Huir de la inundación.

 

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Viendo una zorra unos hermosos racimos de uvas ya maduras,
deseosa de comerlos, busca medio para alcanzarlos,
pero no siéndole posible de ningún modo,
y viendo frustrado su deseo, dijo para consolarse:
Estas uvas no están maduras.

 

En los años 50 existió una maravillosa secta apocalíptica liderada por una tal Dorothy Martin. Dorothy era una tranquila ama de casa que empezó a sentir cosquilleos en un brazo; pronto esos cosquilleos dieron lugar a algo más: la escritura automática mediante mensajes telepáticos de extraterrestres del planeta Clarion. En esos mensajes le anunciaron la destrucción del mundo en un diluvio del copón que tendría lugar en la madrugada del 21 de diciembre de 1954 y que, tanto ella como sus seguidores, serían puestos a salvo y transportados en platillos volantes fuera de nuestro planeta. Así que empezó repartiendo unos carteles en el pueblo anunciando la masacre.

 Profecía del planeta Clarion llamando a la ciudad: huyan de la inundación.

«Por supuesto, nada de lo profetizado tuvo lugar. Dorothy reunió a sus fieles en una casa a esperar el inminente fin del mundo, pero ese 21 de diciembre el mundo amaneció y anocheció como siempre. Así, después de esperar toda la noche, a las 4:45 a.m. los extraterrestres enviaron otro mensaje: El cataclismo había sido cancelado. El pequeño grupo, sentado toda la noche, había difundido tanta fe y esperanza que había salvado al mundo de su destrucción».

Desencantadas por el incumplimiento de la profecía, algunas personas abandonaron su compromiso con la secta. Pero este mismo incumplimiento reforzó más si cabe las creencias de la mayoría, que comenzaron una labor de proselitismo intensa como nunca hasta entonces.

Si se puede persuadir a cada vez más personas de que el sistema de creencias es correcto, entonces, y de forma clara, el sistema debe ser correcto, después de todo.

Para Leo Festinger, uno de los psicólogos que se adentraron en la secta a fin de estudiarla, «donde cabría esperar desengaño, desilusión y abandono hay un renovado compromiso militante, sustanciado en el proselitismo y la cohesión grupal». Más tarde argumentó la teoría de la disonancia cognitiva como una “tensión interna de ideas, creencias y emociones que percibe una persona que tiene dos pensamientos en conflicto, o por un comportamiento incompatible con sus creencias”. Así la persona se ve motivada para constituir una cierta coherencia interna entre la realidad y sus creencias; a menudo con un cambio de ideas que expliquen de algún modo una realidad inmutable.

Supongamos que un individuo cree en algo de todo corazón; supongamos a continuación que está comprometido con su creencia, que ha llevado a cabo, en consecuencia, acciones irrevocables; finalmente, supóngase que se le presenta la evidencia, la evidencia inequívoca e innegable de que su creencia es errónea: ¿qué ocurrirá? El individuo emergerá, frecuentemente, no solamente impertérrito, sino incluso más convencido de la verdad de sus creencias que nunca anteriormente.

El nacionalismo es una suerte de religión civil de la que participan una multitud de creyentes. Para ser creyente debes tener apoyo social, pertenecer a un grupo de personas que se apoyan mutuamente en sus creencias. Y con el independentismo, un sentimiento nacionalista exacerbado, a muchos les ha pasado lo que a los seguidores de la buena de Dorohty. La República catalana también esperaba su platillo volante. Pero, pasó la noche y amaneció como de costumbre, tranquilo y soleado. El que tenía que ser el primer día de de una nueva era, fue tan sólo un día más. Los incumplimientos de sus más ilusionantes profecías, y la posterior racionalización de las causas externas que impiden ésta repetidamente, llevan a muchos a unas dosis de solidaridad, cohesión y proselitismo como nunca antes.

Para cerrar esa brecha profunda entre tus creencias y la realidad, entre el realismo mágico y la testarudez de los hechos, a veces es inevitable cerrar los ojos ante la realidad o encontrar “explicaciones ingeniosas” a ésta; pensar que otro platillo volante vendrá, o que, como en la fábula de Esopo, esas uvas todavía no estaban lo suficientemente maduras para comerlas.

Mientras los mitos sigan inundando la humanidad, las creencias nos lo darán (y quitarán) todo.

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El arte de hacer y no hacer.

Hacía mucho que no ojeaba los datos de entrenamiento de un profesional. Los del triatleta Lionel Sanders en su preparación para el IM de Hawaii se han viralizado porque, al parecer, hace pocas horas comparadas con el resto de profesionales -e incluso comparadas con muchos deportistas recreacionales-.

Los deportistas populares siguen (seguimos) buscando la correlación mágica entre las horas de entrenamiento y el rendimiento competitivo. A un mayor número de horas se le supone mayor rendimiento. Así lo intuimos al ver los entrenamientos de los profesionales. Horas, horas, horas y kilómetros.

Un problema de esto es la tendencia a fijarse demasiado en el volumen, obviando la intensidad como factor relevante en la búsqueda del rendimiento competitivo. El segundo, suponer que una mayor cantidad de entrenamiento siempre conduce a un mayor nivel de rendimiento. Al contrario, siempre habrá algún punto en el que el entrenamiento adicional no conllevará un aumento adicional del rendimiento, es decir, se estabilizará, o incluso decaerá. Ese punto de equilibrio del rendimiento es, por más que nos pese a los mortales, distinto en cada uno.

Sólo hay que sentarse a ver un telediario informativo (es un decir) para saber que cualquier estadística ha de cogerse con cuidado por representar sólo una parte de la historia, con la que a veces se extrapolan conclusiones erróneas. Si tomamos una serie de números como «1, 2, 3, 4 y 40», la media resultante será 10, pero eso no ayuda a nadie a saber nada de de la composición real de la serie. El problema con las medias o promedios es que son muy sensibles a los valores extremos.

“La estadística es una ciencia que demuestra que si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, los dos tenemos uno”.

Bernard Shaw.

Los valores extremos hacen difícil representar fielmente la media de la muestra; y los números de su blog parecen pobres si fijas la atención en la relación de horas de entrenamiento. El problema es que, como casi todos hacemos, para hacer la media de horas y metros en sus sesiones de entrenamiento utiliza también los ceros. Los días no entrenados hacen que la media no refleje fielmente la realidad de los entrenamientos. En la natación, por ejemplo, si utilizásemos la moda de todos los entrenamientos (el valor más repetido), encontraríamos seguramente un valor de 3.500 o cercano a los 4.000 mtrs por sesión, en lugar de sus 2.764 mtrs de media diaria (incluidos los días donde no nadó).

Cualquiera que vea unos pobres 54´ de entrenamiento ciclista diario, pensará en Sanders como un repartidor de periódicos o un chico que entrena distancia Ironman dando clases de spinning por las mañanas, y no como alguien que ha batido el récord de un circuito como Hawaii (aunque Cameron Wurf lo acabaría dejando ese mismo día en 4:12:54).

Es llamativo que sólo muestre las horas -obviando los kms- en ciclismo. El típico globero como yo que se fija en los números, hará una extrapolación mental casi instantánea de los kilómetros de Sanders partiendo de las horas, siempre anclándose en su propia experiencia y velocidad crucero, y corrigiendo por lo alto sus estimaciones por ser Sanders un profesional (cuando estás anclado nunca corriges lo suficiente). Pero creo que pocos saben lo duro y lo rápido que entrenan los profesionales; y sobre todo qué cotas de dolor hay que rebasar para conseguir 303 Watts medios durante algo más de 4 horas y bajarte a correr un maratón sin ser ya carroña para los buitres. Evidentemente, el camino para hacer 4:13:45 hrs (313 W potencia normalizada y 4,13 W/kg) no parece ser el de esos 54´ diarios de bicicleta.

Aquí datos de potencia y estrategia en carrera de Sanders.

En su última gráfica menciona el “CTL” (Chronic Training Load), términos poco familiares para mí, más para los que entrenen con Trainning Peaks, que es un promedio de la carga de entrenamiento diario, y representa la cantidad de estrés provocado que hayas sido capaz de asimilar en un largo período.  ¿Cuánta carga de entrenamiento es capaz de sostener un deportista? Como dice Joe Friel: La vida no es justa. “Algunas personas pueden soportar fácilmente un CTL muy alto, como por ejemplo un promedio de 150 TSS/día. Otros terminarían rápidamente sobreentrenados al intentar hacer eso”.

Con todo, eL CTL de Sanders creció durante los tres meses previos a Hawaii hasta un valor de «182» en el comienzo del taper. Algo que sólo él y puñado de privilegiados en esta vida podrán soportar, y que habla de una realidad distinta de la imagen que pudiera evocar ese triatleta de spinning. La cuestión no es si un profesional entrena mucho o poco, fijarnos en las horas de entrenamiento puede dar lugar a ver sólo una pequeña parte de la realidad. Cualquiera que haya podido ver o entrenar junto a algún deportista profesional, semi-profesional (o aquellos que intentan serlo), sabrá el nivel de estrés al que son capaces de someter su cuerpo casi diariamente. Ésa es la diferencia y no sólo las horas, que también.


Hace unos años se popularizó la Teoría de las 10.000 horas, por la cual “si quieres convertirte en virtuoso de una determinada materia, necesitarás al menos 10.000 horas de práctica“. Pero, la práctica y el entrenamiento, aunque puedan llegar a tener un impacto determinante para lograr ser muy bueno en algo, sólo explicaría (de media) un porcentaje relativo de nuestro rendimiento en una tarea.

Este Meta-análisis  pretendía probar la correlación entre el número de horas de práctica y el rendimiento en múltiples disciplinas. En general, la practica intensiva explicaba el 12% de media de rendimiento en cualquier tarea. En ámbitos específicos, como juegos o deportes, la práctica explicaba el 24% (en aquellos calificados de “estables” o “predecibles”); sin embargo, en tareas no tan predecibles, la cifra bajaba al 4%.

Todos asumimos que “en la mayoría de áreas de la vida, poner más esfuerzo significa obtener un mejor resultado”. Daniel P. Egan, un gestor de Finanzas e Inversiones, lo menciona así: “Mientras más duro y de forma más consistente haces ejercicio, más en forma te encuentras. Cuantas más horas pones en estudiar, mejores serán tus calificaciones. Pero también hay algunas áreas muy inusuales donde se mantiene la regla opuesta. Aldous Huxley llamó a esto «La ley del esfuerzo invertido»: cuanto más te esfuerzas, peor lo haces…  Para Egan, la inversión financiera es un área semejante a “las arenas movedizas, donde el éxito se consigue mediante suaves y lentos movimientos”, y moverse mucho hace que te hundas cada vez más en el fango.
La inversión pasiva viene a intentar demostrar que las rentabilidades de rendimientos del inversor medio son (en promedio) menores que los de aquellos que optan por invertir en una cartera -inteligente y suficientemente diversificada- y la “dejan hacer”.
Hace 10 años, el llamado oráculo de Omaha Warren Buffet quiso demostrar cómo la mayoría de inversores simplemente deberían dejar de jugar a ser profesionales y dejar sus acciones donde están, -y de paso imagino que zarandear la excesiva reputación de tanto experto financiero millonario- y apostó 1 millón de dólares a que, después de ese tiempo, una cartera suya pasiva batiría los la rentabilidad de los rendimientos de una cartera cualquiera de un gestor de fondos de inversión profesional. Ganó.

Por supuesto esto no es una oda a la pereza. Pensar que la excelencia se logra con 54´al día es una ilusión como otra cualquiera. Para Daniel Egan saber qué áreas son diferentes, identificar cuáles requieren un esfuerzo consciente y constante, y cuáles son arenas movedizas donde hay que moverse suavemente o simplemente “dejar hacer” para sacar provecho de ellas (en lugar de luchar contra ellas), es una de las cosas más inteligentes y difíciles de hacer.
Para L. Sanders, cuanto más duro sea el entrenamiento, más firme debe ser también la recuperación. Forzando las analogías, puede que haya leído a D. Egan y no quiera convertir su entrenamiento en arenas movedizas.

Hay una ley de esfuerzo invertido. Cuanto más duro intentemos de forma consciente hacer algo, menos éxito tendremos. La capacidad y sus resultados les vienen solo a quienes han aprendido el arte paradójico de hacer y no hacer, a combinar la relajación con la actividad. No podemos hacernos entender; lo máximo que podemos hacer es fomentar un estado mental en el que la comprensión llegue a nosotros.

Aldous Huxley

El valor de las cosas.

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“El hombre busca la riqueza no por necesidades naturales, sino por el deseo de emularse con otras personas para conseguir la atención y aprobación de la sociedad mediante la adquisición de bienes que resultan innecesarios…”.
Adam Smith

Uno de los principios teóricos más importantes y estudiados en economía es el de la escasez, y cómo se determina el valor de las cosas. Las teorías clásicas argumentaron (I, II, III) desde que el valor es una propiedad intrínseca de los objetos, a que el valor de un objeto es el esfuerzo que los trabajadores ponen en su producción, etc. “Hoy en día, los economistas generalmente creen que el valor no es algo intrínseco, sino que depende, en última instancia, de nuestras necesidades, que son culturales y subjetivas”.

