta indiferencia hacia las opiniones de los demás si no queremos que la vida sea un infierno”.

Héroes e idiotas.

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Uno, que presume de no tener héroes, en realidad siempre los tuvo, a escondidas. Un ser de voz grave, de carácter y manos ásperas. Olor a cuero, tabaco de liar, carboncillos de punta recién afilada y folio envejecido. Así recuerdo a mi abuelo Paco. Su olor sigue en la punta de mi nariz como el primer día. Inconfundible.

Recuerdo los paseos agarrado de su mano por El Paseo Alto buscando adivinar las matrículas de coches. Los malditos pokémon de una infancia cualquiera de mediados de los 80, supongo. Matrículas de todos los puntos de la península, ¡y mi abuelo se las sabía todas!  – Es el abuelo. Cómo no va a sabérselas– pensaba yo.

A veces, quizá cuando notaba que yo me cansaba, me llevaba a algún bar recién abierto a tomar un vaso de leche. Una leche que a mí siempre me sabía riquísima, por cierto. Mi abuelo prefería su vino de pitarra, que mantenía todo el tiempo entre las manos y sólo bebía acompasando sus sorbos con los míos. –Vaya sitios buenos conoce el abuelo. Me decía a mí mismo mientras me limpiaba los bigotes blancos con la camisa de domingo.

Pero supongo que en algún momento me hice demasiado mayor.

Ya reconocía casi todas las matrículas, y a mi abuelo cada vez se le olvidaban más… y aunque a mí me seguía pareciendo igual de divertido aquel pasatiempo, un día dejó de llevarme. Y pasó el tiempo.

Con los años, esos bares donde ordeñaban la leche más fresca y rica de mi infancia, supe que eran unos antros donde por la noche se reunía todo el percal de la ciudad. Lo mejor de cada casa se reunía (nos reuníamos) en torno al alcohol y a un olor mezcla de humanidad, orín y demás fluidos incontinentes. Ese otro tipo de olores que tampoco se olvidan.

Ya no es posible jugar a aquel juego nuestro, pero todavía disfruto paseando en silencio, y a veces me sorprendo escudriñando matrículas en un intento por encontrarle significado a las iniciales, y no sé quizá así recordar a mi abuelo. También es cierto que (de forma estúpida) nunca más disfruté de un buen trago de leche en un garito semejante sin pedir antes todas las garantías sanitarias, pero sí tiene uno la sensación de andar otorgando verdades absolutas a aquellos a quienes consideramos autoridades en cualquier materia (o en todas), en este caso por las razones equivocadas. (*)


“Muchas cosas sabe el zorro, pero el erizo sabe una sola, y grande”.  Arquíloco

Los expertos proliferan en todos los ámbitos de la vida. Politólogos, psicólogos, economistas, asesores de imagen, intérpretes de gestos, echadores de cartas y hasta parapsicólogos vaticinaron durante meses la caída de Trump, el Remain, el Sorpasso de Podemos o cualquier otro Cisne Negro (aquí). Esos mismos expertos que no vieron venir la crisis financiera, la quiebra de Lehman Brothers, la aparición de las hipotecas Ninja (no income, no job, no assets), la burbuja inmobiliaria en España…

“La idea de que el futuro es impredecible es debilitada cada día por la facilidad con que explicamos el pasado”.

En Expert Political Judgment: How Good Is It? How Can We Know?,  P. Tetlock narra cómo durante 20 años investigó a 284 expertos y sus cerca de 80.000 predicciones en materias tales como economía y geopolítica.

“Los expertos se equivocaron más de lo que lo habrían hecho si, simplemente, hubiesen asignado iguales probabilidades a cada uno de los potenciales resultados. En otras palabras, hacían predicciones con menos aciertos que los de unos monos lanzando unos dados”.

Tetlock también observó que “los expertos más reconocidos se resistían a admitir que estuvieran equivocados y, cuando no tuvieron más remedio que admitir el error, lo justificaron con que se habían equivocado sólo en el momento, se había producido un acontecimiento impredecible -¿qué es más impredecible que el propio mundo?-, o se habían equivocado, pero por los argumentos justificados”. Lo que lleva a pensar no sólo en un exceso de confianza de sus propios conocimientos, o en las facultades que atesoraban como expertos, sino en entrar, a veces, en el campo de las creencias.

 

Como anécdota sobre el poder de las creencias me gusta recordar la de la maravillosa secta apocalíptica liderada por Dorothy Martin en los 50, en la que un grupo de psicólogos se adentró con objeto de estudio, y tras el que publicaron un libro de título un poco loco: When Prophecy Fails: A Social and Psychological Study of a Modern Group That Predicted the Destruction of the World (aquí) .

“Dorothy reunió a sus fieles en una casa a esperar el inminente fin del mundo mientras ellos eran salvados por un platillo volante. Pasó la media noche, y después de varias horas esperando el fin del mundo, y en vista de que éste no se iba al garete, acordaron que gracias a aquel acto de Fe de sus seguidores, el Ser Superior había salvado al mundo de su destrucción. Lo cual reforzó más si cabe las creencias de la mayoría de sus seguidores, y comenzaron una labor de proselitismo intensa como nunca hasta entonces”.

