El ciclista invisible

La tracción mecánica como síntoma de ceguera.

 Esta semana ha sido un desastre de principio a fin.

Entre otras muchas cosas, conocimos el enésimo atropello mortal de un ciclista a manos de un conductora borracha y drogada. Existen muchas discusiones paralelas que surgen siempre que se toca este tema. Entre todas ellas, y obviando algunas que se escuchan gracias a que existe la libertad de expresión (incluso para los más dudosos de merecerla), es la falta de legitimación de la bicicleta y la percepción de intrusismo que existe entre el resto de conductores viendo a ciclistas compartiendo un espacio que creían suyo hasta hace poco.

¿Es peligrosa la bicicleta?

Cada vez hay más accidentes1494241879_927343_1494269983_sumario_normal_recorte1, pero montar en bici es ahora más seguro que hace 10 años. El parque ciclista se ha multiplicado enormemente en los últimos años, mientras la siniestralidad en torno a la bicicleta se redujo los primeros años de forma considerable. La proporción del número de bicicletas respecto a los accidentes que sufren es menor que hace 10 años. En parte porque los conductores nos tienen presentes en la carretera debido a que cada vez son más. A más ciclistas presentes en la carretera, menor es la proporción de accidentes que estos sufren (Safety in numbers). Cuantos más seamos, más estaremos presentes en la visibilidad mental del resto de conductores.

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¿Por qué una bicicleta no paga el “Impuesto de Circulación”? Este buen artículo de Jaime Menéndez de Luarca (aquí) explica mejor que yo eso del mal llamado Impuesto de Circulación.

“En ocasiones se alude al mal llamado “Impuesto de Circulación” que los ciclistas no pagamos (porque no conducimos vehículos de tracción mecánica contaminantes). En España la circulación no está gravada por ningún impuesto ni pagar más impuestos otorga más derechos a un ciudadano sobre otro”.

La bicicleta es un vehículo más, mencionado así en el Reglamento General de la Circulación, que puede y debe compartir espacio con el resto de vehículos (con algunas limitaciones), y que también tiene derechos y responsabilidades en la carretera. Y esos derechos y responsabilidades son independientes del pago del antiguo impuesto de circulación, que grava la contaminación y no el uso de las carreteras. “El IVTM grava la titularidad de los vehículos de esta naturaleza aptos para circular por las vías públicas, cualesquiera que sea su clase y categoría, con una rebaja del 75% de para los vehículos eléctricos, los híbridos, los que utilizan gas licuado de petróleo  y todos aquellos cuyas emisiones no superen los 120 gramos de CO2 por kilómetro. La cuantía estará determinada según la categoría y clase de vehículos, de acuerdo con las circunstancias siguientes, y dependiendo del tipo de vehículo”.

  1. Caballos fiscales.
  2. Número de plazas.
  3. Peso de la carga útil.
  4. Cilindrada.

También existen alguna exenciones al Impuesto: “Vehículos oficiales del Estado y representaciones diplomáticas, oficinas consulares, etc...” También están exentas las ambulancias y demás vehículos directamente destinados a la asistencia sanitaria; vehículos para personas de movilidad reducida; vehículos destinados o adscritos al transporte público urbano y maquinaria agrícola”.

De entre todas las circunstancias que conllevan el pago de este impuesto, la bicicleta no se topa con ninguna de ellas. Nunca he escuchado a nadie abroncar a un conductor de ambulancias mientras le echa a la cuneta -como sí me ha pasado en bicicleta- porque no paga el IVTM. Dicen que es suyo porque pagan impuestos. La realidad es que las carreteras son bienes públicos que se pagan con los impuestos de todos los ciudadanos, tengan (o no) un coche o hasta el mismísimo Halcón Milenario en el garaje. No se paga por su uso (como las autopistas). Y tienen tres características:

  1.  Se consumen conjuntamente, dando utilidad a más de un consumidor a la vez.
  2.  No se puede excluir a un individuo o a un colectivo de su consumo.
  3.  El consumo no es rival: que lo consuma un nuevo individuo no afecta o limita el consumo al resto de consumidores.

Pero existen algunas limitaciones, en el caso de la circulación ocurre mucho cuando todos queremos pasar el fin de semana en Benidorm siendo felices en una guerra por ser los primeros en pinchar la sombrilla en la orilla. Todo el mundo no cabe en la carretera y nos perjudicamos unos a otros.

“…lo que es común para la mayoría es de hecho objeto del menor cuidado. Todo el mundo piensa principalmente en sí mismo, raras veces en el interés común”.