El término de escasez lo aprendimos pronto los que coleccionábamos cromos en el colegio, cuando al final de curso todos buscábamos el del reciente (y desconocido) fichaje del Hércules, o de aquel eterno portero suplente del Osasuna a punto de retirarse. Podías tener diez veces el cromo de Iván Rocha, pero el más valioso era el más raro; el que nos faltaba a casi todos para completar el álbum y no el del jugador más popular. 

En cambio, la antítesis de la escasez en nuestros juegos y pasatiempos serían hoy día los Campeonatos de España en el deporte aficionado (atletismo, triatlón, etc…) en sus distintos grupos de edad, diferentes modalidades y distancias a la carta, que hacen que el significado del término Campeón haya quedado prostituido hasta perder cualquier valor.


 

En 2007, un tal David Babusiak aficionado de los White Sox, estaba viendo a su equipo cuando la mascota local empezó el típico ritual de lanzamiento de camisetas a la grada. No son particularmente bonitas ni de buena calidad y están decoradas con el logotipo de cien patrocinadores. En general, no serían una compra deseable por la mayoría de aficionados que, literalmente, y después de pagar una entrada de 300$, más otro buen puñado de dólares en sombreros de nachos, perritos calientes, cervezas y demás (todo tamaño XXL americano) se pegan por hacerse con una en los descansos. Sólo porque es gratis y escasa. Babusiak fue empujado y pisoteado al intentar saltar a por una de aquellas camisetas, sufrió una lesión permanente en la espalda y puso una demanda civil contra el equipo: “Tienes que luchar mucho por una de ellas, y cuando la tienes te sientes afortunado, como si la hubieras ganado. Es casi como un trofeo“.

Pagar duele, y el precio cero elimina el dolor de la transacción. La ocasión de obtener algo sin ningún tipo de contrapartida (un buen trato) es un auténtico imán irresistible, quizá no para un Econ racional pero sí para un ser humano normal; y la valoración de la calidad del producto -ignorando las consecuencias, molestias o costes ocultos que puedan ocasionar elegir un producto gratuito que no necesitamos- dejan de importar tanto como el hecho de haber hecho un buen negocio.

 

Hoy en día no a todo el mundo le gustan las piñas, aunque hubo una época en la que eran sinónimo de riqueza. Son dulces -pero ácidas- y es un fastidio tener que pelar esa corteza tan dura. Necesitas la combinación perfecta de la fuerza de un leñador y la precisión de un cirujano para no destrozarla y dejar la cocina como si Ragnar Lodbrok hubiera pasado allí la mañana decapitando enemigos. 

Cristóbal Colón intentó traerlas a Europa -eso que llamaban “civilización”- poco habituada entonces a los sabores dulces, pero eran difíciles de transportar en buenas condiciones y más difíciles (y caras) de cultivar, por lo que era un bien muy escaso y alimento fetiche de la realeza. Había quien alquilaba piñas solo para mostrarla en sus banquetes y dar así mayor sensación de opulencia. Todavía hoy, se pueden ver muchos edificios y monumentos antiguos en Londres decorados con piñas. La piña del siglo XXI es casi la misma de siempre, pero nuestra actitud hacia ella no: “Nuestra percepción de su valor se han reducido por su precio. Parece poco probable que hoy saboreemos nuestra ensalada de frutas con la misma intensidad que lo hacía Catalina la Grande“. 

Otros bienes de consumo corrieron la suerte contraria, como la langosta. Para los primeros colonos europeos eran tan abundantes en las costas de Canadá y Nueva Inglaterra que se acumulaban en las playas por montones. Por ser tantas, eran indeseables. Los colonos les daban a sus cerdos, vacas y gatos esas “cucarachas del océano”, las consideraban como signos de pobreza y degradación: comida de pobres. Las aprovechaban para alimentar a los niños, a los presos y a la servidumbre. Algunos de los sirvientes se rebelaron y lograron firmar en sus “contratos” que no les forzarían a comer langosta más de tres veces por semana. Así, en el siglo XIX la gente comía más langosta de lo que nosotros podríamos soñar, pero no felizmente. Algunos ni siquiera de forma voluntaria. Sólo con la llegada del ferrocarril, el enlatado y los turistas, se dieron cuenta de que la langosta de la Costa Este podía ser un bien extremadamente caro si se las presentaban a los pasajeros como una exquisitez.

ExpectativasBaba Shiv pretendía estudiar cómo las expectativas modelan nuestra experiencia. Realizó falsas degustaciones de vinos mostrando el precio de cada producto, y luego midió la actividad cerebral de los participantes. Estos mostraron más actividad cuando pensaban que estaban bebiendo vinos de 90$ frente a vinos de 10$. La realidad es que todos los vinos eran iguales (10$), y las diferencias se relacionaron directamente con el precio en lugar de la calidad. Los consumidores percibimos la utilidad según el precio que hemos pagado por un bien determinado. Creemos que el precio es siempre un indicador del valor intrínseco de los bienes. 

También encontraron que las expectativas eran determinantes de la eficacia percibida de otros productos, como los analgésicos. “Las creencias generales (por ejemplo, de que los productos más baratos son de menor calidad) se traducen en expectativas sobre productos específicos que realmente impactan en nuestro comportamiento”.

Algunas marcas como Dior, Prada (y todas esas marcas para unos pocos snobs por las que suspira el resto del mundo pobre) son capaces de sacar al mercado cualquier adefesio y venderlo, como los ladrillos Supreme con su marca impresa a 30$, y que ahora se pueden encontrar en Internet a 1000$.

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¿Dígame?

A veces el principio básico de oferta y demanda no se cumpliría, o al menos lo haría con ciertos matices y sólo en situaciones ideales, “y el mercado dista mucho a veces de situarse en condiciones ideales. En algunos casos, el propio mercado fija los precios y hace que los consumidores asuman como suyos esos precios que están dispuestos a pagar, condicionando no sólo los precios actuales, sino también los futuros”. Esa coherencia arbitraria explicaría quizá por qué, en el deporte, sentimos la necesidad de romper con ciertas marcas que se han convertido en fetiche para el runner, y no otras: como las 3hrs en el maratón, y no un sub 4´/km. Alguien dijo una vez que era importante bajar de 3hrs y el resto se vio arrastrado a intentar bajar esa marca y no cualquier otra. Ahora se ha convertido en la marca de referencia en el mundillo.

No tenemos preferencias absolutas, sino relativas a puntos de referencia, por eso seguimos intentando acercarnos y batir las marcas (sean éstas las que sean) del compañero de entrenamiento, por eso es mejor que salgas a ligar con un amigo más feo que tú, o nos seguimos sintiendo atraídos por los precios recomendados (pvp) por y las eternas rebajas, como esa camisa de tu tienda favorita en la que nunca te has fijado, pero justo ahora te das cuenta de que antes valía 200€ y está rebajada a 20€ (ejem). A muchos les es imposible dejar pasar una compra de escasa utilidad “simplemente porque era una ganga que había que comprar”.


 

Un ejemplo de cómo actúan las expectativas y la influencia social en la creación de valor está en el arte. La Gioconda es quizá la pintura más famosa del mundo, y sería un caso extremo de prueba social referida al arte, donde nos vemos influenciados y nos adaptamos a las opiniones del resto. Se han escrito miles de páginas acerca de la perfección artística de la obra, pero la maravillosa historia del robo del cuadro fue determinante en lo que significa ahora:

“Durante la mayor parte de su vida, la Mona Lisa languidecía en relativa oscuridad. En la década de 1850, Leonardo da Vinci no se consideraba rival para los gigantes del arte renacentista como Tiziano y Rafael, cuyas obras valían casi diez veces más. Lo que impulsó esta pintura al estrellato no fue una reevaluación académica, sino un robo. Los parisinos estaban horrorizados por el robo de una pintura a la que, hasta entonces, habían prestado poca atención. Cuando el museo volvió a abrirse tras el suceso, la gente hizo cola para ver el hueco donde el pequeño cuadro había estado colgado. La Mona Lisa no fue recuperada hasta dos años más tarde cuando el ladrón, un carpintero italiano llamado Vincenzo Peruggia, fue atrapado tratando de venderlo a la Galería Uffizi en Florencia”. Sólo entonces, tras la expectación del famoso suceso, se hizo mundialmente famosa.

Decir que los objetos culturales tienen valor es como decir que los teléfonos tienen conversaciones“. Brian Eno

Por eso a (casi) todo el mundo le gusta La Gioconda, ve Lost y Juego de Tronos y lee los mismos best seller. Algunos no es que simplemente sean mejores o peores, sino que “son impulsados ​​o hundidos por eventos o preferencias aleatorias que generan influencia en el resto del público. Nuestras preferencias son siempre, en alguna medida, las de otra persona. Los visitantes saben que están a punto de visitar la obra de arte más grande de todos los tiempos y vendrían apropiadamente influenciados e fascinados de casa”.


 

Me gusta esta última reflexión sobre cómo intentar desacoplar la correlación mental, a veces falsa, entre el precio que pagamos por las cosas y su valor.

Los niños tienen dos ventajas: no saben lo que se asume que les debe gustar – y no entienden acerca del dinero – así que el precio nunca es una guía de valor para ellos. Tienen que confiar en cambio en su propio placer (o en la falta de este) por los méritos intrínsecos de las cosas que se le presentan, y esto puede llevarlos a asombrosas (y, a veces a exasperantes) direcciones.

Así, hay dos maneras de conseguir hacerse rico: una es haciendo más dinero; y la segunda es descubriendo que muchas de las cosas que podríamos amar ya están a la mano“.

 

 

  • Lecturas.
  • Valor económico wiki
  • La paradoja del valor aquí
  • Precio y Valor aquí
  • The Behavioral Impact of a Higher Price, aquí
  • Cómo la langosta pasó de ser comida para cerdos a cena de ricosaquí
  • Por qué odiamos las cosas baratas aquí, aquí,
  • Price changes way people experience wine, study finds, aquí
  • Why Sports Fans Risk Life and Limb for a Rolled-Up T-shirt aquí
  • Predictably Irrational Chapter 3 – The Cost Of Zero Cost aquí
  • ¿Se ha vuelto el fútbol loco? aquí 
  • Observatorio fútbol aquí
  • Why Neymar is different? aquí
  • Why the Mona Lisa stands out? aquí.
  • How should economists describe what they do? aquí

 

El ciclista invisible

La tracción mecánica como síntoma de ceguera.

 Esta semana ha sido un desastre de principio a fin.

Entre otras muchas cosas, conocimos el enésimo atropello mortal de un ciclista a manos de un conductora borracha y drogada. Existen muchas discusiones paralelas que surgen siempre que se toca este tema. Entre todas ellas, y obviando algunas que se escuchan gracias a que existe la libertad de expresión (incluso para los más dudosos de merecerla), es la falta de legitimación de la bicicleta y la percepción de intrusismo que existe entre el resto de conductores viendo a ciclistas compartiendo un espacio que creían suyo hasta hace poco.

¿Es peligrosa la bicicleta?

Cada vez hay más accidentes1494241879_927343_1494269983_sumario_normal_recorte1, pero montar en bici es ahora más seguro que hace 10 años. El parque ciclista se ha multiplicado enormemente en los últimos años, mientras la siniestralidad en torno a la bicicleta se redujo los primeros años de forma considerable. La proporción del número de bicicletas respecto a los accidentes que sufren es menor que hace 10 años. En parte porque los conductores nos tienen presentes en la carretera debido a que cada vez son más. A más ciclistas presentes en la carretera, menor es la proporción de accidentes que estos sufren (Safety in numbers). Cuantos más seamos, más estaremos presentes en la visibilidad mental del resto de conductores.

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¿Por qué una bicicleta no paga el “Impuesto de Circulación”? Este buen artículo de Jaime Menéndez de Luarca (aquí) explica mejor que yo eso del mal llamado Impuesto de Circulación.

“En ocasiones se alude al mal llamado “Impuesto de Circulación” que los ciclistas no pagamos (porque no conducimos vehículos de tracción mecánica contaminantes). En España la circulación no está gravada por ningún impuesto ni pagar más impuestos otorga más derechos a un ciudadano sobre otro”.