Para conocer el efecto (positivo y negativo) que las creencias tienen sobre nosotros, este increíble estudio llamado Why Being Wrong can be Right: Magical Warfare Technologies and the Persistence of False Beliefs. Cuenta cómo algunas tribus de la República del Congo empezaron a propagar la creencia entre sus guerreros de la elaboración de un hechizo mágico con propiedades antibalas para armarles de valor y confianza y se adentraran así en el bosque a combatir sin miedo, frente al asedio y ocupación de las tribus dominantes. Evidentemente algunos morirían ante al fuego enemigo (luego los jefes concluían que era debido a que tomaban el hechizo incorrectamente), así que a nivel individual siempre había quien salía perdiendo, pero a nivel colectivo sí les resultaba beneficioso, porque sólo así podían defender su aldea. Ni que decir tiene que los hechizos eran continuamente ajustados y adaptados a los cambios en la tecnología de guerra de los enemigos.

Andrew Wakefield, cirujano e investigador británico, demostró el daño irreparable (a nivel no sólo individual sino colectivo) que pueden tener algunas creencias, cuando consiguió publicar en 1998 en la revista The Lancet, “una de la mejores publicaciones médicas del mundo”, un estudio fraudulento en el que se asociaba la vacuna trivalente (sarampión, parotiditis y rubeola) con un aumento del riesgo de padecer autismo.

Aunque después de demostraría que había falseado sus resultados y existían conflictos de interés en su investigación (financiada por asociaciones antivacunas), hoy día (casi 20 años después), sigue habiendo quien defiende la peligrosidad de las vacunas con toda clase de información conspiranóica basada en aquella (falsa) relación con el autismo. Muchas creencias, al igual que las sectas apocalípticas o las pócimas anti balas, sobreviven al paso del tiempo y, como las vacunas, infectan a las generaciones posteriores.

Volviendo a Tetlock y los expertos, no es que estos sean unos meros charlatanes. -algunos (sobre todo los que más salen en la televisión) lo son. Pero la popularidad de los expertos no es directamente proporcional a sus aciertos en las predicciones, sino a cuán taxativos, dogmáticos, enfáticos y seguros de sí mismos se muestran, a la vez que proporcionan información de fácil digestión (valiosa o no) a los espectadores. Ningún tertuliano duraría demasiado en su trabajo si un día le diese por reconocer ante la cámara: – De este asunto no tengo demasiados conocimientos y no sé muy bien qué decir.

 


En el deporte, los Premios Nobel de la autoridad son los influencers y los campeones sin título. La evolución de las redes sociales en el día a día ha hecho que la consistencia de ciertos argumentos (en cualquier materia), sea directamente proporcional al número de seguidores en twitter.

En general, se odia poco y mal a los influencers y los vendedores de humo (SS) y demás compradores de followers. Como mayor argumento de autoridad suelen utilizar los pollos o carreras de pueblo que ganan. Y los suele haber muy dogmáticos, en un proselitismo feroz de todas las teorías y creencias a veces opuestas que uno pueda imaginar. Yo mismo me he sorprendido a veces dando pábulo a esos idiotas. Y yo mismo he sido seguramente en algún momento uno de ellos.

En el mundo hay gente lista, gente inteligente, gente necia, y hay quien parece haber burlado todos los filtros de gente normal. Un detector de idiotas, vaya. Y es que ya digo que yo mismo he sido bastante idiota desde bien chiquito. Y es que según las «Leyes fundamentales de la estupidez humana», no estar solo en tu estupidez  es un triste consuelo, pero es que a veces subestimamos tanto nuestra propia estupidez como el número de estúpidos que circulan por este mundo; amén del propio poder que la estupidez ejerce sobre nosotros.


 

(*) 20 años después descubrí las razones por las que, no sólo mi abuelo Paco, sino el resto de mis abuelos sí fueron unos verdaderos héroes sin capa. Descubrí sus historias de La Guerra, los aviones bombardeando Oropesa, los viajes en burro a Madrid, la escasez, el trueque y la muerte.

Los héroes siempre serán héroes, aun por las razones equivocadas.

El extraordinario regreso a la media.

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Fragmento de  «Tora, Tora, Tora!»

 

La temporada pasada disfruté del atletismo como hacía  tiempo, quitándome la vida cada día persiguiendo las sombras de Mario, Enrique y David, en una mezcla de risas y ácido láctico bestial. Por una serie de circunstancias que se desencadenaron una tras otra, finalmente los resultados no estuvieron acordes a la preparación y estado físico inmediatamente anteriores, quizá los mejores de mi vida. Lo cierto es que no me importó en absoluto (bueno, un poco sí), y podría volver a pasar aquel invierno de kilómetros, risas, miserias, recuperaciones agónicas buscando el tibio sol del invierno, el contagio brutal de los piques y un choque de manos tras cada entrenamiento. Todo, sin la recompensa en forma de resultados. Fue una temporada extraordinaria en cuanto al significado de salirse de la norma general, por tanto tiempo entrenando y tan bien.


Francis Galton (primo de Darwin) enunció la “Regresión a la media” en «Regresión hacia la mediocridad en estatura hereditaria». En el estudio de generaciones sucesivas de semillas, observó que “las semillas de los descendientes no tienden a asemejarse en tamaño a las progenitoras. Tienden, por el contrario, a ser siempre de tamaño menor que las progenitoras si éstas son grandes, y a ser más grandes que sus progenitoras, si éstas son muy pequeñas”.