¿Debe un ciclista respetar las normas de tráfico? Me da una rabia tremenda ver a ciclistas no respetando las normas de circulación – que también están hechas para ellos -. Esto dota a algunos conductores de una justificación moral injusta y perversa a la hora de no respetar (e incluso a apartar) a usuarios “molestos” de la calzada. Los ciclistas deben respetar las normas, en primer lugar porque están obligados a ello; en segundo lugar por su propia seguridad; y por último porque es difícil exigir respeto como colectivo si tus “compañeros” se saltan semáforos, ocupan las aceras y conducen de forma imprudente. Se puede ser transgresor respetando las normas de tráfico. ¿Está justificada la animadversión de los conductores por algún comportamiento incívico? Por supuesto que no. ¿Debe el colectivo ciclista contribuir a su mayor legitimación con un máximo respeto a las normas y al resto de conductores y peatones? Mi opinión es que sí.

Esa falta de legitimidad y empatía hace que el resto de conductores vean a los ciclistas como intrusos, y se traduce en una tensión constante entre ambos. Una creencia que hay que derribar es la visión del ciclista como un ser extraño vestido de licra que utiliza su tiempo libre para tocarle la moral al resto del mundo libre. Poco a poco las ciudades se llenan de ciclistas, que no son otra cosa que ciudadanos que eligen otro medio de transporte, y que ven que la bicicleta no es el problema, sino parte de la solución. Hombres y mujeres, padres de familia, hijos, nietos, hermanos. Con sus vidas, sus nombres, sus trabajos y sus miserias diarias. No hay ciclistas y conductores. No hay buenos y malos. Hay personas, con sus múltiples aristas, que además se desplazan por la ciudad -ya sea de forma utilitaria o recreacional- como quieren, y buenamente pueden.

El enfrentamiento entre nosotros y ellos -buenos y malos- es una constante en cualquier ámbito y siempre ha sido una barrera al entendimiento. Sólo lleva a la polarización, a reafirmarte en tu propia trinchera y despreciar las ideas del contrario. Nadie ha cambiado de opinión porque le hayan insultado (más bien al contrario). Yo no soy conductor ni ciclista. Soy hijo, hermano, un futuro padre quizá algún día en una galaxia muy lejana, y me desplazo a pie, en bicicleta y en coche, e intento respetar las normas siempre, intentando no atribuir moralidad a mis distintas opciones vitales ni pontificar sobre lo que está bien o está mal. No es una guerra entre colectivos, sino la búsqueda de una razonable convivencia entre usuarios de un mismo espacio, que deben conocer las normas y respetarlas.

Campañas como “Think! Ciclistas con nombre” realizada hace años en UK (ahora vistas aquí), difundieron el mensaje de que los ciclistas son una amplia gama de personas, con nombres, personalidades y familias como la de los conductores de automóviles, para ayudar a estos a pensar en la persona que va en bicicleta y ponerse en su lugar (con todas sus debilidades). La idea era “redescubrir” los ciclistas a los conductores con el fin de animarles a pensar en los primeros como seres humanos. Sugiriendo que a los conductores les pueden gustar los ciclistas si ambos llegaran a conocerse. Bonito, ¿no?. 🙂

“…que el mundo nunca será exactamente como nosotros querríamos que fuera porque hay gente que legítimamente tiene otras visiones de él, que si no son delictivas, tienen el mismo derecho a existir que las nuestras. Estamos condenados a pactar o, incluso, a mostrar una cierta indiferencia hacia las opiniones de los demás si no queremos que la vida sea un infierno”.

Cualquiera que monte en bici lo suficiente reconocerá con “cariño” esta anécdota como suya cuando, estando dentro de una rotonda, observas con el rabillo del ojo que se aproxima a la misma (y a 70kms/hr) el Colin McRae de cada día. El amigo Colin te mira pero no te ve. En serio, esa mirada al infinito que te atraviesa como si fueras transparente.

Estás ahí, montado en una bici de carbono de 7 kgs del chino más frágil que el papel de fumar, esperando que no te pase por encima un miura de 1.500 kgs. A sólo diez metros de saltar por los aires, Colin repara en tu presencia. Frena. Da un volantazo y te grita algo. Tú, indefectiblemente, te cagas en todos sus muertos y en la próximas generaciones de mini Colins McRae que críe ese malnacido. Él, te contesta con el –¡Paga el Impuesto de Circulación o vete al campo, payaso!- antes de que puedas dispararle el contenido de tu única arma a mano: el bote calentorro de sales e hidratos del Sprinter. Piensas que deberías estar contento porque (una vez más) puedes volver a casa de una pieza. Pero te vas a casa jodido y tembloroso.