La bicicleta es un vehículo más, mencionado así en el Reglamento General de la Circulación, que puede y debe compartir espacio con el resto de vehículos (con algunas limitaciones), y que también tiene derechos y responsabilidades en la carretera. Y esos derechos y responsabilidades son independientes del pago del antiguo impuesto de circulación, que grava la contaminación y no el uso de las carreteras. “El IVTM grava la titularidad de los vehículos de esta naturaleza aptos para circular por las vías públicas, cualesquiera que sea su clase y categoría, con una rebaja del 75% de para los vehículos eléctricos, los híbridos, los que utilizan gas licuado de petróleo  y todos aquellos cuyas emisiones no superen los 120 gramos de CO2 por kilómetro. La cuantía estará determinada según la categoría y clase de vehículos, de acuerdo con las circunstancias siguientes, y dependiendo del tipo de vehículo”.

  1. Caballos fiscales.
  2. Número de plazas.
  3. Peso de la carga útil.
  4. Cilindrada.

También existen alguna exenciones al Impuesto: “Vehículos oficiales del Estado y representaciones diplomáticas, oficinas consulares, etc...” También están exentas las ambulancias y demás vehículos directamente destinados a la asistencia sanitaria; vehículos para personas de movilidad reducida; vehículos destinados o adscritos al transporte público urbano y maquinaria agrícola”.

De entre todas las circunstancias que conllevan el pago de este impuesto, la bicicleta no se topa con ninguna de ellas. Nunca he escuchado a nadie abroncar a un conductor de ambulancias mientras le echa a la cuneta -como sí me ha pasado en bicicleta- porque no paga el IVTM. Dicen que es suyo porque pagan impuestos. La realidad es que las carreteras son bienes públicos que se pagan con los impuestos de todos los ciudadanos, tengan (o no) un coche o hasta el mismísimo Halcón Milenario en el garaje. No se paga por su uso (como las autopistas). Y tienen tres características:

  1.  Se consumen conjuntamente, dando utilidad a más de un consumidor a la vez.
  2.  No se puede excluir a un individuo o a un colectivo de su consumo.
  3.  El consumo no es rival: que lo consuma un nuevo individuo no afecta o limita el consumo al resto de consumidores.

Pero existen algunas limitaciones, en el caso de la circulación ocurre mucho cuando todos queremos pasar el fin de semana en Benidorm siendo felices en una guerra por ser los primeros en pinchar la sombrilla en la orilla. Todo el mundo no cabe en la carretera y nos perjudicamos unos a otros.

“…lo que es común para la mayoría es de hecho objeto del menor cuidado. Todo el mundo piensa principalmente en sí mismo, raras veces en el interés común”.

¿Debe un ciclista respetar las normas de tráfico? Me da una rabia tremenda ver a ciclistas no respetando las normas de circulación – que también están hechas para ellos -. Esto dota a algunos conductores de una justificación moral injusta y perversa a la hora de no respetar (e incluso a apartar) a usuarios “molestos” de la calzada. Los ciclistas deben respetar las normas, en primer lugar porque están obligados a ello; en segundo lugar por su propia seguridad; y por último porque es difícil exigir respeto como colectivo si tus “compañeros” se saltan semáforos, ocupan las aceras y conducen de forma imprudente. Se puede ser transgresor respetando las normas de tráfico. ¿Está justificada la animadversión de los conductores por algún comportamiento incívico? Por supuesto que no. ¿Debe el colectivo ciclista contribuir a su mayor legitimación con un máximo respeto a las normas y al resto de conductores y peatones? Mi opinión es que sí.

Esa falta de legitimidad y empatía hace que el resto de conductores vean a los ciclistas como intrusos, y se traduce en una tensión constante entre ambos. Una creencia que hay que derribar es la visión del ciclista como un ser extraño vestido de licra que utiliza su tiempo libre para tocarle la moral al resto del mundo libre. Poco a poco las ciudades se llenan de ciclistas, que no son otra cosa que ciudadanos que eligen otro medio de transporte, y que ven que la bicicleta no es el problema, sino parte de la solución. Hombres y mujeres, padres de familia, hijos, nietos, hermanos. Con sus vidas, sus nombres, sus trabajos y sus miserias diarias. No hay ciclistas y conductores. No hay buenos y malos. Hay personas, con sus múltiples aristas, que además se desplazan por la ciudad -ya sea de forma utilitaria o recreacional- como quieren, y buenamente pueden.

El enfrentamiento entre nosotros y ellos -buenos y malos- es una constante en cualquier ámbito y siempre ha sido una barrera al entendimiento. Sólo lleva a la polarización, a reafirmarte en tu propia trinchera y despreciar las ideas del contrario. Nadie ha cambiado de opinión porque le hayan insultado (más bien al contrario). Yo no soy conductor ni ciclista. Soy hijo, hermano, un futuro padre quizá algún día en una galaxia muy lejana, y me desplazo a pie, en bicicleta y en coche, e intento respetar las normas siempre, intentando no atribuir moralidad a mis distintas opciones vitales ni pontificar sobre lo que está bien o está mal. No es una guerra entre colectivos, sino la búsqueda de una razonable convivencia entre usuarios de un mismo espacio, que deben conocer las normas y respetarlas.

Campañas como “Think! Ciclistas con nombre” realizada hace años en UK (ahora vistas aquí), difundieron el mensaje de que los ciclistas son una amplia gama de personas, con nombres, personalidades y familias como la de los conductores de automóviles, para ayudar a estos a pensar en la persona que va en bicicleta y ponerse en su lugar (con todas sus debilidades). La idea era “redescubrir” los ciclistas a los conductores con el fin de animarles a pensar en los primeros como seres humanos. Sugiriendo que a los conductores les pueden gustar los ciclistas si ambos llegaran a conocerse. Bonito, ¿no?. 🙂

“…que el mundo nunca será exactamente como nosotros querríamos que fuera porque hay gente que legítimamente tiene otras visiones de él, que si no son delictivas, tienen el mismo derecho a existir que las nuestras. Estamos condenados a pactar o, incluso, a mostrar una cierta indiferencia hacia las opiniones de los demás si no queremos que la vida sea un infierno”.

Cualquiera que monte en bici lo suficiente reconocerá con “cariño” esta anécdota como suya cuando, estando dentro de una rotonda, observas con el rabillo del ojo que se aproxima a la misma (y a 70kms/hr) el Colin McRae de cada día. El amigo Colin te mira pero no te ve. En serio, esa mirada al infinito que te atraviesa como si fueras transparente.

Estás ahí, montado en una bici de carbono de 7 kgs del chino más frágil que el papel de fumar, esperando que no te pase por encima un miura de 1.500 kgs. A sólo diez metros de saltar por los aires, Colin repara en tu presencia. Frena. Da un volantazo y te grita algo. Tú, indefectiblemente, te cagas en todos sus muertos y en la próximas generaciones de mini Colins McRae que críe ese malnacido. Él, te contesta con el –¡Paga el Impuesto de Circulación o vete al campo, payaso!- antes de que puedas dispararle el contenido de tu única arma a mano: el bote calentorro de sales e hidratos del Sprinter. Piensas que deberías estar contento porque (una vez más) puedes volver a casa de una pieza. Pero te vas a casa jodido y tembloroso.

*Ceguera Desmedida o el mono invisible. Está demostrado lo poco que la gente realmente ve cuando no están prestando atención. La explicación es un mecanismo llamado ceguera (desmedida) por falta de atención, una situación en la que un estímulo no se percibe, a pesar de que una persona está mirando directamente hacia él. La explicación es que la visibilidad mental se “acciona” cuando un estímulo es relevante o significativo para el observador. El famoso vídeo del mono invisible lo explica más rápidamente.


La Ley. Aunque se intente (como siempre) legislar a golpe de titular contra los reincidentes en alcohol y drogas para proteger a los ciclistas” (¿Deberíamos permitir que un conductor borracho y drogado tenga la posibilidad de reincidir?); la falta de un código penal duro que proteja a las víctimas de accidentes, y tenga un especial cuidado hacia aquellos conductores más desprotegidos -como son en este caso los ciclistas- desincentiva, y a veces creo que deslegitima desde la la propia Ley, el uso de este tipo de transporte.

En 2015 hubo una reforma del código penal, con una derogación de las faltas penales, donde algunos comportamientos tipificados hasta ahora como falta desaparecen del Código Penal y se reconducen hacia la vía administrativa o civil, dejando de sancionarse en el ámbito penal

El motivo que lleva al legislador a acometer esta derogación de las faltas penales, se debe a la aplicación del principio de intervención mínima y para facilitar una disminución relevante del numero de asuntos menores que en gran parte, pueden encontrar respuesta a través del sistema de sanciones administrativas y civiles.

Desde las asociaciones de víctimas, se aboga por la restauración de la imprudencia con resultado de lesiones o muerte como infracción penal, con el fin de garantizar la protección de las víctimas de circulación”, ya que este paso de faltas penales a delitos leves conlleva según ellos la reclamación por la vía civil las indemnizaciones a las aseguradoras, que es mucho más gravosa y costosa que la penal. 


Fuera del reproche penal hay una cosa que me taladra el cerebro: Suerte Moral.

“Pedro y Juan se van a ver un partido de fútbol y tomar unas cervezas; ambos beben el mismo número de cervezas y sufren una intoxicación etílica con niveles de alcoholemia igualmente elevados. Ambos deciden coger el coche para volver a casa y ambos se duermen al volante, pierden el control del coche y se salen de la carretera. Pedro se sale de la carretera y se golpea contra un árbol. Juan se sale de la carretera, atropella a una chica que iba por la acera y la mata. ¿Debería la diferencia accidental de que en un caso uno se encuentre con un árbol y otro con una chica hacer que la valoración moral sea diferente?

Por un lado, no parece que sea justo castigar más a Juan cuando ha realizado exactamente la misma conducta que Pedro. Pero, por otro lado, parece también injusto meter en la cárcel a Pedro cuando lo único que ha hecho es conducir ebrio, o dejar libre a Juan con una multa cuando ha matado a una persona.

Este dilema desafía una intuición que es que la valoración moral de un acto no debería depender de la suerte, y dice que sólo es moralmente justo evaluar a una persona por factores que están bajo su control. El resultado del ejemplo se debe a la suerte, no está bajo el control ni de Pedro ni de Juan y no debería influir en nuestra valoración del acto. Sin embargo, lo hace”.

Todo el mundo ha visto cómo una chica borracha le ha arrancado la vida a personas inocentes, a sus familias y amigos. La cuestión no es si lo atribuimos a la suerte (ir borracho y drogado en el coche de forma reincidente es comprar muchas papeletas para una misma rifa), sino el reproche moral atribuido a esa persona por haber coincidido en el camino con un grupo de ciclistas desprotegidos más que si lo hubiera hecho contra un árbol. Es decir, ¿es esa chica es una mala persona? ¿por conducir borracha o por matar a dos personas? ¿Son malas personas aquellos que han conducido borrachos y/o drogados y no les ha pasado nada a ellos ni a nadie inocente (esta vez sí por fortuna)?. ¿Son tu padre, tu novia, tu mejor amigo, malas personas? ¿Eres tú una mala o buena persona según sea tu suerte?

No hay reunión familiar, de amigos o conocidos en la que, casi diariamente, no haya alguien que se tome unas copas y coja el coche porque él/ella “controla” o porque, algo que está en el imaginario colectivo “dos copas no son nada”, se enorgullezca de ello y aplaudamos con las orejas a nuestro querido hijo de puta.

Salud y kilómetros.

Héroes e idiotas.

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Uno, que presume de no tener héroes, en realidad siempre los tuvo, a escondidas. Un ser de voz grave, de carácter y manos ásperas. Olor a cuero, tabaco de liar, carboncillos de punta recién afilada y folio envejecido. Así recuerdo a mi abuelo Paco. Su olor sigue en la punta de mi nariz como el primer día… Inconfundible.

Recuerdo los paseos agarrado de su mano por El Paseo Alto buscando adivinar las matrículas de coches. Los malditos pokémon de una infancia cualquiera de mediados de los 80, supongo. Matrículas de todos los puntos de la península, ¡y mi abuelo se las sabía todas!  -Joder, es el abuelo. Cómo no va a sabérselas- pensaba yo.

A veces, quizá cuando notaba que yo me cansaba, me llevaba a algún bar recién abierto a tomar un vaso de leche. Una leche que a mí siempre me sabía riquísima, y que no entendía cómo él nunca quería probar. Mi abuelo prefería su vino de pitarra, que mantenía todo el tiempo entre las manos y sólo bebía acompasando sus sorbos con los míos. -Vaya sitios buenos conoce el abuelo. ¡La mejor leche que he probado!- Me decía a mí mismo mientras me limpiaba los bigotes blancos con la camisa. Luego, con los años, esos bares donde creía que ordeñaban la leche más fresca y rica de mi infancia, supe que eran unos antros donde por la noche se reunía todo el percal de la ciudad. Lo mejor de cada casa se reunía (nos reuníamos) en torno al alcohol y a un olor mezcla de humanidad, orín y demás fluidos incontinentes. Ese otro tipo de olores que tampoco se olvidan.