Observó que si una variable era extrema en su primera medición, ésta tendería a estar más cerca de la media en su segunda medición y si era extrema en su segunda medición, tendería a haber estado más cerca de la media en la primera.

En la gestión deportiva, los entrenadores son para el equipo un poco lo que las acciones a la bolsa. A corto plazo, es más fácil que un equipo con buenos resultados siga cosechándolos, al menos hasta un determinado punto donde regrese a la media; y al contrario, un equipo perdedor es más probable que siga perdiendo. Y no parece que el cambio de entrenador provoque asimismo un cambio en las tendencias. EEUU tiene un modelo de deporte/espectáculo en el que las principales ligas profesionales son competiciones cerradas (sin descensos), por lo que se puede medir más fácilmente el efecto de regresión a la media.

“En la NFL, con algunas excepciones inusuales, los equipos con muy buenos registros tienden a hacerlo peor el año siguiente, y equipos con marcas muy pobres tienden a mejorar. Es un fenómeno natural común a casi todos los sistemas, que tienden a ser estables”.

Desde 1978, las franquicias de la NFL perdedoras que sustituyen a sus entrenadores al término de la fase regular tienden a mejorar el próximo año una media 1,6 juegos. La mala noticia es que los equipos con marcas perdedoras que no destituyen a sus entrenadores también tienden a mejorar la temporada siguiente, con idéntica estadística. El modelo americano tiene también la particularidad de buscar una competencia natural entre los integrantes de sus ligas, por lo que existen el tope salarial, el drafteo de jugadores en orden de elección inverso a la posición final del equipo, etc… que favorecen la recuperación de equipos perdedores. Aquí un buen artículo de la americana ESPN que lo explica todo mejor.

En España es una práctica ya habitual, y el despido y la rotación de entrenadores forman parte del espectáculo y son la salsa del propio juego. Tras sólo 17 jornadas, 7 han sido los entrenadores sustituidos. No hay ningún elemento que demuestre que un cambio de entrenador mejore el rumbo del equipo, pero es una doble arma magnífica para los directivos con la que pueden, de una sola tacada, justificar su propio puesto en la junta (y sus extraordinarios sueldos), y señalar a una sola persona como culpable del rumbo de un equipo de responsables extensísimo.

Algunas similitudes curiosas de “regresión a la media” en el deporte son el «Síndrome de la segunda temporada» estudiado en la Premier League, aquí ; o la Maldición de los Sophomore americanos (jugadores de segundo año). Muchos han sido los novatos que, después de pasar por el Draft y hacer un primer año excepcionalmente bueno, decayeron en sus números en su segundo año. Lo que podría explicarse por un exceso de confianza del jugador, mayores ajustes defensivos de los equipos rivales, o por un exceso de expectativas (fruto de lo que quizá tan sólo fue un poco más de suerte de lo habitual en partidos decisivos en la temporada pasada), y la consiguiente sobrerreacción de las expectativas al más puro estilo bursátil.

También es famosa la Maldición del Sport Illustrated, que dice que aquel que sea portada de la revista será, casi con toda seguridad, víctima de la mala suerte y el infortunio más absoluto, no sólo deportivo sino personal. La explicación menos literaria es que hay que sobresalir y hacer algo extraordinariamente bueno ese año para salir elegido como portada de la revista, y eso sólo sucede con el desempeño de una gran habilidad y unas dosis de suerte mayores de lo habitual. En general (salvo excepciones), todos los deportistas regresarán a la media antes o después. En Wikipedia habrá al menos 150 referencias de correlaciones locas entre la publicación de la portada y todo tipo de lesiones posteriores, fallos estrepitosos, acciones de mala suerte, accidentes mortales y enfermedades. El asunto da para echar la tarde.

Aquí, la Tetrahidrogestrinona (THG) como símbolo de “mala suerte”.

2 de octubre de 2000: Marion Jones apareció en la portada después de sus éxitos olímpicos. Más tarde se vio implicada en el escándalo BALCO y posteriormente fue despojada de sus medallas, y se anuló sus logros anteriores a ese año de presentación.


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Regreso a la media. Foto de Politikon.

En «Tora, Tora, Tora!», imagen de cabecera de esta entrada y emulando esta anécdota de D. Kahneman sobre el aprendizaje de las palomas, aparece una escena del comandante japonés supervisando un excepcional entrenamiento de sus tropas en el lanzamiento de misiles en vuelo, al que asiste orgulloso y felicitando sorprendido a sus aviadores tras cada lanzamiento exitoso. Estadísticamente, y aunque la curva de aprendizaje es lineal y constante después de cada lanzamiento, si sus pilotos tuvieron un día afortunado (con lanzamientos extraordinariamente buenos), lo más probable es que al día siguiente el porcentaje de impactos en el blanco regresaran a la media. Serían buenos, pero menos buenos.