*Ceguera Desmedida o el mono invisible. Está demostrado lo poco que la gente realmente ve cuando no están prestando atención. La explicación es un mecanismo llamado ceguera (desmedida) por falta de atención, una situación en la que un estímulo no se percibe, a pesar de que una persona está mirando directamente hacia él. La explicación es que la visibilidad mental se “acciona” cuando un estímulo es relevante o significativo para el observador. El famoso vídeo del mono invisible lo explica más rápidamente.


La Ley. Aunque se intente (como siempre) legislar a golpe de titular contra los reincidentes en alcohol y drogas para proteger a los ciclistas” (¿Deberíamos permitir que un conductor borracho y drogado tenga la posibilidad de reincidir?); la falta de un código penal duro que proteja a las víctimas de accidentes, y tenga un especial cuidado hacia aquellos conductores más desprotegidos -como son en este caso los ciclistas- desincentiva, y a veces creo que deslegitima desde la la propia Ley, el uso de este tipo de transporte.

En 2015 hubo una reforma del código penal, con una derogación de las faltas penales, donde algunos comportamientos tipificados hasta ahora como falta desaparecen del Código Penal y se reconducen hacia la vía administrativa o civil, dejando de sancionarse en el ámbito penal

El motivo que lleva al legislador a acometer esta derogación de las faltas penales, se debe a la aplicación del principio de intervención mínima y para facilitar una disminución relevante del numero de asuntos menores que en gran parte, pueden encontrar respuesta a través del sistema de sanciones administrativas y civiles.

Desde las asociaciones de víctimas, se aboga por la restauración de la imprudencia con resultado de lesiones o muerte como infracción penal, con el fin de garantizar la protección de las víctimas de circulación”, ya que este paso de faltas penales a delitos leves conlleva según ellos la reclamación por la vía civil las indemnizaciones a las aseguradoras, que es mucho más gravosa y costosa que la penal. 


Fuera del reproche penal hay una cosa que me taladra el cerebro: Suerte Moral.

“Pedro y Juan se van a ver un partido de fútbol y tomar unas cervezas; ambos beben el mismo número de cervezas y sufren una intoxicación etílica con niveles de alcoholemia igualmente elevados. Ambos deciden coger el coche para volver a casa y ambos se duermen al volante, pierden el control del coche y se salen de la carretera. Pedro se sale de la carretera y se golpea contra un árbol. Juan se sale de la carretera, atropella a una chica que iba por la acera y la mata. ¿Debería la diferencia accidental de que en un caso uno se encuentre con un árbol y otro con una chica hacer que la valoración moral sea diferente?

Por un lado, no parece que sea justo castigar más a Juan cuando ha realizado exactamente la misma conducta que Pedro. Pero, por otro lado, parece también injusto meter en la cárcel a Pedro cuando lo único que ha hecho es conducir ebrio, o dejar libre a Juan con una multa cuando ha matado a una persona.

Este dilema desafía una intuición que es que la valoración moral de un acto no debería depender de la suerte, y dice que sólo es moralmente justo evaluar a una persona por factores que están bajo su control. El resultado del ejemplo se debe a la suerte, no está bajo el control ni de Pedro ni de Juan y no debería influir en nuestra valoración del acto. Sin embargo, lo hace”.

Todo el mundo ha visto cómo una chica borracha le ha arrancado la vida a personas inocentes, a sus familias y amigos. La cuestión no es si lo atribuimos a la suerte (ir borracho y drogado en el coche de forma reincidente es comprar muchas papeletas para una misma rifa), sino el reproche moral atribuido a esa persona por haber coincidido en el camino con un grupo de ciclistas desprotegidos más que si lo hubiera hecho contra un árbol. Es decir, ¿es esa chica es una mala persona? ¿por conducir borracha o por matar a dos personas? ¿Son malas personas aquellos que han conducido borrachos y/o drogados y no les ha pasado nada a ellos ni a nadie inocente (esta vez sí por fortuna)?. ¿Son tu padre, tu novia, tu mejor amigo, malas personas? ¿Eres tú una mala o buena persona según sea tu suerte?

No hay reunión familiar, de amigos o conocidos en la que, casi diariamente, no haya alguien que se tome unas copas y coja el coche porque él/ella “controla” o porque, algo que está en el imaginario colectivo “dos copas no son nada”, se enorgullezca de ello y aplaudamos con las orejas a nuestro querido hijo de puta.

Salud y kilómetros.

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