Supongo que en algún momento me hice demasiado mayor. Ya reconocía casi todas las matrículas, y a mi abuelo cada vez se le olvidaban más… y aunque a mí me seguía pareciendo igual de divertido aquel pasatiempo, un día dejó de llevarme. Y pasó el tiempo.

Ya no es posible jugar a aquel juego nuestro, pero todavía disfruto paseando en silencio, y a veces me sorprendo escudriñando matrículas en un intento por encontrarle significado a algunas iniciales y quizá así recordar a mi abuelo. También es cierto que (de forma estúpida) nunca más disfruté de un buen trago de leche en un garito semejante sin pedir antes todas las garantías sanitarias, pero sí tiene uno la sensación de andar otorgando verdades absolutas a aquellos a quienes consideramos autoridades en cualquier materia (o en todas), en este caso por las razones equivocadas. (*)


“Muchas cosas sabe el zorro, pero el erizo sabe una sola, y grande”.  Arquíloco

Los expertos proliferan en todos los ámbitos de la vida. Politólogos, psicólogos, economistas, asesores de imagen, intérpretes de gestos, echadores de cartas y hasta parapsicólogos vaticinaron durante meses la caída de Trump, el Remain, el Sorpasso de Podemos o cualquier otro Cisne Negro (aquí), hasta el infinito. Esos mismos expertos que no vieron venir la crisis financiera, la quiebra de Lehman Brothers, la aparición de las hipotecas Ninja (no income, no job, no assets), la burbuja inmobiliaria en España…

“La idea de que el futuro es impredecible es debilitada cada día por la facilidad con que explicamos el pasado”.

En Expert Political Judgment: How Good Is It? How Can We Know?,  Philip Tetlock narra cómo durante 20 años investigó a 284 expertos y sus cerca de 80.000 predicciones en materias tales como economía y geopolítica. ¿Los resultados? “Fueron demoledores. Los expertos se equivocaron más de lo que lo habrían hecho si, simplemente, hubiesen asignado iguales probabilidades a cada uno de los potenciales resultados. En otras palabras, hacían predicciones con menos aciertos que los de unos monos lanzando unos dados”. Tetlock también observó que “los expertos más reconocidos se resistían a admitir que estuvieran equivocados y, cuando no tuvieron más remedio que admitir el error, lo justificaron con que se habían equivocado sólo en el momento, se había producido un acontecimiento impredecible –¿qué es más impredecible que el propio mundo?-, o se habían equivocado, pero por los argumentos justificados”. Lo que lleva a pensar no sólo en un exceso de confianza de sus propios conocimientos, o en las facultades que atesoraban como expertos, sino en entrar, a veces, en el campo de las creencias.

Supongamos que un individuo cree en algo de todo corazón; supongamos a continuación que está comprometido con su creencia, que ha llevado a cabo, en consecuencia, acciones irrevocables; finalmente, supóngase que se le presenta la evidencia, la evidencia inequívoca e innegable de que su creencia es errónea: ¿qué ocurrirá? El individuo emergerá, frecuentemente, no solamente impertérrito, sino incluso más convencido de la verdad de sus creencias que nunca anteriormente.

Como anécdota sobre el poder de las creencias me gusta recordar la de la maravillosa secta apocalíptica liderada por una tal Dorothy Martin en los años 50, en la que un grupo de psicólogos se adentró con objeto de estudio, y tras el que publicaron un libro de título un poco loco: When Prophecy Fails: A Social and Psychological Study of a Modern Group That Predicted the Destruction of the World (aquí) .

Dorothy reunió a sus fieles en una casa a esperar el inminente fin del mundo mientras ellos eran salvados por un platillo volante. Pasó la media noche, y después de varias horas esperando el fin del mundo, y en vista de que éste no se iba al garete, acordaron que gracias a aquel acto de Fe de sus seguidores, el Ser Superior había salvado al mundo de su destrucción. Lo cual reforzó más si cabe las creencias de la mayoría de sus seguidores, y comenzaron una labor de proselitismo intensa como nunca hasta entonces.

Para conocer el efecto (positivo y negativo) que las creencias tienen sobre nosotros, este increíble estudio llamado Why Being Wrong can be Right: Magical Warfare Technologies and the Persistence of False Beliefs. Cuenta cómo algunas tribus de la República del Congo empezaron a propagar la creencia entre sus guerreros de la elaboración de un hechizo mágico con propiedades antibalas para armarles de valor y confianza y se adentraran así en el bosque a combatir sin miedo, frente al asedio y ocupación de las tribus dominantes. Evidentemente algunos morirían ante al fuego enemigo (luego los jefes concluían que era debido a que tomaban el hechizo incorrectamente), así que a nivel individual siempre había quien salía perdiendo, pero a nivel colectivo sí les resultaba beneficioso, porque sólo así podían defender su aldea. Ni que decir tiene que los hechizos eran continuamente ajustados y adaptados a los cambios en la tecnología de guerra de los enemigos.

En cambio, Andrew Wakefield, un cirujano e investigador británico, demostró el daño irreparable (a nivel no sólo individual sino colectivo) que pueden tener algunas creencias, cuando consiguió publicar en 1998 en la revista The Lancet, “una de la mejores publicaciones médicas del mundo”, un estudio fraudulento en el que se asociaba la vacuna trivalente (sarampión, parotiditis y rubeola) con un aumento del riesgo de padecer autismo. Aquello fue un escándalo, y aunque después de demostraría que había falseado sus resultados y existían conflictos de interés en su investigación (financiada por asociaciones antivacunas), hoy día (casi 20 años después), sigue habiendo quien defiende la peligrosidad de las vacunas con toda clase de información conspiranóica basada en aquella (falsa) relación con el autismo. Muchas creencias, al igual que las sectas apocalípticas o las pócimas anti balas, sobreviven al paso del tiempo y, siguiendo el símil fácil de las vacunas, infectan a las generaciones posteriores.

Volviendo a Tetlock y los expertos, no es que estos sean unos meros charlatanes. -algunos, (sobre todo los que más salen en la televisión) lo son- es que “en el mejor de los casos son humanos jugando a ser Dioses en un mundo impredecible“. Pero la popularidad de los expertos no es directamente proporcional a sus aciertos en las predicciones, sino a cuán taxativos, dogmáticos, enfáticos y seguros de sí mismos se muestran, a la vez que proporcionan información de fácil digestión (valiosa o no) a los espectadores. Ningún tertuliano duraría demasiado en su trabajo si un día le diese por reconocer ante la cámara: – De este asunto no tengo demasiados conocimientos y no sé muy bien qué decir.

“Es un error culpar  a nadie de fracasar en sus predicciones en un mundo impredecible. Sin embargo, sería justo culpar a profesionales por creer que pueden tener éxito en una tarea imposible. Las pretensiones de tener intuiciones correctas en una situación impredecible significan cuando menos engañarse, y a veces algo peor”.

En el deporte, los Premios Nobel de la autoridad son los influencers y los campeones sin título. La evolución de las redes sociales en el día a día ha hecho que la consistencia de ciertos argumentos (en cualquier materia), sea directamente proporcional al número de seguidores en twitter. Por supuesto, ésta también será mayor si proviene de un desconocido cualquiera de la red. En general, creo que se odia poco y mal a los influencers y los vendedores de humo (SS), divulgadores del copia y pega y demás compradores de followers. Como mayor argumento de autoridad suelen utilizar los pollos o carreras de pueblo que ganan. Y los suele haber muy dogmáticos, en un proselitismo feroz de todas las teorías y creencias a veces opuestas que uno pueda imaginar. Yo mismo me he sorprendido a veces dando pábulo a esos idiotas. Y yo mismo he sido seguramente en algún momento uno de ellos.

En el mundo hay gente lista, gente inteligente, gente necia, y hay quien parece haber burlado todos los filtros de gente normal. Un detector de idiotas, vaya. Y es que ya digo que yo mismo he sido bastante idiota desde bien chiquito. Si en clase estornudaba alguien, yo siempre repetía la misma frase: “Jesús, María y José. Los obreros de Nazaret”. Porque sí. Y siempre había algún otro idiota que me acompañaba, para sonreirnos victoriosos pensando: Idiotas 1 – Profesora 0.

Así éramos…

Y es que según las «Leyes fundamentales de la estupidez humana», no estar solo en tu estupidez  es un triste consuelo, pero es que a veces subestimamos tanto nuestra propia estupidez como el número de estúpidos que circulan por este mundo; amén del propio poder que la estupidez ejerce sobre nosotros.


 

(*) 20 años después descubrí las razones por las que, no sólo mi abuelo Paco, sino el resto de mis abuelos sí fueron unos verdaderos héroes sin capa. Descubrí sus historias de La Guerra, los aviones bombardeando Oropesa, los viajes en burro a Madrid, la escasez, el trueque y la muerte.

Los héroes siempre serán héroes, aun por las razones equivocadas.

El extraordinario regreso a la media.

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Fragmento de  Tora, Tora, Tora!

Los pocos (pero valiosos) amigos que hayan pasado alguna vez por aquí han observado que el blog tiene temporadas más productivas que otras. La frecuencia de entradas es directamente proporcional al tiempo de parón obligado por cualquiera de las circunstancias que a cada uno de nosotros nos atañen en uno u otro momento. Y cada aporreo del teclado es una muestra palpable de mi “regresión a la media”.

La temporada pasada disfruté como hacía mucho tiempo, quitándome la vida cada día persiguiendo las sombras de Mario, Enrique y David, en una mezcla de risas y ácido láctico bestial. Por una serie de circunstancias que se desencadenaron una tras otra, finalmente los resultados no estuvieron acordes a la preparación y estado físico inmediatamente anteriores, quizá los mejores de mi vida. Lo cierto es que no me importó en absoluto (bueno, un poco sí), y podría volver a pasar aquel invierno de kilómetros, risas, miserias, recuperaciones agónicas buscando el tibio sol del invierno, el contagio brutal de los piques y un choque de manos tras cada entrenamiento. Todo, sin la recompensa en forma de resultados. Fue una temporada extraordinaria en cuanto al significado de salirse de la norma general, por tanto tiempo entrenando y tan bien.


Francis Galton (primo de Darwin) enunció la “Regresión a la media” un artículo de título bastante pesimista (todo el mundo tiene un primo mal encarado): «Regresión hacia la mediocridad en estatura hereditaria». En el estudio de generaciones sucesivas de semillas, observó que “las semillas de los descendientes no tienden a asemejarse en tamaño a las progenitoras. Tienden, por el contrario, a ser siempre de tamaño menor que las progenitoras si éstas son grandes, y a ser más grandes que sus progenitoras, si éstas son muy pequeñas”.

“Si una variable era extrema en su primera medición, tenderá a estar más cerca de la media en su segunda medición y si era extrema en su segunda medición, tenderá a haber estado más cerca de la media en su primera”. En términos financieros podría expresarse: “Los rendimientos pueden ser muy inestables en el corto plazo, pero muy estables en el largo plazo”.

En muchos ámbitos se utilizan técnicas predictivas elaboradas a partir de datos pasados para advertir eventos futuros. El inversor individual, buscando el rendimiento con la información previa de que dispone, se encerrará en el beneficio, vendiendo acciones ganadoras que se han apreciado lo suficiente desde su adquisición, mientras se aferra a las perdedoras hasta donde pueda, por la reticencia común a materializar las pérdidas.”Pero, desafortunadamente, a corto plazo las ganadoras recientes tienden a comportarse mejor que las perdedoras recientes”. Por la tendencia de otros inversores a unirse a la fiesta (que verán, ahora sí, una buena opción de compra), y también del exceso de reacción que tienen a veces los mercados, que provoca que la diferencia entre precio y valor real del activo sea cada vez mayor, y llegue en ocasiones al absurdo. Con todo, las acciones con resultados extraordinarios en el Corto plazo, regresarían a la media a Largo.

Los entrenadores son para el equipo un poco lo que las acciones a la bolsa. A corto plazo, es más fácil que un equipo con buenos resultados siga cosechándolos, al menos hasta un determinado punto donde regrese a la media; y al contrario, un equipo perdedor es más probable que siga perdiendo. Y no parece que el cambio de entrenador provoque asimismo un cambio en las tendencias. EEUU tiene un modelo de deporte/espectáculo en el que las principales ligas profesionales son competiciones cerradas (sin descensos), por lo que se puede medir más fácilmente el efecto de regresión a la media.

“En la NFL, con algunas excepciones inusuales, los equipos con muy buenos registros tienden a hacerlo peor el año siguiente, y equipos con marcas muy pobres tienden a mejorar. Es un fenómeno natural común a casi todos los sistemas, que tienden a ser estables”.