Hace algunas semanas, recuperándome del enésimo parón de esta temporada, decidí acompañar a un amigo en su entrenamiento. Yo haría de liebre en sus últimos 200, a un ritmo rápido pero “asequible”, intentando reacondicionar mi cuerpo a esos esfuerzos después de algunos días de rodaje de prueba. Pudiera ser que el frío, la falta de tono muscular tras unos días sólo “de prueba”, falta de hidratación, o cualquier otra circunstancia conformaran los detalles de una narración causal, como “explicación endeble del pasado”. O pudiera ser que, esta vez, la suerte decidió que en los últimos 70 metros de la última serie me rompiera de nuevo, sin previo aviso. Una microrrotura que ha tardado un poco más de la cuenta en curar y que me ha tenido algunas semanas más parado, y de la que (quizá) no estaríamos hablando si el entrenador de mi amigo le hubiera mandado 10 y no 12 series.

Solemos hacer predicciones con datos pasados de lo que sucederá en el futuro. Trazamos relatos y buscamos explicaciones con datos (sólo conocidos ahora) de lo que sucedió en el pasado, y sin tener en cuenta la incertidumbre de aquel momento. Olvidamos que el mundo es impredecible, que la suerte forma parte de la vida diaria y el éxito en muchas tareas forma parte a su vez de un binomio entre la habilidad (fruto del trabajo) y una dosis de fortuna extra.

Kahneman.

Éxito = Talento + suerte

Gran éxito = un poco más de talento + un cúmulo de suerte.

Estadísticamente, todos podríamos ser extraordinarios (al menos por un tiempo), pero también casi todos regresaremos a la media tarde o temprano.

Sobrevivir a las referencias.

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Los modelos clásicos de economía están basados en teorías normativas siguiendo la máxima de la elección racional.

Los psicólogos D. Kahneman y A. Tversky desafiaron en la década de los 70 aquellas teorías de la racionalidad perfecta (propia del homo economicus). A menudo, quienes toman decisiones no lo hacen con toda la información posible, ésta en ocasiones es muy limitada, e incluso aunque dispongan de una información suficiente los agentes actúan “irracionalmente” debido a sus limitaciones cognitivas.

En su libro, Kahneman toma el concepto de utilidad para estudiar cómo nos comportamos de una forma u otra en las decisiones de riesgo ante futuras pérdidas o ganancias. Como anticipó Bernoulli, la gente no valora el dinero en proporción a la cantidad del mismo; lo valora en proporción a la utilidad que puede obtener de él. Lo que Kahneman terminó llamando “El error de Bernoulli”, era la ausencia de un punto de referencia que, a su juicio, determina esa percepción de utilidad. Así que todo ello sugirió un cambio en la perspectiva de la toma de decisiones con riesgo y los siguientes estudios sobre la economía del comportamiento.


Casi cada elección de la vida diaria está sujeta a puntos de referencia que vienen determinados tanto por nuestra situación presente como por referencias pasadas. Por ello, una vela en una pequeña habitación en penumbra tiene una utilidad mucho mayor que una misma vela que proporcione la misma cantidad de luz en una habitación ya iluminada. Si hay alguien para quien crees que tendrían valor la teoría de las perspectivas y el concepto de marco de referencia es para aquel camarero al que le pediste un café con “la leche del tiempo” (del tiempo de aquí en Otoño) y te lo sirvió frío como una expedición de Amundsen. Del mismo modo si, osadamente, insistías en que te calentara aquello un poco, aquel magma volcánico te podía destruir las papilas gustativas.

Preferencias dependientes de las referencias.

“Puntos de referencia y tiempos de maratón. Una (in)satisfacción (dis)continua”. Pedro Rey Biel. 

En el artículo de Pedro Rey, que lo explica todo mejor que yo, se hace una referencia a un estudio sobre casi 10 millones de finishers en maratones populares desde los años 70. Los resultados muestran una concentración de resultados en los marcos de referencia establecidos ya en la memoria colectiva del mundillo en “números redondos”. Una clara incidencia en las 3, 4 y 5hrs sobre las 3:30 4:30 y 5:30hrs; y cómo curiosamente muchos corredores aflojan más el ritmo en los kms finales cuando no han conseguido ese objetivo de marca de referencia. Como si al espacio de tiempo contenido entre las 2:59 y 3:00hrs le diésemos mayor utilidad que entre las 3:05 y 3:06 hrs, siendo el mismo.

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Reference-Dependent Preferences: Evidence from Marathon Runners

 

Aún recuerdo mi primer maratón. No recuerdo bien los entrenamientos previos, pero seguro me parecían durísimos y larguísimos (siempre me lo parecen) y eso que no cumplía siempre como lo hacía mi compañero Fabuel, al que tantos quebraderos de cabeza di y con el que tantas discusiones inventé quizá para contrarrestar la monotonía de tantos años y miles de kms juntos.

Llegué a esa línea de salida sin ningún marco de referencia, no llevaba GPS para entrenar (todavía hoy me resisto a llevarlo…), no había leído los imprescindibles libros de automotivación que hay leerse ahora para llegar a ser maratoniano (…), ni hice todo el sinfín de rituales y parafernalia en que se ha convertido esto de gastar zapatilla. Llegué y corrí junto a mi amigo durante los 42 kms sin despegarme de él. Por no tener referencias, no sabía muy bien ni dónde estaba el muro (cosa que agradecí). Así que, aun con las piernas como robles desde el km 22, esprintamos en la recta del Estadio Olímpico de Sevilla (yo casi sin saber el porqué ni de aquel sprint, ni casi de aquella aventura). Llegamos después de 03:05:00 y nunca pensé que fuera un “fracaso” haber llegado 5´ después de lo que era una marca de referencia para todo el mundo, ni creí haberme quedado a las puertas de la “gloria” atlética. Llegué destruido. Destruido es una palabra que me acompaña siempre. Así que, sin ganas de volver a ponerme unas zapatillas, ¡qué me importaban 5 minutos!

Al año siguiente repetí experiencia. Mejor preparado, con el “infalible” Test de Gavela hecho (…), y con la cabeza centrifugando ingentes marcos de referencia. ¡Sub 3hrs! Llegué en 03:03:00 igualmente destruido, sin ganas de volver a calzarme las zapatillas y después de haber pasado un mal día. Solo, aterido de frío, y con problemas musculares. Ese resultado, pese al mayor entrenamiento y más experiencia, fue conseguido en un día muy difícil de frío, viento y lluvia, y me debería haber dejado un mejor sabor de boca de haberlo pensado racionalmente. La utilidad personal de esa marca en un día como ése, debiera ser mayor que la del año anterior, pero el resultado fue tan desastroso para mí, obsesionado con el marco de referencia de mi marca del año anterior, la referencia de Media Maratón test hacía unas semanas, y la de mi cabeza conspirando durante meses una marca acorde a mis mejores sueños, que no volví a correr un maratón hasta varios años después.

Por fin hice una tercera intentona: Con un marco de referencia apropiado y centrado en mí y en mis gustos (incluso en los entrenamientos), pero raro para el resto del mundillo maratoniano, lleno de pautas preestablecidas e infinitas manías. En la carrera fijé un ritmo por km, también en números redondos pero fijando un crono global alejado de “marcas objetivo” más próximas y también habituales de 2:45 ó 2:30. Paso por 1/2 maratón en 1:17 y a intentar acabar lo menos alejado posible del 2:36, con la táctica de la recogida de cadáveres de lo que yo llamaba “los optimistas de la primera media”. Resultado: 2:40, en una carrera creo que de todas formas bien gestionada a pesar de la falta de kilómetros y de una pequeña lesión los días previos que me dejó sin tono competitivo y que seguramente fuera lo que terminó por derribar mis “ilusiones maratonianas”, pero con sensación muy agria por perder puestos y minutos importantes los últimos 5 ó 6kms, y por verme entre aquellos optimistas de la primera media ¡Malditas referencias!

Siempre me parecieron raros los marcos de referencia en atletismo. Si bien son más fáciles (y vendibles), es raro que el marco de referencia por excelencia sea bajar de las 3 horas, cuando realmente se hace extraño perseguir una marca futura con un ritmo de 4:16´/km. La lógica y el atractivo de los números redondos deshace la lógica de ritmos de entrenamiento del corredor habitual, que se mueve más en términos de 4:30´/km, y para el que ese ritmo equivaldría a una marca muy rara de 3:09:53.

Hace muchos años que correr se ha convertido en un producto de marketing, y ésa es una marca difícilmente vendible a los amigos de facebook a los que fríes (freímos) a entrenamientos, series, imperdibles, selfies y vaselinas. Otra marca de referencia que para mí sí es relevante es correr sub 4´/km en maratón, pero la magia (otra vez) de los números hace que el 02:48:47 equivalente sea poco vendible y pase un poco desapercibida.

 

 


Para saber más:

La utilidad como índice de estado final o de cambio en relación a un punto de referencia. Leonardo Ivarola

Sesgos cognitivos en la toma de decisiones. Nuria Cortada de Koban

Puntos de referencia y tiempos de maratón. Una (in)satisfacción (dis)continua. Pedro Rey Biel.

Reference-Dependent Preferences: Evidence from Marathon Runners

Pensar rápido, pensar despacio. Daniel Kahneman.

El contagio de Pigmalión.

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Jean-Leon Gerome, Pigmalión y Galatea

«Cuenta le leyenda que al rey Pigmalión de Chipre no le gustaban las mujeres, y vivió en soledad durante mucho tiempo. Cansado, empezó a esculpir una estatua de mujer con rasgos perfectos y hermosos. Así, realizó la estatua de una joven, a la que llamó Galatea, tan perfecta y tan hermosa que se enamoró de ella perdidamente. El rey se sentía atraído por su propia obra y no podía dejar de pensar en su amada de marfil, tanto que soñó que la estatua cobraba vida. 

Después de mucho tiempo, el artista besó a Galatea. Pigmalión ya no sintió los helados labios de marfil, sino que sintió una suave y cálida piel en sus labios. Volvió a besarla, y la estatua cobró vida, enamorándose perdidamente de su creador…»


 

El rey, obsesionado con su propia escultura, hizo realidad sus anhelos dando nombre al Efecto Pigmalión, consiguiendo así lo que se proponía previamente a causa de una firme creencia en conseguirlo.