Desde 1978, las franquicias de la NFL perdedoras que sustituyen a sus entrenadores al término de la fase regular tienden a mejorar el próximo año una media 1,6 juegos. La mala noticia es que los equipos con marcas perdedoras que no destituyen a sus entrenadores también tienden a mejorar la temporada siguiente, con idéntica estadística. El modelo americano tiene también la particularidad de buscar una competencia natural entre los integrantes de sus ligas, por lo que existen el tope salarial, el drafteo de jugadores en orden de elección inverso a la posición final del equipo, etc… que favorecen la recuperación de equipos perdedores. Aquí un buen artículo de la americana ESPN que lo explica todo mejor.

En España es una práctica ya habitual, y el despido y la rotación de entrenadores forman parte del espectáculo y son la salsa del propio juego. Tras sólo 17 jornadas, 7 han sido los entrenadores sustituidos. No hay ningún elemento que demuestre que un cambio de entrenador mejore el rumbo del equipo, pero es una doble arma magnífica para los directivos con la que pueden, de una sola tacada, justificar su propio puesto en la junta (y sus extraordinarios sueldos), y señalar a una sola persona como culpable del rumbo de un equipo de responsables extensísimo.

Algunas similitudes curiosas de “regresión a la media” en el deporte son el «Síndrome de la segunda temporada» estudiado en la Premier League, aquí ; o la Maldición de los Sophomore americanos (jugadores de segundo año). Muchos han sido los novatos que, después de pasar por el Draft y hacer un primer año excepcionalmente bueno, decayeron en sus números en su segundo año. Lo que podría explicarse por un exceso de confianza del jugador, mayores ajustes defensivos de los equipos rivales, o por un exceso de expectativas (fruto de lo que quizá tan sólo fue un poco más de suerte de lo habitual en partidos decisivos en la temporada pasada), y la consiguiente sobrerreacción de las expectativas al más puro estilo bursátil.

También es famosa la Maldición del Sport Illustrated, que dice que aquel que sea portada de la revista será, casi con toda seguridad, víctima de la mala suerte y el infortunio más absoluto, no sólo deportivo sino personal. La explicación menos literaria es que hay que sobresalir y hacer algo extraordinariamente bueno ese año para salir elegido como portada de la revista, y eso sólo sucede con el desempeño de una gran habilidad y unas dosis de suerte mayores de lo habitual. En general (salvo excepciones), todos los deportistas regresarán a la media antes o después. En Wikipedia habrá al menos 150 referencias de correlaciones locas entre la publicación de la portada y todo tipo de lesiones posteriores, fallos estrepitosos, acciones de mala suerte, accidentes mortales y enfermedades. El asunto da para echar la tarde.

Aquí, la Tetrahidrogestrinona (THG) como símbolo de “mala suerte”.

2 de octubre de 2000: Marion Jones apareció en la portada después de sus éxitos olímpicos. Más tarde se vio implicada en el escándalo BALCO y posteriormente fue despojada de sus medallas, y se anuló sus logros anteriores a ese año de presentación.


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Regreso a la media. Foto de Politikon.

En «Tora, Tora, Tora!», imagen de cabecera de esta entrada (y peli recomendable) y emulando esta anécdota de Daniel Kahneman sobre el aprendizaje de las palomas, aparece una escena del comandante japonés supervisando un excepcional entrenamiento de sus tropas en el lanzamiento de misiles en vuelo, al que asiste orgulloso y felicitando sorprendido a sus aviadores tras cada lanzamiento exitoso. Estadísticamente, y aunque la curva de aprendizaje es lineal y constante después de cada lanzamiento, si sus pilotos tuvieron un día afortunado (con lanzamientos extraordinariamente buenos), lo más probable es que al día siguiente el porcentaje de impactos en el blanco regresaran a la media. Serían buenos, pero menos buenos.


Hace algunas semanas, recuperándome del enésimo parón de esta temporada, decidí acompañar a un amigo en su entrenamiento. Yo haría de liebre en sus últimos 200, a un ritmo rápido pero “asequible”, intentando reacondicionar mi cuerpo a esos esfuerzos después de algunos días de rodaje de prueba. Pudiera ser que el frío, la falta de tono muscular tras unos días sólo “de prueba”, falta de hidratación, o cualquier otra circunstancia conformaran los detalles de una narración causal, como “explicación endeble del pasado”. O pudiera ser que, esta vez, la suerte decidió que en los últimos 70 metros de la última serie me rompiera de nuevo, sin previo aviso. Una microrrotura que ha tardado un poco más de la cuenta en curar y que me ha tenido algunas semanas más parado, y de la que (quizá) no estaríamos hablando si el entrenador de mi amigo le hubiera mandado 10 y no 12 series.

Solemos hacer predicciones con datos pasados de lo que sucederá en el futuro. Trazamos relatos y buscamos explicaciones con datos (sólo conocidos ahora) de lo que sucedió en el pasado, y sin tener en cuenta la incertidumbre de aquel momento. Olvidamos que el mundo es altamente impredecible, que la suerte forma parte de la vida diaria y el éxito en muchas tareas forma parte a su vez de un binomio entre la habilidad (fruto del trabajo) y una dosis de fortuna extra.

Kahneman.

Éxito = Talento + suerte

Gran éxito = un poco más de talento + un cúmulo de suerte.

Estadísticamente, todos podríamos ser extraordinarios (al menos por un tiempo), pero también casi todos regresaremos a la media tarde o temprano.

Sobrevivir a las referencias.

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Los modelos clásicos de economía fueron eliminando los componentes del comportamiento humano para aplicar sus teorías siguiendo la máxima de la elección racional, sobre la cual las personas toman decisiones según la probabilidad de efectos que surjan tras sus decisiones y la utilidad que se derive de cada una de ellas. Entre quienes desafiaron aquellas teorías de la racionalidad económica están  D. Kahneman y A. Tversky. Una relación e historias vitales ambas dignas de película, y sobre las que gira también el libro «Pensar rápido, pensar despacio».

A menudo, quienes toman decisiones no lo hacen con toda la información posible, ésta en ocasiones es muy limitada (disponibilidad), e incluso aunque dispongan de una información suficiente (aunque limitada por sus propios sesgos), los agentes actúan “irracionalmente”.

En su libro, Kahneman toma el concepto de utilidad para mejorar las teorías de Bernoulli sobre el valor moral del dinero, y cómo nos comportamos de una forma u otra en las decisiones de riesgo ante futuras pérdidas o ganancias; la aversión a las pérdidas por el valor psicológico del dinero y, por ende, su utilidad. Como anticipó Bernoulli, la gente, a diferencia de los matemáticos, no valora el dinero en proporción a la cantidad del mismo; lo valora en proporción a la utilidad que puede obtener de él.

«La teoría tradicional ha desarrollado sus modelos en base a la idea de que la utilidad de los resultados estaba en relación a los estados finales de los mismos, en lugar de cambios a partir de un punto de referencia»

Lo que Kahneman terminó llamando “El error de Bernoulli”, y lo que justificó su crítica, vino por la ausencia de un punto de referencia que, a su juicio, determina esa percepción de utilidad, «y lo inadecuada que era la función de utilidad basada exclusivamente en los estados finales». Parece simple (según él), pero Bernoulli no fue refutado durante 300 años. Así que, si lo he entendido bien, ante una misma decisión todos partimos de puntos referencia y marcos distintos, y por ello las utilidades de los resultados (aunque a veces estos sean idénticos) de nuestras decisiones son también distintas, y todo ello sugirió un cambio en la perspectiva de la toma de decisiones con riesgo y los siguientes estudios sobre la economía del comportamiento.


Aquí hay al menos una semejanza con los puntos de referencia habituales en nuestro día a día, expresados de una forma más sencilla y no sólo en términos económicos. Casi cada elección de la vida diaria está sujeta a puntos de referencia que vienen determinados tanto por nuestra situación presente como (y a diferencia de Bernoulli) por nuestra situación pasada, etc… Por este efecto, una vela en una pequeña habitación en penumbra tendría una utilidad mucho mayor que encender la misma vela en una habitación ya iluminada; o que nos suban el sueldo 100€ mayor utilidad si cobramos 800€ que si cobramos 3500.

Si hay alguien para quien crees que tendrían valor las teorías de las perspectivas y el concepto de marco de referencia es para aquel camarero al que le pediste un café con “la leche del tiempo” (del tiempo de aquí en Otoño) y te lo sirvió frío como una expedición de Amundsen. Del mismo modo si, osadamente, insistías en que te calentara aquello un poco, el magma volcánico resultante te destruiría las papilas gustativas para un mes.

En “Puntos de referencia y tiempos de maratón. Una (in)satisfacción (dis)continua” (Pedro Rey Biel),  y de donde copio vilmente la idea de escribir esto, se menciona la semejanza con el uso de los marcos de referencia presentes en el mundillo runner.

Aún recuerdo mi primer maratón. No recuerdo bien los entrenamientos previos, pero seguro me parecían durísimos y larguísimos (siempre me lo parecen) y eso que no cumplía siempre como lo hacía mi compañero Fabuel, al que tantos quebraderos de cabeza di y con el que tantas discusiones inventé para contrarrestar la monotonía de tantos años y miles de kms juntos. Llegué a esa línea de salida sin ningún marco de referencia, no llevaba GPS para entrenar (todavía hoy me resisto a llevarlo…), no había leído los imprescindibles libros de automotivación que hay leerse ahora para llegar a ser maratoniano 🙂 (…), ni hice todo el sinfín de rituales y parafernalia en que se ha convertido esto de gastar zapatilla. Llegué y corrí junto a mi amigo durante los 42 kms sin despegarme de él. Por no tener referencias, no sabía muy bien ni dónde estaba el muro…  así que, aun con las piernas como robles desde el km 22, esprintamos en la recta del Estadio Olímpico de Sevilla (yo casi sin saber el porqué ni de aquel sprint, ni casi de aquella aventura). Llegamos después de 03:05:00 y nunca pensé que fuera un “fracaso” haber llegado 5´ después de lo que era una marca de referencia para todo el mundo, ni creí haberme quedado a las puertas de la “gloria” atlética. Llegué destruido. Destruido es una palabra que me acompaña siempre. Así que, sin ganas de volver a ponerme unas zapatillas, ¡qué me importaban 5 minutos!

Al año siguiente repetí experiencia. Mejor preparado, con el “infalible” Test de Gavela hecho, y con la cabeza centrifugando ingentes marcos de referencia. ¡Sub 3hrs! Llegué en 03:03:00 igualmente destruido, sin ganas de volver a calzarme las zapatillas y después de haber pasado un mal día. Solo, aterido de frío, y con problemas musculares en un día difícil de viento y lluvia. Ese resultado, pese al mayor entrenamiento y más experiencia, fue conseguido en un día muy difícil, y me debería haber dejado un mejor sabor de boca de haberlo pensado racionalmente. La “utilidad” personal de esa marca en un día como ése, debiera ser mayor que la del año anterior, pero el resultado fue tan desastroso para mí, obsesionado con el marco de referencia de mi marca del año anterior, la referencia de Media Maratón test hacía unas semanas, y la de mi cabeza conspirando durante meses una marca acorde a mis mejores sueños, que no volví a correr un maratón hasta varios años después.

Por fin hice una tercera intentona: Con un marco de referencia apropiado y centrado en mí y en mis gustos (incluso en los entrenamientos), pero raro para el resto del mundillo maratoniano, lleno de pautas preestablecidas e incluso creo que manías. En la carrera fijé un ritmo por km, también en números redondos pero fijando un crono global alejado de “marcas objetivo” más próximas y también habituales de 2:45 ó 2:30. Paso por 1/2 maratón en 1:17 y a intentar acabar lo menos alejado posible del 2:36, con la táctica de la recogida de cadáveres de lo que yo llamaba “los optimistas de la primera media”. Resultado: 2:40, en una carrera creo que de todas formas bien gestionada a pesar de la falta de kilómetros y de una pequeña lesión los días previos que me dejó sin tono competitivo y que seguramente fuera lo que terminó por derribar mis “ilusiones maratonianas”, pero con sensación muy agria por perder puestos y minutos importantes los últimos 5 ó 6kms. ¡Malditas referencias!

Siempre me parecieron raros los marcos de referencia en atletismo. Si bien son más fáciles (y vendibles), es raro que el marco de referencia por excelencia runner sea bajar de las 3 horas, cuando realmente se hace extraño perseguir una marca futura siguiendo un ritmo exacto de 4´16´´ por km. La lógica del atractivo de los números redondos deshace la lógica de ritmos entrenamiento del corredor habitual, que se mueve más en términos de 4´30´´ el km, y para el que ese ritmo equivaldría a una marca muy rara de 3:09:53. Hace muchos años que correr se ha convertido en un producto de marketing, y ésa es una marca difícilmente vendible a los amigos de facebook a los que fríes (freímos) a entrenamientos, series, imperdibles, selfies y vaselinas. Otra marca de referencia que para mí sí es relevante es correr sub 4´/km en maratón, pero la magia (otra vez) de los números hace que el 02:48:47 equivalente sea poco vendible y pase un poco desapercibido.

En el artículo de Pedro Rey, que lo explica todo mejor que yo, se hace una referencia a un estudio (que tengo pendiente leer entero) sobre casi 10 millones de finishers en maratones populares desde los años 70, que tenía como objeto “evaluar la importancia que los puntos de referencia pueden tener para los individuos y en este caso concreto, para los maratonianos“. Los resultados muestran una concentración de resultados en los marcos de referencia establecidos ya en la memoria colectiva del mundillo en “números redondos”. Una clara incidencia en las 3, 4 y 5hrs sobre las 3:30 4:30 y 5:30hrs; y cómo curiosamente muchos corredores aflojan más el ritmo en los kms finales cuando no han conseguido ese objetivo de marca de referencia. Como si al espacio de tiempo contenido entre las 2:59 y 3:00hrs le diésemos mayor utilidad que entre las 3:05 y 3:06 hrs, siendo el mismo.

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Reference-Dependent Preferences: Evidence from Marathon Runners

Tengo que reconocer que algunos marcos de referencia casi me destruyen, de ahí el título. Si hay algo que detesto es hacer entrenamientos de calidad de forma regresiva. Mi regla absurda y a veces autodestructiva es “se acaba como se empieza”. Así que, si tengo previsto entrenar determinados ritmos rápidos fraccionados en series, es la primera de ellas la que condicionará probablemente la dureza de todo el entrenamiento, y no cómo de dura tenía planeada la sesión al salir de casa. De todos es sabido que, aunque la media del entrenamiento sea idéntica, no es lo mismo 3:12; 3:11; 3:10; 3:09; 3:08; 3:07; 3:06 y acabar eufóricamente en 3:05 que empezar en 3:05 y acabar “miserablemente” en 3:12.

Soy un desastre. Para todo. Hace algunos años tuve que quitar el cuentakilómetros de la bicicleta después de que observara, sólo tras muchas pájaras, cocacolas, pasteles y miserias que, pasara lo que pasara, siempre, y repito siempre, una fuerza superior a nosotros mismos nos impedía dejar que la velocidad media al llegar a casa decayera por debajo de los 30kms/hr. Si esto sucedía a pocos kilómetros de casa, daba igual lo que sucediera, que el universo o acaso tú mismo implosionaras, había que emplearse mucho (como decía mi amigo Antonio M.) para que no bajara esa media y llegaras a casa sin “haber entrenado”, aún llegando como siempre destruido y con ganas de tirar la bicicleta por un barranco. Y contigo encima.


Para saber más: Referencias (de las buenas):

La utilidad como índice de estado final o de cambio en relación a un punto de referencia. Leonardo Ivarola

Sesgos cognitivos en la toma de decisiones. Nuria Cortada de Koban

Puntos de referencia y tiempos de maratón. Una (in)satisfacción (dis)continua. Pedro Rey Biel.

Reference-Dependent Preferences: Evidence from Marathon Runners

Pensar rápido, pensar despacio. Daniel Kahneman.

Pensamientos mágicos. (II)

La última entrada pretendía ser una forma de, recopilando ideas ajenas, describir cómo hacemos piruetas mentales para tomar una posición sobre cualquier asunto para después, mantenernos firmes en nuestras propias convicciones (que creemos racionales y fundamentadas) pese a toda evidencia en contra. Ahora, después de 3000 palabras, pienso defender lo contrario…

Sin ambages: En general somos profundamente ignorantes. Además de la ignorancia, que ni la abundancia actual de medios en pos del conocimiento ha logrado mermar, estamos tocados (ignorantes o no) por la varita de los sesgos y la ideología. El ser humano, mas que le pese, es moldeable e influenciable hasta el extremo. Somos seres sociales interconectados y nuestra opiniones, como nuestra voluntad, están sujetos a algo mucho más allá de lo que creemos que son nuestras propias creencias personales.

«El deseo de unanimidad impide una valoración realista de las distintas alternativas»

Estas ataduras grupales y sus peligros (Groupthink) se manifiestan constantemente, como así cuenta Manuel Conthe, se reflejaron en el accidente del Transbordador espacial “Challenger” en 1986. La fuerte cohesión grupal, y las presiones en la toma de decisiones, hicieron que se descartasen (por impopulares e improbables) los riesgos. Dichos riesgos finalmente se materializaron a consecuencia del lanzamiento en unas condiciones de frío hasta el momento desconocidas,  y que impidieron que se dilataran las juntas que sellaban los depósitos de combustible, lo que posteriormente provocó fugas y la consiguiente explosión. Riesgos que luego se supo eran conocidos, pero se despreciaron tras seguramente algunas “presiones”.

Un ejemplo de pensamiento grupal y sus errores es la famosa Paradoja de Abilene, donde los integrantes de un grupo a menudo deciden tomar una decisión que, de forma individual, ninguno tomaría. Aquí escribí una relación un poco tonta sobre ésta y el deporte. Otra manifestación muy antigua es el «comportamiento rebaño» (herd behaviour), «se refiere al fenómeno de personas que siguen a una multitud durante un período dado, a veces incluso sin considerar información individual que sugiere otra cosa» (A. Banerjee).

Siento un casi irrefrenable deseo de hablar del maravilloso fenómeno Primark, pero en mi ciudad no tenemos esos lujos, así que tomaré también el ejemplo de los restaurantes.

Vivo en una pequeña ciudad que intenta atraer eso que llaman “turismo rural”. Hay muchos bares y restaurantes. Unos con mejor fortuna que otros, por otra parte. En concreto, en una pequeña plaza convertida en zona habitual de parada y fonda del turista, conviven dos negocios: Ambos con terrazas amplias, con mismo mobiliario y separadas una de la otra por escasos 3 metros. A simple vista idénticas y sin diferencias salvo que una (A) ocupa un espacio más centrado en “la plaza” que la otra (B). Con información o sin ella (normalmente los turistas no planifican paradas en sitios de paso y no buscan información previa), la terraza (A) la encontrarás siempre a un nivel excelente de ocupación, y la terraza (B) también prácticamente siempre, vacía. Cada vez que paso se me llevan los demonios al pensar qué mal debe estar haciendo allí el dueño en el negocio (B) y qué otra cosa puede estar ocurriendo, además de pensar en ese «pensamiento rebaño, y en la influencia del comportamiento del grupo en la percepción de los individuos». Lo cierto es que, a cada individuo que vemos sentados en un restaurante, «asumimos que tienen mejor información o criterio que nosotros, y cuestionamos internamente nuestras preferencias». Por eso siempre encontraremos restaurantes con éxito y sin él, no teniendo cualidades muy distintas. Tendemos a justificar  nuestras acciones, y «solemos preferir soluciones simples frente a soluciones complicadas: Una solución simple es “la mayoría siempre tiene razón” o “el consenso es bueno”». Esto es, en términos castizos, el “Si está lleno será por algo”. Así que, ante la duda sobre nuestro propio criterio, nos sentaremos donde veamos gente ya sentada. Los que conozcan Portugal y más concretamente Elvas también recordarán el famoso caso de éxito (digno de estudio sociológico) de “El Cristo”. 

Según el enfoque del pensamiento rebañomoldeamos nuestros actos en “cascadas informativas”, basadas en información imperfecta (heurística), en la que asumimos que si el número de personas que consumen un bien es alto, estos tienes mejor información que nosotros.

A mediados de los años 80 me tocó vivir un dolorosísimo ejemplo de los efectos del comportamiento rebaño. Yo fui uno de esos pocos perdedores en la guerra por introducir un sistema de reproducción en nuestras casas: BETA vs VHS. Mis padres optaron por la primera opción. (Eso y “El Coleta” son ahora los temas tabú en casa). Era un producto de mayor calidad, apoyado por una compañía de prestigio como Sony. Aunque era bastante más caro que su rival, no parece que fuera tanto el precio como que VHS logró (a costa de una merma en la calidad de las cintas) aumentar considerablemente el tiempo de almacenamiento de éstas, pudiendo llegar finalmente hasta las 4 y 8 hrs de duración. No me imagino qué narices querríamos grabar de tal duración por aquel entonces… La cuestión es que era una lucha por la supervivencia y eliminación del rival. Son lo llamados “efectos de red“, y es que la utilidad del dispositivo dependía directamente de la cantidad de usuarios que lo utilizaran. Un todo o nada. (Aquí un poco de esa historia para los nostálgicos). Del mismo modo, aunque todavía sin saberlo, de pequeños utilizábamos esa terminología después de guardar los suficientes ahorros tras varios cumpleaños, hasta que te podías pagar tu primera consola de verdad. Y no era la consola más de moda o la mejor, sino la más jugable por aquella época. Es decir, la que más juegos disponibles (y más baratos) hubiera entonces en tu ciudad. Internet era casi desconocida para la juventud de los 90. 😉


Otro de estos ejemplos de errores de pensamiento grupal, y de la influencia que tiene el grupo sobre las propias convicciones de un individuo, las enumera Dan Ariely. Catedrático en psicología y economía conductual (wikipedia) habla sobre algunos aspectos de nuestras decisiones, como la donación de órganos (de lo que ya hablé aquí) y los “nudges” o acicates de las políticas públicas para influir en nuestros actos. El tipo llega y merece mucho la pena, aunque sólo sea por curiosidad. Es divertido, didáctico, te hace dudar y pensar, mucho. Imperdible.


Siguiendo con los ejemplos que demuestran la ductilidad y maleabilidad de nuestras acciones y opiniones bajo determinados acicates, nos encontramos con el cine. Hay muchas anécdotas, aquí un fenomenal hilo en JotDown de todas esas historias del cine que influyeron de alguna manera en la sociedad. Yo me quedaré también con Clark Gable en “Sucedió una noche”. Y lo que sucedió fue que, en una escena de la película, Gable se quita toda la ropa (menos los pantalones) delante de Claudette Colbert. Lo que sería no sólo un escándalo para la época (1934), sino un enorme “shock” para la moda masculina al observar el mundo entero que, debajo de la camisa, Gable no llevaba la habitual por entonces camiseta interior. Años después de aquello, muchos eran los estudios que achacaban esa acción impúdica de Gable, como la causante de millonarias pérdidas en el sector textil. Porque «Si Clark Gable no necesita llevar algo debajo de la camisa ¿por qué iba a necesitarlo yo?».

« (…) Gable que lo convertiría en un auténtico rebelde de la moda: el galán no llevaba camiseta interior debajo de la camisa. Aquello era rompedor y atrevido, tanto como para que cinco meses después del estreno del film el periódico Lowell Sun aventurase de boquilla que la ausencia de camiseta interior en el vestuario de la estrella iba a ser tendencia entre varones y acabaría provocando el descenso de las ventas de algodón y una remesa de nuevos parados. El texto publicado en el Lowel Sun finalizaba con un rotundo: “Clark Gable está destruyendo deliberadamente a su público en aras de mostrar su pecho desnudo” (…)»


Uno de los ejemplos más visibles en cuanto a manipulación de la voluntad fueron los muchos experimentos de Stanley Pilgram. En este caso, sobre los límites de la obediencia y sus peligros. Experimentos amañados en los que se informaba a los sujetos que formarían parte a su vez de un experimento voluntario basado en el castigo como estímulo para el aprendizaje. Así, el sujeto (A) hacía preguntas a un sujeto desconocido (B) y si éste no daba una respuesta correcta, el sujeto (A) le administraba (o al menos eso creía él) un castigo (descargas eléctricas crecientes). La mayoría de los sujetos (A) completaban el experimento y llegaban a administrar al sujeto desconocido (B) el límite máximo de descarga, pese a las muestras de dolor y peticiones de clemencia de éste. Simplemente, porque una “autoridad” (el jefe del experimento) le apremiaba para que completara el mismo. Un experimento que sabían totalmente voluntario, por cierto.

«Experimenter. La historia de Stanley Milgram»

Este año estrenaron una película sobre su historia y estos experimentos de la obediencia a la autoridad y otros famosos como el llamado “mundo pequeño”, los famosos “seis grados de separación que explican esa interconexión tan cercana entre los seres humanos. Es un formato raro, en una mezcla entre la película, biografía y documental. Pero es muy entretenida y fácil de ver. La recomiendo sin duda.