Cualquiera que haya disputado una prueba con una suficiente exigencia física desafiando de verdad sus propios límites, sabrá de la importancia de prepararse para el dolor, y de anticipar y mejorar sus propias estrategias para afrontarlo. La forma de manejar y reconducir esas ideas y pensamientos negativos que llegan a la cabeza cuando llevas el cuerpo al límite, no es sino un intento para que la cabeza no te arruine una buena preparación. Algunos privilegiados también habrán conocido esa extraña sensación de sufrir lo indecible pero gustosamente, con tu cuerpo fluyendo a través del dolor. Del mismo modo, administrar ese dolor cuando sabes que tu meta inicial se ha esfumado se hace a veces imposible; es por esto que no dejamos de “autoengañarnos” a nosotros mismos una y otra vez con las mismas recompensas. Sin objetivo aparece una mayor sensibilidad al dolor, y con él el sufrimiento. Con el sufrimiento disminuye el esfuerzo y, de repente, estás K.O.

A veces  también pasa que hay un exceso de confianza en El Efecto Pigmalión o marketing de los azucarillos. Un contagio generalizado sobre lo que puedes hacer si “crees” en ello. Envueltos en pegatinas de frases de Coelho, publicidad de marca blanca y mensajes motivacionales de los vendedores humo de humo de turno subidos al carro del coaching, el entrenamiento personal y cualquier otra bendita profesión que puedan denostar; pasamos por alto a los clásicos como Mark Allen, que defendía aquello de que “damos demasiada importancia a eso de sentirse bien”.

En el mundo cotidiano que todos vivimos cada día, la mayor expresión del poder  de las expectativas y del significado de profecía autocumplida nos los concede la economía -donde todo se basa en la confianza y en las expectativas futura-. La noticias de insolvencia de un banco -infundadas o no- se convierten a menudo en la retirada masiva de fondos por parte de los depositantes y hacen que, efectivamente, se cumpla las expectativas. El poder del Efecto Pigmalión también se apoderó del ámbito educativo en los famosos experimentos de Rosenthal.

Pero la realidad es tozuda. Muchas veces (mas que nos pese) contraria a nuestros deseos. Las machaconas frases del “si quiere puedes”, “todo está en la mente” o “nada es imposible si de verdad crees en ello” chocan en demasiadas ocasiones con la realidad y el sentido común que algunos se empeñan en confundir con pesimismo. Las Galateas conducen a generar unas expectativas por siempre insatisfechas y a un sentimiento de frustración permanente.

Atletas populares que llevan media vida sin sentirse contentos tras una carrera a la que, por otra parte, nadie obliga a participar; o que todavía creen que después de 20 años alcanzarán aquella marca que nunca antes consiguieron (y ni tan siquiera se acercaron); aquellos deportistas con un más que desproporcionado porcentaje de abandonos, por mil y una causas.

Todo se puede, sí. Pero sólo si estás preparado para ello.

Lo difícil motiva, pero lo imposible frustra, y hay una línea muy fina entre ambas. También difícil, pero necesario, es a veces dar un paso hacia un lado para intentar no engañarme a mí mismo (y a los demás) con Galateas.

 

 

 

El mito de Pigmalión y Galatea. Aquí

SUFRIMIENTO COMPETITIVO Y RENDIMIENTO EN DEPORTES DE RESISTENCIA. Javier Bueno, Lluís Capdevila y Jordi Fernández-Castro.

Deporte de acicates.

“El Consistorio solicita ayuda para incorporar un plan saludable”, una noticia como otra cualquiera (aquí) que me animé a leer debido a la crítica constructiva del buen amigo David Cerro. El resumen es que sonaba algo difuso y rocambolesco. Tampoco tenían mucha información disponible en “La red española de ciudades saludables” , salvo talleres y jornadas informativas, los cuales no me parecieron unos acicates demasiado apetecibles.

Días atrás apareció otra noticia positiva. Y es que España es referente y  líder mundial en trasplantes por 24º año consecutivo, en unas estadísticas que elabora una agencia también española, la ONT  (Organización Nacional de Trasplantes)La noticia, de tan buena imagen que da de nosotros mismos, fue muy compartida en redes sociales. Aunque el modelo español es reconocido en todo el mundo, ese sentimiento de altruismo patriótico y anónimo (la normativa en España creo obliga al anonimato en donaciones y trasplantes) tiene ciertos matices.

Retrocediendo todavía más, hace unas semanas pude ver un documental sobre el pensamiento humano y cómo no sólo las preferencias, sino también las circunstancias que nos rodean, son las que nos hacen tomar decisiones en uno u otro sentido, o cómo nuestro cerebro tiene mecanismos para justificar nuestras acciones o pensamientos. Se titula (Des)honestidad o (Des)honestos según dónde lo encontréis. En el último momento hacía una pequeña referencia a un concepto (en realidad es un campo dentro de la economía) del que ya había leído algo anteriormente: “Behavioral economics” o Economía Conductual.

Para entender por qué España y otros países parecen más predispuestos constantemente a este altruismo hay que entender lo que algunos han llamado  “reglas subsidiarias” u “opciones por defecto” (default rules). Éstas, presumen un consentimiento implícito del firmante, y establecen lo que pasará si no se hace nada al respecto. Existen infinidad de pequeñas “opciones por defecto” que manejan nuestras vidas, como el tipo de letra por defecto en nuestros ordenadores, la melodía predeterminada en el teléfono, o ese maldito sonido de alarma que te despierta (por defecto) todas las mañanas.

*Si interesa, aquí una referencia de Manuel Conthe.