Todavía habrá quien se crea demasiado inteligente o libre de sesgos para ser vencido por la fuerza del grupo, el consenso y la manipulación. Sigamos…

Los Experimentos de Asch eran también unos experimentos amañados, en los que todos los sujetos estaban compinchados para dar respuestas erróneas sobre la longitud de las líneas. Todos menos uno. Se trataba de averiguar «las condiciones que inducen a los individuos a permanecer independientes o a someterse a las presiones de grupo cuando éstas son contrarias a la realidad». Por supuesto, «los resultados reflejaban que las “víctimas”, que en circunstancias normales daban una respuesta errónea el 1% de las veces, en la presencia de la presión de grupo se dejaban llevar por la opción incorrecta el 36.8% de las veces». Pero también se observaba, como en otros experimentos, que el consenso era más importante que el número. Cuanto más  fuerte fuese la cohesión grupal, más posibilidades había que la víctima, aun con reticencias, se sumase a la opinión generalizada (y errónea). Y al contrario, aunque mucha gente apoyara una decisión, si hay algún tipo de disensión y el sujeto siente algún apoyo, será menos fácil que éste se deje influenciar por el gran grupo.Asch experiment.svg

Siguiendo con el cine. Aunque hay muchas películas que han tratado temas acerca de la voluntad y manipulación, y seguramente de mejor calidad cinematográfica, hace unas semanas vi «Espías desde el cielo». El típico Dilema del Tren (en este caso un misil tripulado desde la Base), que ronda la cabeza de los espectadores con especulaciones morales durante 90 minutos. La película, pese a lo obvio y los terribles clichés de algunos personajes, no está mal y mantiene la tensión durante buena parte de la trama. Eché en falta algo más de acción típica yanqui (explosiones a cholón) o, por el contrario, más tensión psicológica y mayor complejidad en la personalidad de los personajes, aunque supongo que se queda a mitad de camino para contentar a todos los públicos. Se afanan en mostrar la debilidad de personajes a los que en principio se les presupone un alto grado de responsabilidad (y acaban huyendo de la misma); en cómo algunos se intentan rebelar contra la autoridad, y cómo la mayoría acaban sucumbiendo a ésta y sus presiones. Aunque desde el principio se sabe quién es quién, entretiene. Que de eso se trata.

Hay decenas de variantes distintas del Dilema del Tranvía que corren por la red, pero casi todos plantean algo tal que así:  «Un tranvía sin frenos está a punto de arrollar y matar con toda seguridad a un grupo de 10 personas. La única posibilidad de salvarlos es desviar el tranvía a otra vía en la que solo hay una persona, que también morirá irremediablemente si se hace ese desvío. ¿Qué harías si tuvieras la posibilidad de apretar el botón que active el desvío?»


Sin duda, los sesgos, la influencia social, el pensamiento del grupo, y no digamos la manipulación o la mentira, conviven en nosotros cada día. En cada uno de nosotros. Somos individuos sociales, que buscan el consenso y viven interconectados, sujetos a muchas pequeñas presiones que redirigen nuestras posiciones e incluso nuestras acciones. La inteligencia no parece que nos haga tomar decisiones racionalmente. De hecho, no parece que tan siquiera haya una clara correlación seria entre el CI y la racionalidad.

«Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores

están llenos de apasionada intensidad». William Yeats.

Vivimos quizá la época en la que se han conseguido los mayores progresos de la humanidad, “la era del conocimiento”, con acceso ilimitado a información veraz. A su vez, es una época triunfal para telepredicadores y, como escribía Víctor Lapuente, para «El Regreso de los Chamanes». Aunque quizá estos nunca se fueran. Escribo estas líneas ya con Trump como Presidente Electo (…). Así, en tiempos en los que cientos de millones de personas (en un sentimiento de reciprocidad admirable) creen que el resto es directamente gilipollas, está bien saber de tu propia ignorancia.

Si la mayoría de nosotros no sabemos diferenciar una información veraz de la más burda de las mentiras. Si no sabemos siquiera tomar una decisión racional entre tres botes de tomate en el supermercado, entre el que nos quieren vender, el utilizado como gancho y el que realmente queremos o necesitamos. Si estamos profundamente seguros de nuestras creencias, hasta que, gracias a un pequeño empujón en forma de presión grupal, estamos completamente convencidos de lo contrario… quizá sea buena idea reconocer que la ignorancia no es una tara exclusiva del resto del planeta.

 



Estas entradas han supuesto una desconexión mental con todo lo demás, y sólo sirven de autorreflexión y evidencia de un desconocimiento personal. Recopilando algunos fragmentos de un libro de Manuel Conthe que acabo de terminar, y que recomiendo: “La paradoja del bronce”. He intentado poner todos los enlaces y no fusilar demasiado algunos textos realmente valiosos de otros autores. El libro me gustó, es una lectura asequible y entretenida, incluso para un gañán como yo. Quizá algunos temas son repetitivos y otros se pasan por alto, cuestión por la que el autor se excusa de una forma genial. Si alguien quiere conocer el libro, a modo de préstamo o incluso trueque con otra lectura interesante y asequible, soy todo oídos. 🙂

«No busco una parábola que encaje en el tema.

Sólo hablo de los asuntos para los que tengo una parábola»

La paradoja del bronce. (Manuel Conthe).

Un enfoque económico psicológico del comportamiento rebaño. (Laurens Rook).

Cuando la ficción alteró el mundo real. Jot Down. Aquí.

No es lo mismo ser racional que ser inteligente. NewYorkTimes

Pensamientos mágicos. (I)

Manuel Conthe se ha convertido en una de mis lecturas favoritas. Logra abarcar muchos conocimientos en dosis reducidas con un maravilloso estilo divulgativo y, cuando toca, desde una posición ideológica bastante “higiénica”. Con sus luces y sombras, y aun sin estar de acuerdo en sus conclusiones sobre algunos temas, es una delicia leerle por su curiosidad intelectual y por la simple oportunidad de aprender algo sin dogmatismos y desde un tono y formas que son de agradecer, y te reconcilian con la lectura diaria.

Comenzaré diciendo que mantengo una especie de relación de amor-odio con Internet y las rrss. Es evidente que ha mejorado la vida de la gente de una forma importante. Acercándonos una información, en cuanto a calidad y cantidad, a la que hasta hace no mucho tiempo era imposible acceder. También nos acerca a nuestros seres queridos más lejanos, permite que el contacto siga vivo con antiguos amigos o ex compañeros de clase, e incluso te permite saber qué tal trató la vida a aquella novia del cole de la que hace años no tienes noticias. He leído cosas maravillosas de gente desconocida que me han desgarrado el alma, y he aprendido de forma gratuita (salvo por la conexión ADSL) de mil temas inimaginables. He accedido a informes, estudios y análisis de un alcance imposible en otras generaciones. También (y sobre todo), he procrastinado lo infinito y he visto otros tantos vídeos de gatitos, por supuesto. 🙂

“Tener todas las herramientas para ejercer la libertad, no significa ser libre”.

Del mismo modo, tal cantidad de información disponible también tiene sus efectos negativos. De hecho, un gran porcentaje de la información disponible es directamente falsa, manipulada o contada obviando muchos de los datos que configurarían una realidad bien distinta. Cualquiera puede escribir y colgarlo en la red, y cualquiera tiene también acceso a esa información. La prueba palpable es que yo estoy escribiendo esto.

Pero lo preocupante no es que haya gente como yo que escriba (que también…) cualquier chorrada y lo comparta con el mundo, sino que habría en torno a un 70% de los usuarios que no son/somos capaces de diferenciar la verdad de la mentira. No hay día que no te topes con uno de esos bulos y cadenas. Los temas más habituales son alimentación, belleza, salud, política y medio ambiente. También seguimos creyendo que nos van a regalar un Range Rover blanco con un lacito rosa, de esos que sobraron en el concesionario; o que una niña hindú ha descubierto una nueva forma de energía totalmente limpia y renovable con cualquier instrumento rudimentario y estrambótico, y su vida corre serio peligro debido a la maquiavélica industria opresora postrada a los intereses del Ibex-35. También siguen apareciendo estafas con los famosos “Príncipes Nigerianos”.

Del mismo modo que Internet nos acerca a personas y conocimientos antes desconocidos, también afecta a nuestro comportamiento y nuestra relación para con los demás. Pudiera ser que, «paradójicamente, nada nos aísle más que Internet, el mayor invento de comunicación de todos los tiempos».

«Nadie es una isla por completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de un continente, una parte de la Tierra.» John Donne.

Tenemos a nuestra disposición cantidades inimaginabes de información a nuestro alcance, y con la posibilidad de interactuar con un número de personas mucho mayor del que ninguna otra generación ha podido siquiera imaginar. Así, podríamos pensar que en una búsqueda racional de la mejor información disponible, las mejores herramientas para discernir lo bueno de lo menos bueno, todos cooperaríamos difundiendo y contrastando informaciones útiles y fidedignas para con nuestros semejantes y mejorar nuestros conocimientos y nuestras vidas, y no caer en las trampas de los chamanes, vendehumos y políticos de turno, por poner algunos ejemplos.

En 1834, John Stuart Mill escribió : «Es casi imposible exagerar el valor del progreso que tienen los seres humanos en contacto con otras personas diferentes a ellos mismos, y con los modos de pensamiento y acción a diferencia de aquellas con las que están familiarizados. . . . Tal comunicación siempre ha sido, y es peculiar en la época actual, una de las principales fuentes de progreso».

Facebook, el auténtico imperio de las rrss, donde nada menos que 900 millones de usuarios entramos cada día, sería las antípodas de ese progreso social y la búsqueda del conocimiento, aquí. La red social “mejora” constantemente sus algoritmos para que veas aquello con lo que estás más familiarizado y aquello que te es afín. Nadie quiere que tengas un encontronazo con ese cuñao que no deja de hacerte la vida imposible cada vez que abres facebook y sientes la irremediable necesidad de sacarle de su horrible y mezquina ignorancia. Estas experiencias personalizadas, altamente ideologizadas, son un caldo de cultivo para la polarización, la creación de dogmas a partir de idea afines y la radicalización en muchos aspectos sociales y culturales. Manuel Conthe, escribe esto sobre las posibles causas de la polarización:

Tres factores explican, al parecer, que los contactos entre personas de ideas parecidas vuelvan  más extremas sus opiniones individuales.

En primer lugar, los debates sacarán a la luz argumentos nuevos a favor de nuestras ideas que hasta ahora no conocíamos, reiterará muchos otros que ya sabíamos y, dada la homogeneidad ideológica del grupo, difícilmente llevará a que se expresen argumentos opuestos a las ideas dominantes del grupo. Tan rico y sesgado caudal de razones tendrá gran fuerza persuasiva e influirá en cada individuo.

En segundo lugar, si cada miembro se ve a sí mismo como singular adalid de las ideas que profesa -sean liberales o conservadoras-, al integrarse en un grupo cuyo nivel medio de fe en ese ideario puede ser parecido o incluso superior al suyo le obligará a un especial esfuerzo ideológico para mantener su liderazgo y posición relativa, lo que le obligará a cierto desplazamiento (shift) hacia el extremo de sus ideas.

Finalmente, que muchos compartan nuestras ideas disipará cualquier duda sobre su sólido fundamento y, al reforzar nuestra confianza, acrecentará la firmeza y entusiasmo con la que  defenderemos las ideas que ya albergábamos.

Facebook y las rrss tienen mucho de esto, pero con o sin rrss solemos a actuar de la misma forma: interactuando con nuestros semejantes reafirmando nuestras propias creencias. Por eso compramos el periódico que compramos, con una línea editorial muy clara que refuerza nuestros convencimientos; por eso vemos el telediario que vemos; por eso un seguidor de Real Madrid raramente compra el Marca cuando el equipo sufre una derrota estrepitosa; por eso sólo hablamos de política con gente afín, evitando hostilidades con ese cuñao terco que no atiende a razones (tus razones), que siempre crees que vive profundamente engañado y pareciera que en una realidad paralela. Actuamos sin saberlo como aquel personaje que, al no estar seguro de una noticia que había leído, corrió a comprar cien veces el mismo periódico para confirmarla.

«Tanto si pasamos mucho tiempo con esas personas porque estamos de acuerdo con ellas o si estamos de acuerdo con ellas porque pasamos mucho tiempo juntos, la cuestión fundamental sigue siendo la misma. No es solo que participemos de una creencia; es que participamos de una comunidad de creyentes».

Por otro lado, cuando cambiamos de opinión, a menudo olvidamos qué pensábamos de aquella misma cuestión hasta hace poco, simplemente nos sentimos incómodos en esa contradicción, por eso obviamos por completo nuestras anteriores convicciones, y por eso vemos a auténticos radicales defendiendo causas contrarias a lo que defendían hasta hace poco. ¿Por qué pensamos ahora lo que pensamos? ¿Acaso antes éramos unos idiotas y ahora tenemos certeza absoluta de nuestras nuevas convicciones? ¿Pensamos lo que pensamos según nuestras convicciones interiores o estamos influenciados por un entorno cambiante? ¿Nos gusta el surf porque vivimos en la playa, o vivimos en la playa porque nos gusta el surf? ¿Hasta qué punto nuestro entorno condiciona nuestras posturas, también las ideológicas? Esas disonancias cognitivas entre nuestras creencias y nuestras conductas, tan incómodas para nuestro cerebro, las resolvemos ajustando una realidad que suele ser inmutable a unas circunstancias propias, que sí son cambiantes. Al estilo de la fábula de “La Zorra y las uvas”, de la que intenté escribir aquí.

 

“La realidad es compleja y alguien tiene que hacerse cargo de ella”. Fueron unas palabras de Javier Fernández (presidente de la famosa gestora del PSOE), que quedaron ensombrecidas por aquel suicidio colectivo del que han tomado parte allí sus dirigentes.

En Internet, ese mundo sin filtros, campan a sus anchas los smoke sellers, chamanes, políticos y demás estafadores. Todos con un nexo común (además de apoyarse en la ignorancia del público), son capaces de desentrañar grandes problemas y realidades excesivamente complejas para el resto de mortales, en 140 caracteres o incluso en 2 minutos de vídeo.

En general, deberíamos desconfiar de aquel que es capaz de desentrañar una realidad excesivamente compleja y llena de aristas (cualquier tema suficientemente importante lo es) en un par de minutos; pero más allá de eso, son ese tipo de charlatanes los que triunfan, al ser quienes aparentemente logran explicar realidades maliciosamente complejas, a “la gente de la calle“. Un problema complejo, a menudo no tiene una solución sencilla; pero la realidad es que toda esta suerte de chamanes de retórica simplista de la disyunción: bueno y malo, negro y blanco, natural y artificial, rojo o facha, justo o injusto, etc, utilizan los mismos trucos: youtubers, economistas, videntes, expertos y políticos tienen millones de fieles seguidores, y más fieles votantes.


“Todo hombre, donde quiera que va, está rodeado por una nube de convicciones reconfortantes, que se mueven con él como moscas en un día de verano”.

La mezcla de nuestros propios prejuicios y convicciones preconcebidas, un sentimiento de superioridad intelectual e incluso moral con la que miramos por encima del hombro al mundo que nos rodea, y lo paradójico que resulta que nuestras opiniones (y nosotros mismos) sean tan fácilmente permeables y moldeables, hacen de los seres humanos un caladero de mentiras y manipulación. En general, estamos muy seguros de nuestras cualidades, aptitudes y convicciones. Es sorprendente cómo todos nos vemos a nosotros mismos como mejores conductores que la media; o asumimos que tenemos un coeficiente intelectual por encima de la media. La realidad es muy distinta (como casi siempre) a lo que pensamos. Y es que opinamos, escribimos (como yo estoy haciendo ahora) e incluso votamos sobre cosas de las que no tenemos apenas conocimientos, y tendemos a tener una excesiva confianza en juicios basados en muy poca información. Es asombroso ver como cualquiera tiene una opinión y una posición bastante arraigada sobre cuestiones tan complejas como el TIPP, el CETA, los transgénicos, los efectos de estímulo del Banco Central Europeo con los QE (quantitative easing)  etc. Por lo general, esa opinión está basada en una cantidad de información mínima o completamente sesgada o equivocada, pero nuestro cerebro nos lleva a tomar una decisión primero, y luego (si resulta de una mente curiosa) buscar las teorías que apoyen nuestro punto de vista.

Nuestro cerebro, al igual que le pasaba al “Asno de Buridán”, que murió de inanición al serle imposible elegir entre dos montones idénticos de heno, se siente incómodo cuando se le plantean constantemente varias opciones, por eso se aferra a una de ellas, que suele ser la de “la primera impresión”.byzantinischer_mosaizist_des_5-_jahrhunderts_002


 “Todos sabemos lo que tenemos que hacer, pero no cómo ganar las elecciones después de hacerlo”.

Tenemos, parece, tres problemas: En general, somos profundamente ignorantes en la mayoría de las cuestiones que se nos presentan, es natural que así sea también. Aun siendo ignorantes, y no sabiendo que no sabemos, tendemos a creer que tenemos unas aptitudes mayores que la media (el 80% de los conductores considera que conduce mucho mejor que el promedio); y aunque se dé el raro caso de una persona con profundos conocimientos y gran intelecto, la mayoría de las personas, inteligentes o no, están profundamente ideologizadas y bajo multitud de sesgos, prejuicios y convicciones raramente cambiantes. Tal es la capacidad de nuestro cerebro para mantenerse firme en sus convicciones, que es tarea imposible convencer a negacionistas del cambio climático o antivacunas o defensores de las teorías conspiparanóicas más alucinantes.

Cuando nuestras convicciones están amenazadas, nuestro cerebro está dispuesto a hacer las más extrañas piruetas“.

 

Michael Jackson y el ciclismo.

Leyendo sobre un tema que nada tiene que ver con el deporte, descubrí una anécdota que me gustaría compartir, y que ilustra un juego de cooperación quizá no tan conocido por el nombre, pero sí por las consecuencias sufridas por muchos a a diario, que se conoce como «El Problema de El Bar El Farol».

Uno de los últimos conciertos programados de Michael Jackson antes de morir en 2009, tuvo que ser cancelado, creo que con 800.000 entradas ya vendidas. Pese a aquellas circunstancias, y en una grandísima estrategia de marketing, la promotora del evento decidió lanzar públicamente dos posibilidades diferentes para los asistentes: La devolución de las entradas o la opción de guardarla como recuerdo por el elevado valor, no sólo emocional sino económico, que supone una entrada intacta e impoluta del último concierto de la estrella más importante del POP de la historia.

Ahí empieza el problema. Si decidías quedarte la entrada como inversión esperando su futura revalorización, y la mayoría de entre las restantes 800.000 personas tomaban tu misma elección, la entrada perdería automáticamente su valor futuro, y además perderías tu dinero presente. Y si te decidías por la devolución y de nuevo el resto optaba por esa misma elección, las entradas restantes valdrían una fortuna… y perderías una buena cantidad de dinero futuro. ¿Cómo tomar una decisión acertada y racional, si tienes un tiempo finito para hacerla y no tienes ninguna información respecto a lo que harán los demás? Me gustaría saber cómo acabó eso. Seguro que alguien dentro de pocos años sacará a la luz una entrada del último concierto no celebrado de Michael Jackson y se llevará un buen pellizco.

Lo que ocurre cada vez que quieres ir a un sitio de moda es que, por el mismo motivo, todo el mundo quiere ir al mismo sitio que tú. Finalmente la experiencia se vuelve bastante mala. «Este problema típico de La Teoría de Juegos es una anécdota real inspirada en Santa Fe, donde los jueves por la noche todo el mundo deseaba ir al Bar “El Farol”. Sin embargo, “El Farol” era un local muy pequeño, y no era agradable ir si estaba repleto. Así pues, existían las siguientes “reglas” en el lugar: Si menos del 60% de la población va a ir al bar, entonces es más divertido ir al bar que quedarse en casa. Si más del 60% de la población va a ir al bar, entonces es menos divertido ir al bar que quedarse en casa».

Lamentablemente, todo el mundo necesita decidir si ir o no ir al bar al mismo tiempo, y no es posible ver cuanta gente ha decidido ir hasta que no entras. Es un problema de cooperación en el que no sabes las opciones elegidas de los demás integrantes (aquí no hay whatsapp ni demás tecnologías), lo que evidencia la dificultad de tomar decisiones racionales para decidir cuándo es buena idea ir al bar de moda o cuándo no, sin información previa. Cuándo está demasiado lleno (o demasiado vacío) para que resulte una experiencia divertida.


 

Retorciéndolo mucho, se me ocurre que Michael Jackson podría tener un cierto parecido con uno de los deportes que más me gustan. Todo el que haya visto una etapa ciclista ha comprobado cómo de difícil es que en una escapada, justo en esos primeros instantes de haber abierto hueco con el pelotón, se pongan de acuerdo y logren que ésta fructifique (y el pelotón se lo permita).

Pongamos que estamos en el inicio de la etapa y sale disparado un corredor en busca de la escapada del día, tiene doscientos kilómetros por delante en solitario y no sale ningún compañero en su busca… ¿qué hace normalmente? Se para sabiendo que sus oportunidades de victoria (o de pasárselo bien en una fiesta en solitario) son nulas. Al poco es engullido por el pelotón, y es en ese instante cuando salta otro corredor. Detrás suyo sale otro para buscar una escapada de dos, y detrás de éste saltan al mismo instante otros tres corredores más. Hay cinco corredores abriendo algo de hueco, y parece que la fiesta será ahora sí divertida, así que en ese momento saltan cinco más sin previo aviso, todos de equipos distintos, y sin tiempo a establecer estrategias y cuotas conjuntas entre los equipos. No dejan de saltar corredores uno tras otro con la intención de unirse a la escapada de moda, hasta que se forma un mínimo corte de 20 corredores. Así, lo que en principio sería la rave más bestia del fin de semana se viene abajo porque el pelotón no puede permitir que se forme una escapada tan peligrosa como ésa.

Sólo se parece al Bar del Farol en cuanto a las consecuencias, ya que aquí sí tenemos información directa de las decisiones directas del resto del grupo, pero siempre se me hace divertido ver ese juego entre los que desean unirse a una fiesta cada vez más grande y los que, a cada miembro que se marcha, menos predispuestos están a permitir que la fiesta se celebre. Siempre es divertido ver dónde se rompe el punto de equilibrio.

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Otro clásico de la Teoría de Juegos es “El Juego del Ultimátum”, donde participan dos jugadores, una sola vez, y cada uno desempeñando un papel diferente. Uno se denomina proponente y el otro respondedor (“responder” en inglés). Se les ofrece una cantidad de dinero (pongamos 100 euros), que tienen que repartir así: El proponente decide cómo se reparte, es decir, propone el reparto que se le antoje. Por ejemplo: 80 euros para él y 20 para el otro jugador. Pero es éste último, el respondedor, quien decide aceptar o rechazar la propuesta de reparto. Si la acepta, cada uno se lleva la cantidad propuesta por el proponente. Pero si el respondedor rechaza la oferta… entonces ambos se vuelven a casa con las manos vacías.

«Si el respondedor tuviera una conducta racional y tratara únicamente de maximizar su ganancia, debería aceptar cualquier mínima oferta, puesto que rechazándola estaría perdiendo dinero. A su vez, el proponente, previendo esta conducta puramente racional, debería proponer el reparto más desigual posible. El respondedor racional, libre de cualquier condicionante emocional, debería contentarse con el euro que se le ofrece, que es en cualquier caso mejor que nada. Pero los experimentos muestran una realidad muy diferente».

Retorciendo aún más el símil… Supongamos que hay una escapada formada por dos ciclistas a falta de cinco kilómetros a meta. Supongamos también que es una clásica con importantes premios en metálico. Tienen la suficiente ventaja para jugarse la victoria entre ellos y llevarse ambos una buena bolsa de premios, pero sólo si colaboran “a tope” en igualdad de esfuerzo. Llegado el momento y sabiéndose el más en forma, además de ser un ganador de etapas habitual (por lo que se sabe “menos necesitado” que el rival), decide mostrar una posición “de fuerza” y colocarse a rueda evitando dar ningún tipo de relevo. En ese momento, digamos que tiene todo el dinero y decide cómo repartirlo con el rival. De esa forma deja en manos del otro la decisión de llegar juntos a meta aún sabiendo éste (el respondedor) que, debido al esfuerzo de aproximación en solitario, seguramente no llegará en primer lugar, pero sí podrá acceder con 100% de probabilidad al importante premio en metálico del segundo puesto. Así, el respondedor debe decidir si seguir tirando y aceptar una recompensa mínima e incluso injusta que le “ofrece” el proponente o romper la colaboración y hacer que ambos sean engullidos por el pelotón.

En una situación teórica de perfecta racionalidad, y siguiendo exclusivamente su propio beneficio, debería seguir para acceder al menos a un segundo premio antes de que el pelotón les pase por encima, pero ni el director del equipo ni ningún seguidor del mundo y ni tan siquiera él mismo, se lo perdonaría jamás. A veces puede más la honra que el dinero. El ejemplo es muy burdo, pero esa forma de negociar los esfuerzos resultan divertidos, cuando los ves desde fuera.

Dificultad de negociación nivel Maestro Zen. Ejemplo gráfico.

En los experimentos, un reparto muy desigual hacía que el respondedor rechazara una oferta “injustamente” baja debido al componente emocional de nuestras decisiones. El respondedor siempre saldría beneficiado respecto a su posición inicial aceptando cualquier oferta por baja que ésta fuera (siempre es mejor tener 10€ que ninguno, o un 2º puesto que nada), pero la experiencia dice que somos capaces de sacrificar ganancias significativas con tal de castigar a un proponente excesivamente egoísta o injusto, con nosotros o con un tercero.

La realidad es que somos seres sociales y nuestras decisiones o preferencias están fundamentadas (entre otras cosas) por condicionantes emocionales, y rodeadas de una enorme complejidad.

Problema del Bar “El Farol”. Aquí.

El juego del ultimátum. Aquí.

*Siento si hay algún matemático, estadista, sociólogo o economista o acaso una persona inteligente en la sala. Este blog no pretender ser didáctico ni enseñar nada, sólo compartir mis inquietudes, lecturas o curiosidades, espero que sin meter la pata en exceso.