Estas normas subsidiarias influyen mucho en nuestro comportamiento, en parte porque “las vemos como una recomendación implícita y porque se requiere menos esfuerzo mental seguirlas que apartarse de ellas”. Y es por ello que muchos países optan por reforzar y redirigir ciertas conductas que creen positivas, aprovechando nuestros sesgos cognitivos, los atajos de decisión (heurísticas), la escasa información disponible de la que la mayoría de las veces disponemos y los contextos e influencias de decisión.

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Así, aunque en encuestas previas en casi todas las poblaciones de distintos países existe un porcentaje mayoritario (y parecido) a favor de la donación de órganos, en la práctica hay una correlación entre las cláusulas (Opt-in) (Opt out), entre los países que de forma predeterminada presumen a todos como donantes como España (salvo que se exprese lo contrario), o los países que de forma contraria, otorgan a sus habitantes la potestad de expresar un consentimiento explícito. Alemania y Austria, países cercanos y de culturas parecidas tienen porcentajes muy distintos en cuanto a donación de órganos, al menos en parte por estas reglas por defecto. Así que quizá no sólo es que seamos todo lo altruistas que pensamos que somos, sino que alguien trabaja duro para reconducir nuestras preferencias. 🙂
Algunos gobiernos llevan años poniendo en práctica políticas públicas con herramientas basadas en Ciencias del Comportamiento.

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Está demostrado que, mediante la arquitectura de elección, con la colocación de los alimentos más saludables en sitios más accesibles y a la vista en los comedores de los colegios y empresas, aumenta el consumo de productos saludables. Existen evidencias de que la personalización y los mensajes con información conductual pueden reducir sensiblemente la brecha del comportamiento de los ciudadanos, entre lo que tienen intención de hacer y lo que realmente hacen finalmente, como la inscripción de alumnos en Universidades (imagen), el pago de impuestos y de multas atrasadas, mejorar tasas de vacunación, etc…

Usando como acicate sólo la diversión, hacer que unas escaleras convencionales se conviertan en divertidas incrementa su uso. Así de sencillo y maravilloso.

 

Quizá en cuestiones de salud y actividad física falten más acicates, y no sólo se trate de información disponible y talleres: Padres que aceptan de forma implícita apuntar a sus hijos a alguna actividad física extraescolar al rellenar el ingreso en el colegio, inscripciones automáticas en gimnasios para los empleados, (con contratos de compromiso); otorgar ayudas reales y la obtención de más créditos al compaginar una carrera y deporte universitario (no comentaré aquí la anécdota de un deportista profesional con este tema); vincular competiciones nacionales al ámbito universitario; fomentar no sólo la inscripción de los hijos a a un club deportivo, sino las ayudas para que toda la familia forme parte de él… Inscripciones automáticas en comedores escolares a alumnos de familias desfavorecidas (disminuyendo así las barreras que suponen para algunas familias pedir ayudas sociales); acicates que sirvan para incluir el deporte y la salud en el sistema educativo, formando parte de él y no como un “servicio externo”, como también en el sistema profesional y en el día a día de todos los ciudadanos.

Ejemplos y acicates hay muchos. Los hay económicos, como pagar a tus empleados por ir en bici al trabajo; o haciendo de una actividad algo divertido (milla diaria), o incidiendo en los vínculos de pertenencia a un grupo, etc. El tema es muy interesante, la literatura muy extensa, y discusiones hay también muchas sobre cómo reconducir las acciones de los ciudadanos, o hasta qué punto se puede alterar la “libertad” de los mismos.  Pero es evidente que detrás de muchas de nuestras decisiones a veces está el trabajo de otras personas.

Salud! 🙂

Entrenamiento o el caos.

El aleteo de una mariposa podría provocar una tempestad al otro lado del mundo.


Fue un tema de conversación en una tarde cualquiera de verano, y a razón de no se sabe qué. Es la parte más famosa de la Teoría del caos, y trata de decir que, en sistemas complejos o dinámicos, pequeños cambios en las condiciones iniciales pueden originar grandes e impredecibles resultados.

Por esas casualidades que tiene la vida; y del mismo modo que no dejas de ver gente con muletas por la calle cuando te escayolan, esa misma noche me topé con un vídeo genial, y que explica muy bien la teoría del caos. Es un extracto de una película que recomiendo sin dudar a cualquiera.

 

 

Cuando practicaba triatlón  (hace ya una triste eternidad), una de las cosas que más quebraderos de cabeza me traía era el famoso “tapering” o afinamiento para una competición.

Para deportistas amateurs, que hacen 10, 15, hasta 20hrs de entrenamiento semanal, lo difícil (al principio) es no progresar. El triatlón es un deporte muy agradecido, en el que la variación de las tres disciplinas y, asimismo, la variedad de entrenamientos dentro de cada uno de los tres deportes, hace que la preparación sea muy amena y a la vez productiva, por eso tiene ese nivel de fidelización y fervor entre los que lo practican. Las endorfinas y el progreso visible hace que sea un hooby que enganche mucho.

Siempre pensé que, si tienes el suficiente tiempo y no haces burradas, era fácil progresar en este deporte. Pero al mismo tiempo era muy difícil* llegar a un momento determinado en el punto de forma que tú considerabas óptimo. La realidad es que nunca se está todo lo bien y se entrena todo lo que se quiere, más bien al contrario. Pero ése es otro cantar.

(*Difícil para un mendrugo sin entrenador, con conocimientos básicos. Con un volumen de entrenamiento aceptable, pero poco orden).

 

Con la suficiente imaginación, y salvando lo estrictamente teórico, podemos extrapolar a otros ámbitos y decir que el entrenamiento y la preparación tienen algo de esos sistemas complejos y dinámicos de la teoría del caos. Si conjugar tres disciplinas, el descanso, la alimentación (la cuarta disciplina), tus quehaceres diarios, trabajo, familia, amigos, estar dispuesto para la guerra con tu pareja a diario, y no dormirte por las esquinas (y hacer todo esto durante meses) no es complejo y dinámico nada lo es.

Pero el entendimiento humano es poco dado a recordar lo que has hecho durante tanto tiempo. Llegan los últimos diez días. La última semana. Tu cuerpo es ahora casi una máquina de matar, podrías estar cazando pokémons de esos durante una semana sin apenas descanso a base de barritas e isotónicos. Pero indefectiblemente, en tu mente todo se reduce a lo que hagas esos últimos días: Reducir volumen en proporción a lo que estás entrenando. Mantener algo de intensidad en los tres segmentos, cuidando de no sobrecargar en exceso pero tampoco de perder chispa y tono muscular. Reducir la comida, pero a la vez empezar a hacer una carga de hdc. ¿Cúando? ¿Cómo? ¿ Cuánto? Cuando lees a quien sí sabe de esto, te das cuenta de que es un arte. El maldito arte de encajar bolillos mientras estás haciendo dobles mortales hacia atrás, tres veces al día, siete veces a la semana.

Reducir la carga, sobre todo si estás entrenando lo suficiente, hace que tu cuerpo reaccione de una manera extraña. Pareciera que está supercompensando, pero tú dirías que se te está rebelando… Las sensaciones son indescriptiblemente malas y el mayor descanso y las endorfinas necesitadas de su dosis diaria hace que surjan a veces ciertos dolores o molestias que se acrecientan con las dudas. Has entrenado como una mula durante meses, para tener ahora las piernas como chistorras (malditas mega-cargas de hdc dignas de salir en Megaconstrucciones).

Así que, ante este cóctel de dudas (las mismas dudas de siempre), nuestra naturaleza cortoplacista, y por una extraña sensación de tranquilidad que nos proporciona repetir los pasos que dimos la última vez que llegamos con éxito a nuestro destino, adquirimos vicios y manías propias de internamiento psiquiátrico.

Los animales también tienen mecanismos “defensivos”, aunque en situaciones menos complejas. Pocas veces verás a algún animal volver a comer nunca algo que les haya sentado mal, o que justamente hayan probado cuando se encontraban mal. Algunos de nosotros también solemos sentir rechazo para siempre hacia algún sabor u olor que hayamos probado durante alguna dolencia.

Pero en la vida real, repleta de situaciones complejas, las causas únicas e inequívocas no existen. Así como las causas de una buena o mala carrera no lo son no haber podido terminar tu entrenamiento a pie fetiche o de confianza. Esa confianza que llevas trabajando meses y que ahora, como siempre en los días previos, se resiente; haber hecho bici el jueves y no el miércoles; haber descansado el viernes y no el sábado; o haber hecho una carga de hdc un día después de lo habitual. Solemos atribuir rápidamente los fracasos (yo lo he hecho) a causas y hechos puntuales. Cuando la realidad es que hay una multitud de factores que pueden desencadenar cambios (o no). Y es la conjugación de todos ellos, los que pueden provocar que salgan bien o mal las cosas.

En esa búsqueda de la inmediatez y la explicación sencilla de una situación compleja se da la tan famosa “correlación no implica causalidad” como contestación a aquello de que cuando dos hechos se suceden de manera consecutiva tendemos a creer que uno es causa de otro. “Si A es seguido por B, A es la causa de B”.

Por supuesto que, si uno se cena un cocido maragato y dos botellas de vino la víspera de una carrera importante, probablemente al amanecer quede inutilizado, no sólo para la práctica deportiva, sino para la vida en sociedad durante los próximos tres días. Pero un cocido maragato lo inutilizaría casi todo, hasta las teorías del caos.

En esta página se recopilan correlaciones simpáticas y muy frikis, algunas empiezan a tener bastante fama, como la que existe entre el cantidad de películas de Nicolas Cage y el número de ahogamientos en piscina.

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Con el tiempo dejé el triatlón, las mega-cargas de hidratos, y los tappers esquizofrénicos. Y por varias causas. Ahora en el atletismo es algo más fácil todo esto al haber menos factores en juego, pero esa misma circunstancia hace que el tiro deba ser más preciso y por tanto más difícil de atinar. He hecho de todo, mal, muy mal, regular o intentándolo hacer bien, a propósito con el simple ánimo de experimentar, por dejadez o por las propias circunstancias, y casi siempre me fue aceptablemente bien. Es verdad que mi nivel de exigencia es relativamente bajo, y para llegar a ciertas destinos hay que ser muy metódicos, pero al menos me ahorro estar aferrado a ciertas manías o vicios.

Eso y que, últimamente, entre el entrenamiento o el caos, siempre elijo el caos.